Capítulo 7

Bella POV

—¿El Four Seasons? ¡Edward!—Ni me había bajado de la moto, ni me había quitado el casco. No era posible, no lo había pensado, pero daba por hecho que iríamos a un hotelito asequible, no a un cinco estrellas super-lujo.

—Está cerca de los apartamentos, y ya está reservada la habitación. —Se había quitado el casco, y su indiferencia al hablar me dejó pasmada..

—Estamos locos, yo no me lo puedo permitir…—Me quité el casco, hablar amortiguada por el acolchamiento del mismo no tenía ninguna dignidad—Tiene que haber miles de hoteles en Miami más baratos que este…

—Está pagada, ya la he cargado a mi cuenta—Lo dijo casi en un murmullo, mientras quitaba las alforjas de la moto. No me miraba a la cara.

—No puedo, lo siento, yo… me siento mal con esto, y…me niego. — Negaba una y otra vez con la cabeza.

—Vamos Bella, no te sientas mal, yo quiero hacerlo. —Me miró, serio. Ups…muy serio.

—No Edward, esto no es así. ¿No entiendes que no me siento bien? — Dejó todo en el suelo y se acercó.

—¿Y por qué no te sientes bien? — Me levantó la cara con su mano y me besó, un dulce y delicioso, además de lento, beso en los labios, se me disparó el pulso y sentí que no había nadie más a mi alrededor, cortó el beso y me habló cerca de mi boca. — No le des importancia, no la tiene, no es una suite ni nada, es una habitación sin más. — ¿Eh?… ¿De qué estaba hablando?…Ah sí…El hotel de cinco estrellas.

—En un hotel de lujo…— Mi voz era como un suspiro, su cercanía había vuelto a derribar mis barreras. Traté de separarme para volver a ser yo de nuevo, y no un trozo de gelatina, no pensante, en sus brazos. Pero el me sujetó firme, madre mía…eso no favoreció a mi estado mental de atontamiento.  —No me puedes hacer esto. —Susurré.

—¿El qué? — Sonrió y llenó todo mi ser con su olor a salitre, a él…. Esto no estaba bien, no era yo. Traté de recomponerme aunque él me tuviera todavía en sus brazos.

—Besarme y dejarme fuera de juego para que diga a todo que sí. —Hice un puchero. —Y encima no hago más que darte información. —Reí, no estaba guardándome ni un as bajo la manga.

Me dio un beso tierno, y se separó despacio. Otra vez dejándome en estado catatónico.

—Me tienes loco con tu sinceridad. Vamos. —Me tendió la mano libre, tras recoger sus bártulos.

—Y tú a mí con tu…todo…— Hablé bajo, y pensé que solo yo me había escuchado balbucir esas incoherencias, pero su risa me dijo todo lo contrario.

La habitación era con vistas a la bahía, alucinante, una cama enorme, el baño precioso, todo en colores crema.

—Estoy fuera de lugar. —Dejé la mochila en el suelo.

—No digas eso. —Dejó las llaves en la mesa frente a la cama y me adelanté hasta la ventana.

—¿Por qué este hotel?

—Siempre me ha gustado, y nunca había tenido la oportunidad de alojarme. Ya sabes, Jacob siempre ha tenido piso y nos alojábamos allí. — Me quedé mirando la vista mientras le escuchaba. — Esta vez, que no tuviera persianas en el salón y que me empataran con una chica preciosa, — se acercó por detrás y me abrazó, provocándome un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo —. ha sido el motivo perfecto para venir. —Terminó susurrándome al oído, haciéndome estremecer.

—Estoy… excitada…—Murmuré, se echó a reír. ¡¡Oh Dios mío!! ¿Había dicho yo eso?

—Eres genial…—Mordió el lóbulo de mi oreja, jugando y enviando ondas muy ricas hacia todo mi cuerpo. Tenía que centrarme, no era de recibo mi comportamiento.

—¡No!—Me retiré un poquito de él. —Me refiero a que lo estoy… pero…— me mordí el labio inferior, él no dejaba de acariciarme por encima de la ropa — …me gustaría ducharme…—la última parte parecía más un gemido, y como no serlo, si sus manos suaves estaban arrastrándose por mi cuerpo.

Me soltó, me di la vuelta y le miré, estaba sonrojado, traté de recuperarme.

—¿Te has puesto colorado?—Le acaricié la mejilla, sonriendo… Vaya, no era yo la única afectada por todo este juego.

—Perdona—Sonrió, completamente encantador. — Es que me ha podido el momento, mejor nos duchamos.

—Eres adorable ¿sabes?—Me dirigí a mi mochila.

Saqué ropa limpia, aproveché para colgar algún pantalón y vestido que dentro quedaría como un higo.

Por momentos mi mente me traicionaba mandándome imágenes y sensaciones de hacía segundos, y era una locura, me estremecía solo de pensarlas. Y mi subconsciente me traicionó.

—¿Vienes conmigo?—Le dije insinuante, sintiendo el calor en el mismo momento en que mis palabras abandonaron la boca.

—Si tú quieres…—Se levantó, sonriendo. Madre mía, no sabía si de esta salía entera… me di la vuelta y entré en el baño, di el agua de la ducha, en dos movimientos rápidos y sin mirar detrás de mí me quité la ropa de la playa.

Entré y sentí como el agua se deslizaba por mi cuerpo quitándome el salitre del mar. La ducha era como si fuera lluvia, caía de todo el techo, esto era un hotel de lujo, así vivía la otra mitad.

En seguida noté a Edward detrás de mí, había mucho espacio, pero tras unos segundos en los que calculé se mojó todo el cuerpo se me  pegó a la espalda haciendo que mi respiración se parara por unos segundos.

Sus manos se colocaron sobre mi abdomen, sus yemas me acariciaron como si me fuera a romper, y sus labios comenzaron a pasearse por mi hombro, el cual sentía caliente por el efecto del sol.

Ascendió hasta mi cuello, y le di más espacio ladeando mi cabeza y echándola hacia atrás.

—No dejas de sorprenderme. — Su voz ronca envió un estimulante impulso a mi excitación. Y colocando mis manos sobre las suyas pegué mi trasero a su miembro, ya erecto. Joder…esto sí que me puso en órbita. Soltó un jadeo en el contacto, y me sujetó más fuerte contra él.

Una de sus manos ascendió y masajeó uno de mis pechos, delicado, con la punta de sus dedos acarició el pezón, el cual ya estaba firme como consecuencia de sus actos anteriores. Notaba como sonidos de agonía querían abandonar mi pecho, era realmente erótico tenerlo así.

Sentía mi entrepierna arder, me notaba empapada en esa zona, y no era el agua. Pensé que podría estallar de placer allí mismo.

—Edward—Gemí, sin poder aguantarme más. — Oh…

—Si preciosa…dime. — Lo vertió en mi oído, como lava, densa y caliente, no reprimí mi sonido proveniente del pecho, producto de la excitación.

Me volví y le besé, pausadamente, no teníamos prisa, el ritmo que le dábamos a nuestros cuerpos era un tortura deliciosa. Mis manos pasearon por su pecho, deleitándome con su forma, ¡ese cuerpo era perfecto!  Sus manos se aferraron a mi trasero, masajeándolo a veces suavemente, por momentos con más intensidad. Volviéndome loca sin ninguna duda.

Era un placer absoluto tocar ese cuerpo divino, marcado. Mi mente ideó otro plan, quería disfrutar de ese momento, quería jugar ¿por qué no?

Haciendo un gran ejercicio de autocontrol, rompí el beso y cogí una suave esponja, que los baños de hoteles lujosos tienen, ante la mirada sorpresiva de Edward.

—¿Pretendes matarme?— Comencé a frotar suavemente su pecho, me mordí el labio y le miré coqueta. Yo tenía ese efecto en él, eso me dio una especie de poder que utilicé.

—No Ed, te invité a ducharme…—Seguí por los hombros. —Y he pensado…que quizá también tú quieras que te ayude…— Sonrió ladinamente y cogió otra esponja, haciendo lo propio con mis pechos, pasando como si fuera por casualidad los dedos sobre mis pezones, haciéndome retener la respiración. Era bueno…sí que lo era.

—¿Así está bien?— Pellizcó sin hacer mucha fuerza uno de ellos. Mordí mi labio ahogando un gemido, podría haberme corrido en ese mismo instante. Sonaba crudo, pero real.

Tratando de evitar la tortura a la que él me sometía, le hice darse la vuelta y le froté la espalda, bajé por su trasero, el cual toqué con mis manos sin poder evitarlo y seguí por sus piernas, porque no era justo estar bajo su influjo sin que él padeciera lo que yo, y subí por la zona interior de sus muslos. Definitivamente tiré la esponja, mis manos la sustituyeron y acariciaron sus testículos, suavemente.

Gimió mi nombre, como si de una caricia se tratara, me estremecí, se sujetó con las manos en la pared. Lo tenía a mi merced y no estaba segura de si eso no era más perjudicial casi, a que me tocara él directamente.

Me levanté sin dejar de acariciarle y abracé su duro miembro con mi mano, nunca había pensado que auto controlarse así podría ser tan excitante, sentía mi centro palpitar…masajeé de arriba abajo su dureza y le noté tensarse.

Con su mano sujetó la mía y la retiró. Se dio la vuelta.

—Eres muy traviesa, no me equivoqué con el apodo de peligrosa. —Su voz era ronca. Y sus ojos estaban muy oscuros. ¿Dónde quedó el verde?

Cogió del suelo la esponja que había soltado momentos antes, y me puso de espaldas a él comenzó con la misma tortura a la que yo le había sometido, cuando sentí subir sus manos por las piernas ya sin esponja temblé , mi centro pedía más, y el momento no llegaba. Traté de cerrar mis piernas, para sentir fricción pero él no me dejó, haciendo que mi gemido fuera algo muy lastimero.

Pegó mi trasero a su entrepierna de nuevo, y mientras una de sus manos masajeaba mis pechos, la otra bajó a mi sexo, despacio separó mis pliegues e introdujo la punta de uno de sus dedos en mi entrada, haciéndome gemir una octava por encima de lo normal, esparció mi humedad suavemente, y llegó a mi clítoris acariciándolo muy despacio.  La ola de placer se fue extendiendo por todo el cuerpo, quedándose en mi vientre para crear remolinos que me estaban haciendo perder el raciocinio.

—Mmmm…Edward…— Poco iba a durar si continuaba así. Comencé a mover mis caderas rozando su pene, el cual se encontraba acomodado en mi trasero. Y duro, como un mástil.

—Oh…preciosa…— Imprimió más velocidad a sus dedos y yo creía que moriría allí. Sentía mi cuerpo derretirse, y mi espalda estremecerse, iba a …

—Voy…Ed…yo…

—Si Bella…córrete en mi mano, hazlo para mí —Y me fui, sus palabras… ¡me había hablado sucio! y sus dedos me llevaron al paraíso.

Convulsioné como poseída, grité su nombre como si necesitara ayuda, mientras él seguía tocándome sin tregua. ¡Era un genio con sus dedos!

—Me matas…—Exhalé. Me volví hacia él, tenía una sonrisa de suficiencia en la cara, y sus ojos destilaban lujuria. ¡Yo estaba con este hombre!

Sin apenas darme cuenta me elevó por las caderas y me sacó de la ducha. Me besó con pasión, con urgencia, ahora ya nada importaba, no existían la vergüenza ni había barreras para continuar con lo que habíamos empezado.

Me tumbó sobre la cama, empapándolo todo. Todavía entre mis piernas vi como se colocaba un condón, estaba aturdida, y muy excitada de nuevo. Me sentí realmente ansiosa por tenerlo de nuevo cerca, y sobre todo, por tenerlo dentro de mí.

—Me vuelves loco…—Me miró a los ojos y me cubrió con su cuerpo a la vez que de una estocada me penetraba haciéndonos gemir a ambos.

Estaba empapada y sentía como su virilidad entraba y salía a un ritmo que me estaba de nuevo llevando al cielo. Me besaba el cuello, lo lamía con fruición. De repente elevó el rostro y sin dejar de embestir me miró a los ojos, sin retirar la mirada, en dos embates ambos llegamos al orgasmo, jadeando de forma bestial. Madre mía…esa mirada me había llevado al éxtasis, como si hubiéramos conectado a otro nivel.

Se dejó caer sobre mí, apenas sentía su peso, estaba en otra galaxia.

—Perdona…dame…dos segundos. — Hablaba contra mi cuello, con la respiración agitada. Yo no me iba a mover de allí, es más, podía garantizar que apenas le notaba, solo sentía el temblor delicioso posterior al orgasmo.

—No…importa…no me pesas…— Un espasmo de placer me recorrió desde dentro apretando su pene en mi interior. Ohhhh…Esto era…demasiado…

Él gimió.

—Tú…  — Me miró con una sonrisa deliciosamente lánguida. — Me matas. —Le escuché hablar con contención. Se irguió y me besó, colocándose a mi lado. —No te muevas. —Añadió.

Se levantó y desapareció por la puerta del baño. Dejándome vacía de él, ¿era posible que notara tanto su ausencia ahí?

Estaba sumida en una relajación absoluta, ni siquiera notaba la humedad que nuestros cuerpos habían dejado en las sábanas. Me daba absolutamente igual, estaba experimentando una calma placentera, cero tensiones.

Había sido una de las mejores primeras veces con alguien, la mejor, era como si fuésemos complementarios el uno del otro, como si no hubiera sido la primera.

Volvió del baño.

—En serio, no te has movido. — Venía con una sonrisa radiante en los labios, perfecto, guapísimo.

—No puedo. — Susurré. Mi sonrisa debía ser igual. —Estoy en una nube.

Se tumbó en el lado de la cama que no estaba mojado y con suaves movimientos me atrajo hacia él. Besé su pecho y lo acaricié con mis manos, como si fuera algo que ya hubiéramos hecho más veces. Nos quedamos en silencio, yo disfrutaba de la sensación de paz que me había quedado en el interior tras semejante despliegue sexual.

De repente, me di cuenta de mi desnudez, y no entendiendo muy bien el por qué, me dio vergüenza estar desnuda ante él. Claro Bella, él y su perfecto cuerpo, entonces a pesar del calor traté de taparme con la sábana.

—No lo hagas. —Suplicó. — A menos que tengas frío claro.

—No…— El rubor subió a mis mejillas más intensamente de lo que ya estaban.

—No me prives de esta gran vista. —Me apoyé en el codo y le miré, a pesar de que sabía que estaba roja como un fresón. ¿Le gustaba verme desnuda? De repente se convirtió en una de mis personas favoritas, yo no era una top model precisamente.

—¿Vas a seguir mirándome? —Inquirí sonriendo, curiosa.

—Mientras me dejes si, en el caso de que tengas frío no sería tan cruel. —Besó la punta de mi nariz, y un cosquilleo quedó allí. Su mano comenzó a rozar la parte baja de mi espalda, y sentí como mi cuerpo se reactivaba. ¿Otra vez? Desde luego que sentía el cuerpo muy sensible.

Me arqueé contra él.

—No quieres que salgamos de la habitación ¿verdad? — Ronroneé en su cuello, presa de la excitación de nuevo.

—Contigo así no quiero nada más. —Susurró mientras yo me dejaba guiar para ponerme encima de él.

Me senté a horcajadas, dándole una amplia visión de mi cuerpo, ya sin reparo alguno. Sus miradas y sus palabras me habían dado una valentía que iba a potenciar.

—Eres preciosa…— Paseó sus manos por mis pechos. Comencé a mecerme sobre su sexo, el cual ya estaba excitado también. Mi humedad se extendió a su dureza y la fricción se hizo más placentera.

El sonido de mi móvil nos sacó de la espiral de sensaciones en las que estábamos.

—No lo cojas…— Pidió en un siseo urgente,  moviendo su cadera para aumentar el roce entre ambos. Gemí.

—Pesados…— Susurré, y traté de continuar haciendo caso omiso de la taladrante melodía que no paraba.

Solté un profundo suspiro y le miré fastidiada. Tenía que cogerlo

—Nooo…—Dio un grito lastimero.

Capítulo 8

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