#15#

Si Bella no hubiera tenido que levantarse a beber agua, después de acostarse con Edward en mitad de la madrugada, habría pensado que había tenido un gran sueño húmedo, o varios. Cuando se despertó y vio en el suelo de la habitación varios envoltorios de preservativos, no pudo menos que sonrojarse y sonreír.

Se despegó del cuerpo de Edward que dormía profundamente y abrazado a su espalda. No podía dejar de sonreír mientras él hacía unos ruiditos simpáticos, parecía que se quejara por alejarse de su cuerpo.

Se levantó, y desnuda, se acercó al balcón, asomando la cabeza entre las cortinas para que desde fuera no se viera su desnudez. Llovía a mares.

Durante los días de atrás habían tenido mucha suerte, eran meses lluviosos y ese año se estaban retrasando demasiado. Contando con ello Bella tenía planes alternativos, y ahora que se encontraban en la ciudad había que sacar el arsenal.

Escuchó desperezarse a Edward y de repente, viéndose desnuda en mitad de la habitación, la vergüenza acudió a su mente. Salió corriendo hacia la puerta del baño sin mirar atrás, su pie izquierdo se enganchó con la colcha que yacía arremolinada en el suelo y Bella cayó al mismo como un saco de patatas.

—¡Bella!—Edward se incorporó de un salto. Bella no sintió dolor en la rodilla, a pesar del golpe, solo se maldijo internamente por lo ridícula que tenía que estar en ese momento. — ¿Estás bien?

Alzó la cara, colorada más que nunca, mientras deshacía el enredo de su pie.

—Si…—empezó a reírse. —Soy muy torpe.

—¿Por qué has salido corriendo?—Se agachó con ella, y el sentirlo cerca le puso cardiaca de nuevo. —Llevaba observándote un rato. —Le dijo ladino.

—Suelo ser bastante irracional a veces. —Se levantó con ayuda de Edward, que desnudo y erguido era todo un espectáculo.

—¿Todo en orden?—Le miró de arriba abajo, lentamente, deteniéndose en sus pechos, acordándose de su textura en sus labios, Bella tragó de forma audible  y él siguió con su inspección paseando la mirada por su plano abdomen, y llegando a su entrepierna donde se detuvo, y moviendo la cabeza ligeramente, se relamió. A su mente le llegaron las imágenes de Bella retorciéndose de placer mientras con su boca le dedicaba un largo rato a esa zona. Su masculinidad se hizo notar.

—Me duele algo la rodilla. Y visto lo visto, no sé si vas a llegar hasta allí. —Bella colorada hasta la extenuación le sacó del trance erótico en el que se encontraba. Miró su miembro en erección y empezó a sentir calor en aquella zona en la que él se había detenido un rato.

—La rodilla…—Arrastró las palabras y le miró a los ojos directamente. — ¿Crees que es grave?— Dijo ronco. Ella la movió y se dio cuenta que solo fue el golpe, nada más.

—No lo creo. —Le dijo en un murmullo. El escrutinio al que le había sometido y sus reacciones le habían provocado una ola de calor imparable.

—¿Tienes hambre, sed, necesitas ir al baño?— Su tono profundo y ronco mientras acariciaba su espalda con la yema de sus dedos hicieron que Bella sintiera escalofríos.

—No…—Susurró.

—Entonces tengo que ocuparme de algo. —  Le alzó en sus brazos para tumbarla en la cama. No podía evitar sentirse atraído por ella, necesitaba volver a hacerla suya de nuevo. La reacción de su masculinidad no dejaba ninguna duda, y ella estaba desnuda frente a él sin resistirse.

Si durante la noche y en cada entrega el juego había sido algo patente, esa mañana, las caricias, los gemidos suaves, las inspiraciones cargándose del aroma que cada uno desprendía, la contención para prolongar el momento de máximo éxtasis, se sucedieron, una detrás de otra, hasta agotarse. Mezclando las salivas, el sudor, entregándose en una espiral de deliciosos susurros, pidiéndose de las maneras más dulces los cambios de posición, mirándose a los ojos y queriéndose perder en ellos.

—Ven aquí…—Edward entre sus piernas, erguido y sentado sobre sus talones, después de cubrir de besos todo su abdomen y pechos, haciendo que ella se retorciera de dicha, le pidió en un susurro extendiendo los brazos.

Ella se dejó llevar, se levantó atraída de manera inexorable por aquel hombre, y con los suaves movimientos de él se colocó abrazada a su cuerpo, con las piernas rodeando su cintura y ayudada por sus brazos. La posición favoreció que él, de forma lenta y sinuosa, la penetrara, haciendo que  ambos gimieran ante la conexión de aquel momento.

En un balanceo erótico, con sus pieles en contacto, en una fricción exquisita, como si fueran amantes ya conocidos de hace tiempo, se dejaron ir en un orgasmo que les hizo perder la cordura durante unos segundos.

En silencio, los dos acompasaron sus respiraciones, hasta que apenas fueron audibles. Las yemas de Edward exploraban la espalda de Bella de una manera sutil y simplemente dejándose llevar, él depositaba suaves besos húmedos en su hombro y cuello. La intensidad de su olor y sabor anegaba sus sentidos, en ese momento más sensibles que nunca. Su electrificada piel necesitaba del contacto con ella, sus ojos requerían la conexión con las orbes chocolates que durante un largo instante habían experimentado, sus oídos, ahora sin escuchar nada, sabían que llegaría un momento que añorarían sus gemidos, y la mención de su nombre por parte de ella, su aroma se quedaría gravado en su mente para siempre, y sin quererlo ya lo echó de menos. Lamió despacio la sensible piel bajo el lóbulo de su oreja, y su sabor le hizo darse cuenta que siempre sería un hambriento en busca de este.

Ella de forma involuntaria, solo sintiendo, se movía resbalando, casi de una manera etérea, sobre la piel del hombre que le había introducido en una burbuja en la cual el mañana no parecía existir. A pesar de haber acompasado los latidos a la par que su respiración, la sensación de estar entre sus brazos hizo que su alma se hinchara para expandirse y poder sentir en cada resquicio de piel el contacto con él, de manera que el aleteo de su corazón, le indicó  que esto no era una aventura simple, que no solo había disfrutado de su cuerpo con otro verdaderamente atractivo. Cuando sintió como él lamió su sensible piel en un tenue toque, sus entrañas le gritaron con fuerza que le iba a ser imposible olvidarlo.

Eran conscientes cada uno por su lado que aquello les había unido más allá que el placer. Suspiraron al unísono dándose cuenta de la implicación de todo ello. Edward apartó el pensamiento y sus divagaciones acerca de las necesidades insaciables que ella le provocaba,  de un plumazo, obligándose a  sentirla solo físicamente, deteniéndose en su posición que, extasiada, tenía alrededor de su cuerpo. La mujer, que estaba desmadejada abrazándole, reprimió las lágrimas obligándose a enfocar  el placer carnal que acababa de experimentar.

El teléfono sonó y les sacó de ese éxtasis personal que cada uno a su manera estaba experimentando.

—Salvados por la campana. —Edward al igual que ella se sobresaltó.

—¿De qué?—Se atrevió a preguntar ella.

—De algo…—Le susurró y le dio un suave beso en los labios.

Bella deshizo el nudo que tenía sobre el cuerpo de Edward y  se aproximó, gateando y añorando el contacto de su piel, a la mesilla donde estaba el teléfono. Él, tras observar su cuerpo desnudo acercarse al teléfono y negarse a sí  mismo en un movimiento rápido, se retiró al baño a deshacerse del preservativo.

Durante la mañana visitaron los palacios de la ciudad, a pesar de la lluvia, el paseo no se hizo desagradable, teniendo en cuenta que ambas parejas disfrutaban de bromas y confidencias. Emmet y Rose de una manera más abierta, mientras que Edward y Bella  mantenían un juego más íntimo.

Entraron al Palacio de los Sultanes e iban empapados. El chapoteo en los charcos había mojado sus pies y más de la mitad de los bajos de sus ropas y la lluvia torrencial había calado la parte superior.

—No debería haberme puesto esta camiseta blanca. —Rose refunfuñaba en la entrada ahuecándose la prenda mientras Emmet sonreía en su dirección haciendo caso omiso de lo que él mismo chorreaba.

—Pues a mí me parece que has dado en el clavo. —Se puso a su altura y le susurró ladino. Rose se encrespó por su contacto y le devolvió la sonrisa mientras se lamía el labio inferior.

—Deberíamos habernos quedado en la habitación…

Edward y Bella les miraban y escuchaban queriendo no hacerlo.

—Y yo  que pensaba que estábamos aquí para trabajar…—El fotógrafo les dirigió una mirada fingiendo bochorno y sacó la cámara de su protección. —Está bien, poneros sobre las almohadas y comenzamos la sesión pornográfica del reportaje.

Los tres de manera estruendosa comenzaron a reír, mientras que Bella colorada hasta las orejas les miró impresionada. Comenzaron a  caminar hacia el interior, no cogerían guía, Bella se sabía de memoria la historia del palacio.

—Es increíble, con lo que eres en la cama, y que luego te sonrojes con estas bromas. —Edward le susurró al oído aprovechando que Rose y Emmet iban por delante.

—No me sonrojo. —Le dijo haciendo un mohín.

—Sí, lo haces— Edward caminaba despacio de espaldas a la ruta. En un movimiento rápido pasó su dedo índice por el marcado pezón de Bella a través de la camiseta roja y pegada por el agua.

Ella abrió la boca sorprendida, y sintió un latigazo en sus zonas más erógenas

—¡Edward!. — Exclamó susurrando.

Este le sonrió mordiéndose el labio y mirándola de arriba abajo, se volvió para continuar la visita.

Se cruzaron con un grupo de turistas orientales y el ruido de las cámaras fotográficas, pero apenas había visitantes a pesar del día propicio para ese tipo de excursiones.

—Esta es la habitación de la princesa Salme, una mujer que fue en contra del sultanato y sus leyes en cuanto a matrimonios y amoríos se refería. —Comenzó Bella.

La estancia era amplia con ventanales ojivales ornamentados, una enorme cama, con cuatro postes labrados, y alfombras cubiertas por cojines de tejidos llamativos y exóticos.

—Desde luego que se respira sexo. — Rose paseaba como si fuera una bailarina por la estancia.

—Pues será tu percepción, porque no es que la princesa hiciera aquí mucho más que yacer con su esposo. La diferencia de sus actos eran, que se enamoró de un Alemán, algo que estaba prohibido en su cultura, solo podían casarse con gente de su misma raza. El castigo era la decapitación. Pero su hermano se la perdonó a su vuelta a Zanzíbar como ciudadana germana. Supongo, porque en parte le ayudó en cierto momento a tratar de derrocar al sultán por ley, aunque no lo consiguieran.

Edward observó cómo Bella caminaba y hablaba de la historia sin darle importancia a la cascada de conocimientos, a sus ojos se vio realmente interesante, y se dio cuenta que lo que más le gustaría hacer en ese momento era atravesar la habitación y besarla, en un acto de reclamo. Despejó a su cabeza de esas visiones y continuó con las fotos de los detalles.

—Esto es algo así como de las Mil y una Noches. —Dijo Rose soñadora—¿se podría alquilar la habitación?—Pestañeó seductoramente a Emmet.

—¿Estamos hablando de fantasías pequeña Rose?—La voz de Emmet, a pesar de intentar ser en un tono bajo, resonó en la estancia.

—¿Rose?—Bella asombrada, comenzó a reír mientras Edward hacía fotos por su cuenta mirando de soslayo a los tres.

—No te rías nena. —Rose se dirigió a su amiga. — Como tú ya has tenido la tuya en un taxi. —soltó con retintín.

Edward dejó la imagen que tenía enfocada para mirar a Bella que estaba del color de su camiseta con los ojos tan abiertos como platos, Emmet se largó a reír como un demente.

—Qué fuerte me parece tía. —Bella le habló con los ojos entrecerrados y negando. —Te la devolveré seguro.

—Pero si estamos los cuatro puestos al día. —Se disculpó Rose. Bella miró a Edward que en tres zancadas llegó hasta ella y le abrazó dejando su cara a la  altura de su cuello.

—Algo así no se lo podía ocultar a Em. —Susurró y mordió levemente su lóbulo, sintiendo como ella disfrutaba del sutil toque. —Además ya he descubierto que tu también lo habías contado. — A milímetros de su boca, Bella había dejado de darle importancia a la salida de tono de Rose, hipnotizada por sus labios y el movimiento de estos se acercó sin pensar y comenzó un beso cargado de lujuria, ya no sabía si por su cercanía, por el recuerdo del taxi, por las sensaciones que despertaban en su cuerpo con sus aliento sobre su cara…el caso es que Edward se apretó contra ella y se olvidaron de donde estaban.

—¡¡La puritana!!—Rose dio dos sonoras palmadas y les sacó de su hipnosis lujuriosa. Se apartaron sonriendo y sin dejar de mirarse.

—Te vuelvo a tener unas ganas…—Murmuró Edward antes de apretar su trasero y alejarse a una distancia, cuanto menos, prudente.

—Las que parecen más modositas, y rígidas en público, son las más guarrillas en la intimidad. — Explicó como una profesora en alto.

—Contando que tú eres la excepción, Edward y yo somos afortunados, ¿no amigo?— Em sonriendo, orgulloso de su situación, saltó sin pensar.

Edward le guiñó un ojo a Bella y esta contuvo el aire porque le daba la sensación de que no estaba donde tenía que estar. Se sentía más pendiente de los gestos de Edward, que del bombardeo de bromas de Rose hacia su vida íntima.

Salieron a comer a un restaurante típico de la ciudad, Bella se había molestado en reservar, ya que en días de lluvia solía estar todo bastante abarrotado al no poder disfrutar de las playas con la lluvia.

Las dos amigas estaban en el baño. Bella terminó de lavarse las manos mientras Rose se encontraba dentro del servicio.

—Rose.

—Si. —el eco en el lugar era potente.

—¿Por qué no paras de meterte conmigo? — Bella se miró al espejo mientras se tocaba con la punta de su índice un pequeño granito en su mentón. —Mierda. —Susurró.

—Porque es súper divertido ver cómo te sonrojas, y no te quiero contar ser el público de cómo Edward sale a tu rescate cada vez que pasa. —Su risa rebotó contra las paredes del baño.

—Eres bien jodida…—No pudo evitar sonreír mientras se acordaba de las escenas en las que Edward había hecho eso que Rose contaba.

—Y tú una caliente.

Se escuchó la cadena y La puerta se abrió. Rose se lavó las manos mientras se observaba en el espejo.

—Es un gustazo veros así, de lo que no estoy segura es de que aguantéis hasta la noche para hacer algo. —Le guiñó un ojo cómplice.

—¿Algo? —Bella abrió la puerta del baño para que Rose pasara delante.

—Saltan chispas entre los dos.

—Y entre vosotros. —Se excusó Bella.

—Ya, pero como no nos hemos contenido, vamos por la calle con los deberes hechos.

—Y nosotros. —Elevó los hombros en un gesto de quitarle importancia.

—¡Ja!

Mientras caminaban en silencio hacia la mesa, Bella pensaba en que después de haberse acostado repetidas veces durante su estancia en la habitación, haciendo recuento , habían pasado más horas entregados al acto del placer que durmiendo o descansando. Ellos también tenían los deberes hechos…pensó, pero era cierto que le era imposible reprimirse las ganas de hacerlo en cualquier momento cuando él la tocaba o le miraba de esa forma que sabía hacer.

Llegaron hasta la mesa, y  a Bella se le puso la sonrisa perpetua en la cara, el apuesto chico , con cabello cobrizo, sonrisa pícara y vivaces ojos verdes, que desprendían lujuria en cada mirada, era suyo por estos días, y se sentía segura y fuerte sabiéndose originaria del placer que él recibía. Estaba encantada de haber hecho que sus pensamientos de conexión más allá de lo carnal, quedaran en el rincón de pensar en su cabeza, amordazados. De momento las delicias lascivas, ocupaban todos sus principios. Buena chica. Se dijo a sí misma.

Terminaron de comer y Bella se recostó en su silla ahogando un bostezo con la mano.

—¿No nos da tiempo a echar siesta?—Rose miró a Bella aprovechando su gesto somnoliento.

—Ya sabes cómo va el transporte…—Se disculpó con la mirada—…No quisiera llegar tarde.

—Pues estás que te caes amiga…—Le advirtió la rubia a la par que Emmet le susurraba algo al oído. — Yo creo que una horita…si total hasta las siete no empieza.

Bella miró a las caras de los ocupantes de la mesa y se encontró con la de Rose suplicando en un medio puchero, la de Emmet con una sonrisa inocente y la de Edward con una mirada caliente y fija en sus ojos.

—Ed tío. —Regañó su amigo. —Si pretendemos descansar y tu le miras así, obvio que no nos da la hora de siesta.

—A mí que me registre. —Dijo el fotógrafo levantando las manos. — ¿Quien te ha dicho que yo no quiero descansar?—Preguntó fingiendo ofensa.

—Eso es lo que quieres Ed, que te registre. —Bella se sonrió y se levantó de la silla con un movimiento cansado.

—Una hora. —Advirtió.

—Desde que cerremos la puerta. —Apuntó Rosalie acompañándole en el movimiento.

—Si…—Emmet se frotó las manos y siguió a Rose.

Empezaron a andar hacia la salida con Bella en cabeza.

—¡Bells!—Edward levantó la voz ligeramente, ella se volvió. — Espérame. —Rose y Emmet salieron delante hacia el hotel, con la intención de ganarle tiempo a ese merecido descanso.

—¿Por si te pierdes?—Le dijo levantando una ceja.

—No. —Se puso  a su lado y le cogió la mano, — por si prefieres coger un taxi y avanzar parte del trabajo. —Le contestó altivo.

—Vamos a descansar. —Señaló.

Edward se puso detrás de ella mientras salían del restaurante con paso lento y la abrazó por la cintura, bajó su cabeza poniendo su boca a la altura de su oído y musitó despacio.

—En ningún momento te voy a prohibir que lo hagas. —Apretó su trasero contra él y ella sintió su incipiente erección.

—Ed…—Sonó  entre  advertencia y  gemido, y él rió  sabedor de lo que originaba con cada movimiento hecho en esa dirección.

—Somos libres de hacer lo que queramos con nuestra hora de siesta— Devolvió pícaro.

Salieron a la calle y el agua que seguía cayendo como una manta les hizo separarse para pegarse a la pared del restaurante. Vieron como Rose y Emmet corrían de la mano dirección al hotel que se encontraba a dos manzanas.

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