Capítulo 9

Bella POV

Nos despedimos de los chicos en la salida del restaurante, que se fueron en taxi a seguir con la noche.

Yo me sentía cansada, si pensaba en cómo había sido el día la palabra completo se dibujaba en mi mente.

—Hace 24 horas que una chica maravillosa se chocó conmigo en la puerta del baño. —Sentado en la moto giró y se me quedó mirando. Me había puesto el casco y lo había ajustado, con mi poca destreza.

Levanté la visera.

—¿Pero cómo puedes ser así?—Mis mofletes aplastados contra el casco hacían que mi voz sonara amortiguada.

—¿Así cómo?—Me miró interrogante, con su eterna sonrisa.

—Se te ocurre decirme eso cuando tengo el casco puesto, y mi cara resulta ridícula aplastada aquí dentro. — Rodé los ojos. —Si no llevara esto—señalé mi cabeza—te daría un largo y húmedo beso por recordarme ahora mismo ese gran detalle.

Desmontó de la moto, lentamente y bajo mi mirada llevó sus manos a la base del casco, aflojó los ajustes y sonó el click, con cuidado me lo quitó, agité mi cabeza al sentirla liberada de nuevo, lo dejó colgado del manillar y me encaró de nuevo.

Con ambas manos me cogió la cara y la acercó a él, me dejé hacer, estaba como hipnotizada por sus ojos verdes de los cuales no podía apartar la mirada.

—Llevo toda la cena esperando esto…—Y me besó, de manera suave, abrí mi boca dándole cabida a su lengua. Nos sumimos en un profundo beso, lento, deleitándonos en cada caricia que nuestras lenguas se daban, en cada roce que nos hacían estremecer.

Poco a poco nos separamos yo lamí mis labios, disfrutando claramente de su sabor, nuestras frentes seguían unidas.

—Me voy a convertir en adicta a esto…— Lamió mi labio superior. — Mmmm…¿te parece si nos vamos?

—Me parece. —Rozó sus labios .Me devolvió el casco.

Salí del baño con el cepillo de dientes en la boca, y mi camiseta de dormir.

—¿Sssocolate has disso?—Cerré la boca para evitar que la pasta de dientes saliera disparada.

Edward levantó un paquetito de encima de la almohada, pero no fue eso lo que me provocó el shock, solo llevaba un pantalón corto, y su cuerpo estaba hecho para pecar.

Me metí de nuevo al baño, antes de que la pasta tomara un camino equivocado y diera un espectáculo en la habitación.

Me enjuagué, y corriendo fui hasta la cama, me metí de un salto y me acurruqué contra Edward que estaba leyendo un libro. Soltó una carcajada.

—¿Me cuentas el chiste rubio?—Me rodeó con su brazo atrayéndome a su pecho, allí estaba como si fuera mi lugar natural.

—Eres como una ardilla—Besó mi coronilla.

—Estoy demasiado bien aquí—Suspiré.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé ¿lo es?

—Supongo que no, hace mucho tiempo que no me encontraba tan bien con alguien, y en tan poco tiempo.

—¿Deberíamos alejarnos un tiempo  para tener perspectiva?, no nos hemos despegado más que unas horas, y ha sido porque nos hemos dormido.

—Yo no quiero alejarme de ti, tengo la perspectiva que quiero desde aquí. —Me incorporé lo suficiente para besarle.

Nuestras bocas se abrieron y despacio las lenguas se rozaron para seguir en un beso lento y profundo. Ambos sabíamos a pasta de dientes. Mordí su labio inferior.

—Han cambiado las sábanas…—le dije en sus labios, le noté sonreír, se alejó.

—¿Por qué besándome te das cuenta de las sábanas?

—Mmm…tienes que saber algo de mí—le miré haciéndome la interesante.

—¿Grave?—Levantó una ceja.

—A veces mi cerebro enlaza unas cosas con otras y no lo puedo controlar. —Asintió invitándome a continuar. —Te he besado, sabías a pasta de dientes, y ha venido a mi mente el chocolate de la almohada, entonces me he acordado de las sábanas mojadas de esta tarde…y con ello de…la tarde—sonreí pícara— entonces me he dado cuenta de que la cama estaba hecha y las sábanas secas, de ahí…

—De ahí has suspirado “han cambiado las sábanas”. —Hizo un gesto de burla. — Nos besamos, y lo que deseo es que pierdas la consciencia—dijo fingiéndose ofendido— y resulta que tu mente está en el chocolate, la pasta de dientes , las sábanas…¿Dónde quedó el beso?—Chascó la lengua fingiendo enojo.

—Me desarmas con tus besos— le puse pucheros—pero es que mi mente va muy deprisa, todo eso pasa…fluye tan rápido…—me acerqué a su boca de nuevo—en realidad…—rocé sus labios, se hizo el duro y ni se movió un ápice—…en realidad no debería desvelarte tantas cosas de mí.

Me piqué de broma, y me alejé. Me hice la ofendida. Me tumbé de espaldas él.

—No pienso caer, yo dejo de pensar cuando me besas. —Sonó serio.

El calor tomó mi cuerpo, y mi sonrisa se ensanchó. ¿Cómo me decía esas cosas?

Me di la vuelta dispuesta a sentarme sobre él, seguía leyendo como si no pasara nada, era perfecto, la situación era perfecta. De repente me imaginé el resto de mis noches al lado de Edward ambos leyendo, compartiendo este tipo de momentos tan íntimos que desde fuera parecieran que no son nada. ¿Sería posible que en solo un día esto me estuviera pegando tan fuerte?

—Un centavo por tus pensamientos—me sacó del trance—aunque después de tu confesión creo que debería pagar más.

—Por este sí— le retiré el libro y me puse a horcajadas sobre él. Repasé sus rasgos mentalmente mientras le acariciaba con las puntas de los dedos, rodeé sus ojos, preciosos ojos verdes, tocando sus cejas pobladas, rocé sus pómulos, y su masculina mandíbula, con mi pulgar barrí sus labios, y él, juguetón, trató de morderlo. —Eres demasiado perfecto—dije para mí. Cogió mi mano y me besó las yemas de los dedos, un cosquilleo recorrió mi brazo.

—¿Donde empezarías el día mañana?—Preguntó en un susurro.

—¿Realizable?, es decir,¿ aquí en Miami?

—No tiene porqué.

—Mirando el amanecer desde un globo, en la Capadocia. —Me dejé caer sobre su pecho, me abrazó.

—¿Turquía?

—Sí.

—¿Conmigo?

—Mmm…si, inmejorable entonces.

—¿Por qué en la Capadocia?—Me preguntó mientras miraba cómo mi mano izquierda jugaba con su mano derecha, se entrelazaban, se acariciaban las yemas…

—La leyenda dice que allí era el único sitio de la tierra donde las hadas y los humanos convivían sin problema, hasta que un hombre y un hada se enamoraron, algo que estaba castigado con la muerte. Como no había precedente, la reina de las hadas perdonó a los amantes, pero convirtió a las hadas en palomas. A partir de entonces los hombres que han vivido allí cuidan de las palomas que viven en las chimeneas de las hadas.

—Palomas…

—Sí, palomas—dije frunciendo el gesto. —Si yo hubiera sido la reina las habría convertido en mariposas, les hacen más justicia, pero entonces seguro que no se habrían quedado allí. El caso es que además de que la leyenda me parece muy linda, el paisaje tiene que ser impactante, y en globo mucho más. Es un sitio que me parece mágico. Siempre he querido ir— Me acomodé sobre su pecho un poco más, el sueño estaba dominando mi cuerpo. — ¿Y tú?, ¿Dónde amanecerías mañana?

—Aquí, contigo, enredado en tus piernas, teniéndote entre mis brazos. —Notaba su corazón, los latidos habían comenzado un ritmo frenético con aquellas palabras.

Me sentí una espía, las pistas que su cuerpo me daban enviaban ondas de alegría a mi pecho.

—Estoy quedando fatal contigo ¿no?—Me incorporé ruborizada.

—No, eres como eres, maravillosa. Dices lo que piensas. — Me acarició la mejilla, incliné mi cabeza para aumentar el contacto. —En serio eres deliciosa.

Ahogué un bostezo con mi mano.

—Lo siento…—Se rió.

—Vamos a dormir, ha sido un día largo.

Y abrazados, casi como si fuéramos uno, caí dormida sin apenas darme cuenta.

21 Agosto.

Abrí los ojos, había dormido como una piedra. Los brazos de Edward me tenían adherida a su cuerpo. Me moví suavemente para sentirle más. Era una grata sensación. Noté en mi parte baja de la espalda su erección matutina, me reí para mí, varias imágenes tratando de despertarle vinieron a mi cabeza. No podía ser así, Edward iba a pensar que era una adicta…pero es que él me suscitaba estas respuestas…si no me tuviera tan pegada…

Sentí a Edward despertar, y cómo con su nariz acariciaba mi cuello y mi nuca, mientras respiraba fuerte.

—Buenos días, mariposa— sus labios succionaron mi piel detrás de la oreja, temblé sin poderlo evitar.

—Buenos días, rubio. — Traté de pegarme más a él, mientras sus manos acariciaban mis muslos sutilmente, haciendo que mi piel se erizara allí donde sus yemas hacían contacto.

—¿Quieres desayunar?—murmulló en mi oído.

—¿Propones algo?—devolví en un tono igualmente sugestivo.

—Llamaré al servicio de habitaciones. —Se irguió dejándome una sensación de vacío. Me quedé estática. — ¿Te apetece algo en concreto?—Me preguntó sentado al borde de la cama. Me di la vuelta y le miré, mi cara seguro estaba ligeramente encarnada y mis pupilas dilatadas de las sensaciones de hacía escasos segundos.

—Me has dejado de piedra…—Entrecerró los ojos, con una sonrisa pícara—Pensé que nos íbamos a desayunar…—nos señalé a ambos—el uno al otro.

—Mmm…no está mal. — Se inclinó para atrapar mis labios entre los suyos. — Déjame hacer una llamada…

Me levanté mientras marcaba, dispuesta a darme una ducha fría, bien fría. Estaba molesta, si, esa era la sensación que te quedaba cuando estabas casi a punto de tener sexo con un ser doctorado en la materia y que te cambiara por un desayuno.

Conforme el agua bajaba por mi cuerpo comencé a reírme casi compulsivamente, me había convertido en una adepta a Edward y a su cuerpo como si fuera una secta. Además de no contemplar ningún tipo de pudor por mi parte, a pesar de habernos conocido hacía un día y medio.

Estaba lavándomelos dientes y le vi entrar al baño, me miró a través del espejo con una sonrisa taimada, haciéndome sonrojar violentamente por el corte de la mañana, mientras se metía en la ducha. No había comenzado a secarme el pelo que él ya había terminado, se pasó una toalla sin apenas secarse del todo y con el resto de las toallas en la mano salió del baño. Miré mi reflejo de forma interrogante.

Tras quitar la humedad del pelo con el secador salí a la habitación con la toalla alrededor del cuerpo.

Me encontré a Edward con una pequeña toalla atada a la cintura, sentado en la cama, toda esta cubierta por las que había cargado tras su ducha, y un carrito del servicio de habitaciones pegado a ella. Lo señalé.

—¿El desayuno?—Pregunté.

—No exactamente—Me dijo mirándome de arriba abajo y dando palmadas sobre la cama para que me acercara a él.

Me acerqué, y antes de sentarme, en un ágil movimiento, dejó caer la toalla dejándome expuesta a él. Besó mi abdomen, haciendo que contuviera la respiración y me dejó sentarme.

—Túmbate boca abajo, Bella. —Dijo en un tono tranquilo.

Lo hice como si estuviera a sus órdenes, que me mandara me parecía algo realmente erótico.

Se puso de rodillas a mi lado mientras destapaba las bandejas del carrito. Cogió un bol lleno de una pasta blanca, como yogurt, y otro de fresas troceadas. Enterré mi cara entre las toallas aguantándome una risita tonta que anticipaba aquel juego.

—Yo…voy a desayunarte…—me dijo en un susurro al oído, para acto seguido dar pequeños toques con la cuchara depositando yogur por toda mi columna vertebral, haciendo que el tacto frío del alimento me tensara completamente. Siguió poniendo crema justo debajo de mis glúteos, haciéndome temblar ante la cercanía a mi centro. Ahogué un gemido contra la cama, para escuchar una ligera risa de su parte.

Noté como depositó las fresa por varias partes de mi cuerpo, detrás de las rodillas, retiró mi pelo para ponerla en el cuello, en mi hombro, en la fositas de Venus (N/A pequeños agujeritos que hay encima de los glúteos, en la zona lumbar)

Comenzó a lamer el yogur de la parte central de la espalda, haciéndome sisear ante el primer contacto de su caliente lengua, se puso a la altura de mi cuello.

—Me voy a poner las botas contigo…—Susurró en mi oído, a lo que yo respondí con su nombre en forma de gemido. —Sshhh…eres mi plato, déjame lamerte.

¿Era esto posible?, ¿que apenas me hubiera tocado y que todo mi cuerpo estuviera encendido?

Fue descendiendo por mi espalda, lamiendo toda la parte comestible que tenía mi cuerpo, alternándolo con succiones, arrastrando las fresas por zonas que hacían que mi centro clamara atención, haciendo que el nivel de mi excitación se elevara por momentos. Moría de ganas de volverme y beber de sus labios como si fuera agua que encontrara en un desierto. Su parsimonia no era más que una exquisita tortura añadida a todas las sensaciones que estaba experimentando.

Continuó por mis glúteos pasando su lengua vivaz por mis piernas, rescatando los trozos de fresa que tenía regados por todas las zonas más sensibles, cuando su lengua comenzó a succionar el yogurt de los muslos y el cercano a mis ingles, yo ya no podía más, sentía mi centro palpitar , a la espera de su cortesía. Lamió toda la zona, llegando con su lengua a las zonas donde el yogur se había resbalado. Me cubrió con su cuerpo, dejando que su excitado miembro se acomodara entre mis glúteos. Abrí mis piernas y sentí su dureza sobre mi entrada, provocándome. Sentía como casi entraba en mí con el suave balanceo de sus caderas. Estaba completamente húmeda y eso hacía que de mi cuerpo salieran gemidos bajos.

No podía aguantar más.

Su cara se puso a mi altura.

—Deliciosa, Bells—Me dijo en un sexy tono ronco mientras se lamía los labios. — ¿Me permites el postre?—Solté el aire de golpe, todo el que había retenido ante la excitación que me provocaba la cercanía de sus labios. —Date la vuelta.

Y lo hice, presa del placer. En cuanto estaba con mi espalda apoyada en la cama los labios de Edward apresaron los míos, mientras nuestros cuerpos se acoplaban. Abrí mis piernas por instinto, permitiendo un roce íntimo entre los dos que nos hizo gemir. Sentí como de un golpe entraba dentro de mí, estaba tan lubricada que se deslizó fácilmente hasta mi interior. Comenzó con un movimiento lento, mientras nuestro beso había recuperado un ritmo suave. Se apartó de mis labios para mirarme a los ojos.

—Eres perfecta, Bella…—paseó su lengua por mis labios. —Estás muy rica…— me relamí ante su gesto, quedándome de nuevo con su sabor.

Se precipitó de nuevo sobre mi boca mientras daba un ritmo más veloz a las embestidas. Yo estaba a punto de llegar a un orgasmo que se había estado fraguando durante todo su “desayuno”.

—Oh…Edward…más fuerte. —Conseguí decir cuando nos separamos para recuperar oxígeno.

Sentí mis paredes estrecharse.

—Estás tan apretada…—Su voz, sus palabras, no sabía si podía aguantar más.

Tras aumentar el ritmo y unas cuantas estocadas más, ambos alcanzamos el orgasmo con un mayúsculo grito de placer.

Si alguien estaba en el pasillo, o en cien metros a la redonda, seguro lo escuchó.

Tras unos minutos tratando de recuperar el hálito, Edward rodó sobre la cama, algo pegajosa, por cierto, y me puso sobre su pecho.

Miré el carrito del desayuno y vi a Edward relamerse con los ojos cerrados. Me incorporé.

—Edward…—le dije bajito, abrió los ojos—…yo…no he desayunado.

Capítulo 10

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