Noches sin Luna. Capítulo #2

#2

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Abro los ojos y sonrío feliz. No he tenido que escuchar el sonido agudo del despertador de mi móvil, y despertarse cuando te lo pide el cuerpo es de las mejores sensaciones. De hecho, no tengo ni que mirar la hora, porque en realidad me da igual. Me apetece desayunar en el jardín y bajar a la playa.

Por un momento temo que sea demasiado tarde y que la playa esté abarrotada de gente; pero, rápidamente, deshecho ese pensamiento, no quiero ser práctica estas vacaciones.

Anoche me acosté sobre las dos de la madrugada, tras dos daiquiris y la amena comedia que se vivió en el chalet de al lado. Me hizo sentirme más joven; a ver, con treinta y seis años no es que sea una vieja, pero las conversaciones de los chavales me hicieron acordarme de los veranos en el pueblo de mis padres; los nervios por si un chico vendría, por si hablaríamos, por si le gustaría; ese primer beso bajo el moral… Todo sin WhatsApp, claro, ni mensajes de móvil ni nada de tecnología. Ahora, cuando se ven ya llevan una enorme ventaja.

Miro mi mesilla, sin incorporarme de la cama, y me acaloro. Está el libro-regalo de Jorge, pero también está Gris… De repente me siento una pervertida. Lo utilicé pensando en la voz del tal Breixo, en eso y en la imagen que tengo de él grabada en la retina. Es posible que ni siquiera se corresponda, pero mi cerebro ya tiene su fantasía hecha, y «a falta de pan… buenas son hostias». Jorge ha terminado el refrán en mi mente por mí, y no puedo evitar soltar una carcajada avergonzada.

Descalza, voy hasta el baño y me quito el camisón. Me meto en la ducha y me paso un agua, tirando a fría, sin mojarme el pelo.

—Esto es vida —lo digo en voz alta porque de verdad que necesito oírme hablar.

Estoy en la mesa de la terraza frente a la piscina; a mi disposición tengo unas tortitas con sirope de chocolate, un zumo de naranja, fresas partidas en un bol y un café con leche, espumoso, con un poquito de canela por encima. Lo miro y me deleito en el conjunto. Solo me falta el periódico, pero no me apetece salir a comprarlo, lo leeré en la playa, si es que la prota del libro y su enamoramiento por ese hombre intrigante, de aura peligrosa, me dejan.

Hace un día soleado y creo que estamos cerca del mediodía; el sol está muy alto.

No se escucha nada en la casa de al lado. Estarán dormidos, o quizá todavía no hayan llegado.

Mientras desayuno tranquilamente, me llegan varios WhatsApp. Es Jorge; pongo los ojos en blanco.

«¿Qué tal la vida por la costa?»

«Desayunando en la piscina, me estoy poniendo morada.»

«¿Desayunando?  Pero si son las doce y media, loca. ¿Qué haces que no te estás tomando una cañita en los chiringuitos de la playa?»

«Oye, LOCA, estoy haciendo lo que me sale del moño. Si querías que estuviera haciendo eso…»

«Vale, lo siento 😦

¿Saliste anoche?»

«A la terraza, a tomar un daiquiri y ver las estrellas.»

«¿Nada de chiringuitos para ti?»

«Nop.»

«Entonces no te pregunto por si has conocido a alguien interesante.»

Me sonrío. ¿Conocer?

«Bueno, creo que sí he conocido a alguien.»

«Aaaanda, Pulgui ¿Cómo se llama? ¿Cómo es ÉL? »

«¿Por qué ÉL? ¿No puede ser ELLA?»

«Vamos, Sofía… »

«Sí, bueno, es un ÉL. Pero no sé cómo se llama. Son mis vecinos. Ayer los escuché hablar mientras veía las estrellas.»

«Eso no es conocer. Eso es güinear, vieja del visillo.»

«ÉL vino antes a casa a pedirme unas pelotas que se les habían colado en mí jardín.»

«¿Pelotas en tu jardín? ¿Sabes lo sórdido que suena eso viniendo de ti, Pulgui?

¿Está bueno?»

Pongo los ojos en blanco y me meto un pedazo de tortita en la boca. Voy a ser sincera conmigo y con mi amigo. Si no lo soy con nosotros, ¿con quién?

«Está bueno. Pero es un chaval.»

«Ohhh… ¿En serio?»

«¿Qué tal tú con Adrian?»

Cambio de tema, no quiero seguir por ahí.

«No me hables… Hemos discutido.»

«¿Ya? »

«Sabes que soy muy temperamental, y que no me gusta que me manden.

Anoche la lió cuando estábamos tomando unas copas y nos encontramos con Ramón.

Se puso gilipollas y territorial».

«¿Pero tiene solución? ¿Por qué estamos hablando del sinsentido de mis días cuando tú estás mal? ¿Te puedo llamar?»

«Tranquila, supongo que tendremos que hablar, ya veremos en qué termina esto.»

«Sabes que aquí, conmigo, siempre hay un sitio para ti.»

«Sí, cielo, lo sé. Y como sabes que tan pronto amo con locura como desciendo a los infiernos, no rechazaré tu invitación.»

«Lo sé, amor.»

«Joder… Te tengo que dejar, tengo gente.

Te quiero.

Te llamo luego.»

«Yo también te quiero.»

Es incorregible. Le echo de menos; en realidad, aunque estoy disfrutando de mi soledad, creo que mañana me subiré por las paredes.

Entro en la casa después de un rato en la playa. Ya he decidido que cuando quiera ir a bañarme en el mar iré por las tardes, cuando no esté a tope. La decisión la he tomado mientras el niño de al lado me llenaba de arena —a pesar de que la abuela le ha gritado constantemente para que dejara de lanzarla al aire—, así que mañana por la mañana iré a correr, luego un poco de piscina y, según me vaya cuadrando el día, ya veré.

Antes de ducharme dejo pochando cebolla a fuego muy lento, tengo todos los ingredientes preparados para el Risotto, y el caldo listo en la cazuela para ponerlo a hervir en cuanto baje. Me apetece arroz, y se me hace la boca agua mientras subo las escaleras quitándome la camiseta y desabrochándome el bikini.

El timbre suena cuando  estoy saliendo de la habitación, fresquita y sin restos de agua de mar y arena. Arrugando el ceño, bajo a ver quién osa perturbar mi morada.

No miro ni por la mirilla, y abro directamente, qué diferencia al miedo repentino que me entró ayer, supongo que la noche es diferente.

Me quedo sonriendo como una estúpida cuando me vuelvo a encontrar al yogurín de ayer, esta vez sin camiseta —por favor, qué cuerpo tiene— y con un bañador negro con un estampado amarillo, de la misma marca que sus chanclas. Por Dior…, la imagen es para atragantarse y que me haga el boca a boca ahí mismo. Estoy un poco sorprendida de los pensamientos que me provoca este chico.

Inspiro y le miro a los ojos, parpadeando varias veces. Esos ojos grises, porque ahora veo que son grises, enmarcados por las pestañas oscuras, son como de otro mundo.

—¿Qué se os ha colado esta vez? —pregunto.

Sonríe; y yo siento que dejo de respirar. Este chico es modelo o algo… Quizá ni si quiera sea real, y es mi mente que, ante tanto aburrimiento, está creando estas visitas.

—Se nos ha colado una pelota de vóley… Perdona —lo dice bajando la mirada, sin llegar al suelo, mientras se rasca la nuca.

Tiene un pelo precioso, negro como el azabache —sí, así de poética soy—, no es ni muy largo ni muy corto; imagino mis manos en ese pelo mientras me empotra…

¿De dónde ha salido ese pensamiento?

«¡La pelota, Sofía!». Carraspeo y asiento torpemente, mordiendo mis labios casi de forma compulsiva. ¡Ops! mis pezones se han erizado, están rozando mi camiseta blanca, y no me he puesto sujetador¡Mierda!, observo como su mirada se ha enganchado en esa parte de mi cuerpo.

El olor a cebolla me indica que tengo que atenderla, la visita no estaba computada en el tiempo de cocina; es la excusa perfecta para desviar su atención de ese sitio prohibido…; o quizá no para él.

«¡Cállate!».

—¿Por qué no pasas y la coges tú mismo? —Me doy la vuelta y lo digo sin mirarlo.

Me da la sensación de que lo conozco más de lo que estos encuentros vecinales nos han dado y necesito que la cebolla no se me queme.

—De acuerdo.

Reconozco que además tiene una voz interesante, pienso, por un segundo, que si se dedicara a la radio sería de esos que una vez les conoces en persona, porque has tenido fantasías con su voz, no te decepcionan.

Sé que él me sigue a la cocina y se para allí mientras le doy una vuelta a la cebolla y añado la mantequilla.

—Sal al jardín, después de todo, todas las casas son iguales, ¿no? —Si me centro en hacer la comida me siento más resuelta, es lo que tiene moverme en mi elemento.

—Vale —asiente y sale.

Creo que  he delatado un poco mi vena cotilla.

Cuando entra de nuevo a la cocina, se para con la pelota blanca en las manos.

—Huele muy bien. —Y juro, por toda la colección de Dior, que eso ha sido un ronroneo.

—Gracias. —Remuevo los champiñones, y me doy la vuelta para dejar de observarlo por el rabillo del ojo y enfrentarlo.

Me estoy encontrando un poco incómoda. Por una parte me gustaría saber flirtear con él, pero me doy cuenta de que esto no es una película o una novela de amor veraniego y sé que voy a hacer el ridículo. Además, ¡es un chaval!, aunque esté muy bueno.

—Bueno… Me voy.

—Me llamo Sofía. —Ha sido un arrebato, lo sé, pero tengo la necesidad de ponerle nombre—. Me da la impresión de que nos vamos a ver bastante si seguís practicando con todo tipo de pelotas…

«¿Con todo tipo de pelotas?». Siento el color acudir a mi cara, me queman hasta las orejas, y me doy la vuelta para remover la comida de la sartén. Activo el hornillo de la cazuela del caldo.

—Breixo.

Cuando lo miro tras dejar las sartenes y las cazuelas, él me está observando con una sonrisa inocente y unos ojos bastante  pícaros. «¡No sabe nada este chico!», el pensamiento es tan sarcástico que casi me quema por dentro.

—Bien, Breixo, pues encantada.

Dejo la cuchara de madera y me vuelvo completamente hacia él para acompañarle a la puerta. De repente siento como él se adelanta y se acerca para besarme en la mejilla. Huele a mar, a sándalo y a algo más, como a especias exóticas; me hace contener la respiración, me da la sensación de que todo mi ser se repliega sobre sí mismo para disfrutar de ese olor, como si fuera Gollum sobre su pequeño tesooooro.

Solo es un beso y se aleja.

—Un placer, Sofía. Te dejo con tu comida. Nos vemos.

Me ha guiñado un ojo y se ha ido de mi casa, dejándome como un pasmarote. Soy una imbécil a la que un chavalín le acaba de hacer puré.

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6 respuestas a Noches sin Luna. Capítulo #2

  1. Nani dijo:

    Pues ese chavalín también me acaba de hacer puré, que ganas de leerlo todoooo!
    Toda la suerte del mundo. x

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  2. Me lo pido ya! Por favor! Esta historia no me la pierdo yo!

    Le gusta a 1 persona

  3. Nere dijo:

    Jolín con el Breixo, me da a mi que va a seguir tirando las pelotas al jardín de Sofía 😄

    Le gusta a 1 persona

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