#1_¿QUÉ ESTÁS HACIENDO, CIELITO?

Isabella y yo llevamos once años juntos y nos casamos hace tres. Ella tiene treinta y un años y yo estoy  punto de cumplir los treinta y tres. Es profesora de inglés en un instituto de las afueras y yo soy bombero. Ambos tenemos plazas fijas, por lo tanto nuestra vida es estable a todas luces.

Nos consideramos afortunados porque hemos alcanzado una estabilidad bastante pronto. Una conclusión a la que llegábamos a través de las comparaciones, claro está. Emmet y Rose estaban todavía luchando por tenerla, y nos consta lo duro que es estar entre aguas.

El trabajo de Rose en una revista de moda, esta poco menos que sujeto a las directrices de una jefa caprichosa que la tiene como becaria, tras ir y venir en varios trabajos en su campo, está en un lugar en el que esperaba que se convirtiera en uno que durara más que los anteriores, y en el cual quiere quedarse para sacar provecho de la enorme experiencia que supondría una revista de tirada internacional.

Emmet, por su parte, está preparándose para las oposiciones de bombero, cuando yo lo hice él trabajaba con su padre en un taller mecánico y no quería hacer otra cosa que eso, pero cuando su padre murió, el socio se quedó con todo largándolo de allí con una mano delante y otra detrás. Su padre fue tan confiado cuando abrieron el negocio que lo dejó todo en manos del socio, el cual, aprovechándose de la ignorancia del padre de Emmet, lo puso todo a su nombre. Esto había pasado hacía dos años, y entonces mi amigo se planteó entrar al cuerpo.

Los chicos habíamos tenido un fin de semana de rabos, si, de esos que te dejan lleno de risas, colmado de estupideces dichas y oídas y con una resaca de campeonato, de las que duran tres días.

Emmet siempre dice que son necesarios para no perder nuestra posición en esta vida. Está convencido de que explotamos demasiado el lado emocional al lado de las chicas, y que a veces perdemos el norte.

Estábamos tumbados  en las hamacas de la enorme piscina de Jasper. Siendo inspector de Sanidad y propietario , junto con su mujer Alice, de una de las mejores Clínicas Veterinarias de toda la ciudad, la casa, un enorme mansión de tres pisos con gimnasio, habitación de juegos, piscina de interior y exterior y un Spa, además de las enormes y espectaculares estancias del resto del hogar, no desentonaba con el sueldo que ingresaba en la cuenta corriente, si además añadíamos que Alice heredó una barbaridad de dinero de unas tías abuelas ricas que vivían en una austeridad que rozaba la indigencia.

En el momento en que las chicas entraron con su gorgojeo agudo y habitual en el jardín, nosotros disfrutábamos de un zumo hipervitaminado que Jasper había  mandado hacer a Jenny, una de las chicas del servicio. Era necesario para ir despejando la mente del fin de semana de cervezas, copas, baloncesto, automovilismo, póquer y puros…si, esto último es porque Emmet se empeña en que nos metamos en un roll de machos completo, su opinión es que nuestro amariconamiento es exponencial con el tiempo, por esto la habitación de juegos llevaba con las ventanas abiertas desde las seis de la mañana que la habíamos abandonado, y Rudy, que forma parte del servicio de la casa, tenía  una orden de desinfectarla  para no dejar evidencias de la madrugada que pasamos allí encerrados como hombres auténticos.

—Declaro clausurado el fin de semana de los rabos. —Emmet pronunció solemne.

—¡¡Huhaaa!!—Jasper y yo terminamos con el grito de Guerra haciendo el gesto con el puño como cuando ganas algo.

—¡¡Aquí están nuestros maravillosos hombres!!—La voz de Rose se adelantó a su cuerpos.

—¿Nos habéis echado de menos?—Alice con su etéreo cuerpo de hada llegó hasta su marido y se subió en el regazo de un Jasper poco preparado.

—¡Ouch!

—Perdona cari, ¿te he hecho daño?—Le besó en la boca sin dejarle pronunciarse sobre el machacamiento de hombría que acababa de sufrir.

En previsión de lo visto me senté para esperar a mi preciosa y calmada mujer. Sabía que era difícil que la locura le embargara como a Alice y que su hiperactividad no era contagiosa, pero cada vez que pasaban un fin de semana de brujas, todas venían algo infectadas de las personalidades de las otras, lo que era una lástima es que la paz de mi mujer no se les pegara un poquito al resto, era más probable que fuera al revés, la a veces soberbia de Rose y la locura de Alice, actuaban como genes dominantes.

—Hola preciosa. — Ella se sentó entre mis piernas, en el hueco que le dejé en la hamaca y me abracé a ella inspirando su olor a dulces magdalenas de chocolate y vainilla… el olor de Bella me hacía adicto a ella.

—¿Cómo ha ido el fin de semana?—Bella se volvió abrazando sus piernas y brazos a mi cuerpo, pegándose a mi como si estuviéramos solos, y lanzando su boca en un beso de bienvenida que reactivó mis instintos primitivos.

—Bien…—susurré. —Pero veo que a ti mejor, vienes muy dispuesta. —Ronroneé contra su boca mientras apreté  mi polla contra ella en un movimiento  discreto.

—Ejem… ¡Nosotros nos vamos!—Emmet estaba de pies con Rose colgada de su cuello y una mirada de adoración a su marido, obvia.

—¿Nos vemos…—Jasper dejó la pregunta incompleta, se levantó de la hamaca y pegó a Alice a su cuerpo. — Nos llamamos. — Aseveró quitando importancia a todo con un gesto facial.

—Vale…— Yo por mi parte tenía ganas de irme también, Bella me había calentado a pesar de la resaca que pensaba iba a desarrollar durante esa tarde de domingo. Pero era extraño, en estas situaciones solíamos quedarnos a cenar en casa de Jasper y Alice desenganchándonos de la no realidad que creábamos ese fin de semana, y a eso de la media noche nos íbamos cada uno a su casa.

—Y nosotros también. — Bella se pronunció desenredándose de mi cuerpo y levantándose para tenderme la mano con una sonrisa…nada dulce por cierto.

Tragué duro y notando los primeros efectos de su presencia me levanté, me puse las gafas de sol de nuevo  y tras una despedida, la más breve de la historia, nos montamos en el coche.

—¿Cómo está Kate?— Arranqué mientras le pregunté a Bella por la amiga a la que habían ido a visitar.

—Está pletórica con su niña Ed…—Pronunció soñadora mientras miraba al frente. —Tiene una pequeñita preciosa, con sus ojitos grandes y redondos, su boquita de piñón…

—¿Ya está recuperada del parto?— Salí despacio por el camino que llegaba hasta la carretera principal.

—Bueno, tiene algunas secuelas, ya sabes. —Rodó los ojos pero sin perder la sonrisa. — Un parto es duro, imagínate sacar tres kilos de personita por…ahí.

—Ya ya…—Traté de evitar la imagen a toda costa sin lograrlo, a veces las especificaciones de Bella me traían imágenes mentales poco agradables.

—¿Y habéis salido algo?

—Nooo…¿Cómo crees?, Kate estaba agotada con los quehaceres de la niña, cada vez que le da el pecho es una maravillosa locura, se tiene que sacar leche, luego darle a ella, el eructito, otra vez darle…—Bella y su dulzura explicaban con devoción autentica el proceso de la lactancia y yo estaba un poco extraño, además de sentir un picazón en la piel cuando llegó a la parte en la que mencionó: grietas en los pezones.

Fue escalofriante pensar que ahí, precisamente en ese lugar que a mí me volvía loco lamer a Bella, tuviera…¡¡grietas!!…Definitivamente desconecté parcialmente de la cháchara tranquila y feliz que Bella llevó durante el camino. Contaba cosas que solo provocaban sufrimiento y alteración de la vida, enfados y falta de sueño, pero lo hacía como si estuviera relatando un cuento de Hans Christian Andersen, porque incluso cuando se refería a la niña directamente, hacía vocecitas y arrullos.

Cuando llegamos a casa a mí la libido me había bajado por los suelos. Todo lo que prometía el beso húmedo y el roce exquisito de la piscina se había quedado allí, en la piscina. Dios…no quería verle los pezones a mi mujer… ¿y si se le había contagiado?…o peor…¿y si con mis lamidas provocaba esas grietas en ellos? Abrí la puerta del piso con un escalofrío recorriendo mi columna vertebral. Bella entró detrás de mí.

—Ed cielo…¡Te has quemado toda la espalda!—¿Cómo lo había visto?, si llevaba la camiseta puesta.

Sentí su mano fría, como siempre, en el centro de la misma y siseé, del gusto que me provocaba su fresquito en ella y de lo incómodo que era el roce de la camiseta de algodón.

—Me quedé un rato dormido en la hamaca esta mañana. —Levanté las cejas sin mirarle mientras dejaba las llaves de casa en la mesa de  la entrada.

—¿Y la crema? Ed, eres blanco como la leche en polvo, no es posible que te hagas el machito con tus amigos en esas cosas porque ellos tienen un color de piel diferente.

No por favor, aquí venía una reprimenda.

—Se me olvidó, no tenía intenciones de quedarme en la hamaca pero…

—Siempre que salgas al sol tendrías que echarte, pedirle a los chicos que te den en la espalda. — Era cierto, tenía la crema en la bolsa de protección 40, pero no me atreví en todo el fin de semana a decirles nada, Emmet estaba muy pesado con eso del amariconamiento, y pasaba de ser el centro de sus burlas.

—No volverá a pasar. —Me volví y con un puchero en los labios me acerqué a ella mientras dejaba la bolsa en el suelo.

Le abracé y uní mi boca a la suya pidiendo perdón de una manera muda.

—Ve a la cama, te voy a dar crema, desprendes un calor infernal. —Dijo cuándo se despegó de mi boca.

Obediente como soy, me desnudé completamente y me tumbé en la cama boca abajo.

Esperando a Bella casi me quedo dormido, el alcohol en cantidades ingentes, cuatro horas de sueño y una siesta a pleno sol durante la mañana tenían ese efecto en mí. Pero sentí cómo la cama se hundía y me despejé.

Noté a Bella ponerse a horcajadas sobre mis piernas y el frío de la crema cayendo sobre mi espalda. Siseé al contacto.

—Tontito tontito…siempre igual…—Sus manos frías calmaron mi espalda conforme el masaje comenzó. Sentí el calor de su entrepierna cuando se inclinó hacia delante para llegar a mis hombros, y el tacto de mi trasero me indicó que…¿estaba desnuda?…gemí, porque mi polla vibró con la sensación.

—Preciosa…—Susurré ladeando la cabeza, la persiana estaba echada y solo pasaba la luz por los agujeros de esta, creando un ambiente de penumbras ya que el sol impactaba directamente en la ventana.

—Mmmm—Continuó moviendo sus manos y rozando un poco más su centro contra mi culo. Volví a gemir, la pregunta realmente iba a ser retórica.

—Estás desnuda…

—Ahá…—Su respuesta fue un lamento acompañado de otro roce,  llamada directa a mi pene que saltó contra el colchón demandándome espacio.

De repente perdido entre sus roces, su masaje y la vibración del colchón que estaba convencido de que lo provocaba mi amiguito alborotado, escuché un ruido fuera de la habitación.

—¿Qué se escucha?—Levanté la cabeza de mi letargo erótico.

—La olla…—Ronroneó en mi oído como si formara parte de su juego.

—¿Has puesto la olla?— Mi confusión era plena.

—Para cenar. Puré. — Tuve que ahogar una carcajada contra la almohada, ella era previsora, en los momentos que menos te lo esperabas, en otros un desastre completo.

Me relajé, las manos de Bella acariciaron mis costados, y en unos minutos dejé de escuchar el sonido sibilante de la olla para llenar mis oídos con los jadeos bajos de Bella y las fricciones de su cuerpo sobre el mío. Apostaba un brazo y no lo perdía, a que estaba mojada en esa parte que no hacía más que rozarme una y otra vez.

—¿Me dejas darme la vuelta preciosa?—Pregunté en un tono ronco.

—Claro. — Se apoyó en sus rodillas y volteé para verla en todo su esplendor.

Su cuerpo níveo, suave, sus marcadas caderas, sus pequeños pero preciosos pechos que copaban mis manos con su tacto magnético, su sexo completamente depilado excepto por una línea fina y corta  de vello vertical, su melena oscura a un lado del cuello, ese cuello largo fino y suave, y su cara, la boca entreabierta, con los labios llenos, rojos y los ojos entrecerrados, estaba excitada, y yo quería comprobarlo por mí mismo.

—Creo que lo de la crema era una treta para llevarme a esto. — Lancé despacio mi mano hacia su cuerpo y tras rozar su abdomen plano con el dedo índice, arrastré el movimiento hasta su pubis, para adentrarme en su cálido y húmedo sexo despacio, haciendo que se contorneara a mi toque. Era hermoso ver como se arqueaba con mis movimientos sobre ella.

Mi otra mano se disparó hacia sus pechos, acunando primero uno y luego el otro entre mi palma, erizando sus pezones con mi pulgar juguetón. Me mordí el labio cuando gimió, y abrió los ojos para clavarlos en los míos.

Se movió felina sobre mí y retiro mi mano de su entrepierna para colocarse sobre mi erecto y preparado sexo. Con mi  mano húmeda de sus jugos acaricié su pezón y al echarse sobre mi cuerpo para comenzar a frotarse contra mí, alcancé su dura cúspide, empapada de ella con la boca. Podría morir amamantándome de su néctar a través de sus pechos, me volvía loco probarla así.

La sujeté por las caderas en su balanceo, mi excitación estaba alcanzando cotas muy altas con su fricción. El calor de su sexo y sus resbaladizos labios hacían estragos sobre mi erección que, dura como una roca, clamaba por perderse entre sus pliegues.

—¿Quieres entrar?—Pronunció coqueta y extasiada en mi oído rompiendo un beso infernal.

—Dios Bella…—Jadeé. —Cuando quieras nena, tú mandas.

Su gemido agudo atravesó mis sentidos. Y mi pelvis comenzó a alzarse para aumentar la presión en nuestros sexos.

—Ahora Ed…te necesito ahora…—Rogó en un lamento.

—Álzate preciosa. —Susurré a su oído mientras extendía la mano hacia la mesilla.

—No…déjame debajo…—Dijo jadeando mientras seguía rozándome con su caliente entrepierna.

Hicimos un cambio de posiciones rápido, y me posicioné entre sus piernas, apoyado en mis codos y besando su boca, su mentón su cuello, el lóbulo de su oreja.

—¿Me das un segundo?—Susurré.

—No…—Jadeó. —Así Edward…sin nada…—Dijo completamente abandonada y a mí me bizquearon los ojos.

—Pero nena…—Me quedé parado.

—Hazme caso, Ed…—Rogó abrazando sus piernas a mi cintura y creando movimientos circulares y extasiantes sobre mi polla que solo pensaba en entrar…bueno, ella no pensaba, solo se dejaba guiar hacia ese húmedo camino del placer.

—Dijimos que nada de marcha atrás hace tiempo. —Insistí. Pero sus movimientos en mi erección me estaban haciendo perder la cordura.

—Entra y fóllame Ed, entra en mí y córrete dentro. —Pidió en un jadeo mientras apretó su sexo contra el mío haciéndome perder el raciocinio. Joder, me hablaba así y me volvía loco.

Dios, correrse dentro, sin nada, iba a correrme fuera solo de pensarlo. Ella ahuecó sus piernas y con su mano colocó la punta de mi miembro en su entrada, haciendo que simplemente empujando su sexo, abrazara con calor y  arrullos mi pene dispuesto y duro. Siseé de gusto.

—OH… nena…Dios…Bella. —Entré y salí despacio dos, tres, cuatro veces acostumbrándome a su resbaladiza y acogedora vagina.

—Que rico…Ahhh!… —Sus jadeos no hacían más que incentivarme.

—No sé si duraré mucho nena…— Le hablé contra la boca.

Sentía unas ganas irrefrenables de hundirme en ella apretándome contra su tope, necesitaba clavarme sin contención, sentirla de nuevo sin barreras, toda su textura, estaba a punto de correrme. Apreté las nalgas tratando de frenar mi instinto cavernícola de empalarla una y otra vez, pero sus gemidos no ayudaban.

—Hazlo Ed…hazlo amor, fóllame, hasta el fondo. — Mierda…no podía ser que me hablara así…Un resorte en mi mente hizo que el cuerpo fuera solo hasta el fondo, sintiendo como las bolas golpeaban su trasero, sus piernas se agarraron a mí como si fuéramos a saltar de algún lado alto, y eso parecía, porque la fricción contra sus paredes estaba siendo una auténtica locura, tanto que sentí la adrenalina previa a hacer un salto de puenting y cuando comencé a notar los espasmos de las mismas pensé que me iba a quedar gilipollas para siempre.

—Ed…me voy a…

—Si…nena…vamos…—Apreté los dientes y puse todo mi empeño en seguir estoqueándola hasta el fondo, joder… ¡sí!

Gritó mi nombre y sus paredes me ordeñaron sin piedad, creando un orgasmo sin parangón.

—¡¡Bella!!… — Pensé que me quedaría tonto perdido después de esto. Estaba convencido de que el cerebro se me había drenado con el esperma que había eyaculado.

Sudorosos, jadeantes, extasiados, saciados. Yo colapsado y pegado a su cuerpo, tratando de controlar las respiraciones. Así quedamos durante por lo menos cinco minutos. Sintiendo cómo los coletazos residuales de su orgasmo, apretaban de vez en cuando mi pene sensible y causándome respingones cada poco.

—Nena…ha sido…—Dije a su oído mientras jugaba con su carne blandita entre mis dientes.

—Una pasada…—Terminó ella. —Mierda…

—¿Qué?—Levanté la cabeza del hueco de su cuello y la miré asustado.

—La olla. —Dijo con los ojos muy abiertos.

—¿Eh?—Fue como si hablara en alemán.

—La—o—lla. —Dijo tratando de moverse de mi interior haciéndome sisear de nuevo por su movimiento. — ¿Puedes ir a apagarla…por favor…?—Hizo un puchero y me despegué de ella.

—¿En serio?… ¿yo?—Le  miré sorprendido. —La has puesto tú. — Acusé incapaz de levantarme.

—Para que cenemos los dos. — Se puso en su lado de la cama y levantó las piernas hacia arriba como si fuera a ponerse a hacer yoga o algo así.

—¿Y por qué no vas tú?—Le devolví los pucheros. Después del masaje, mis pocas horas de dormir, y la descarga monumental que había hecho, era como imposible levantarme de la cama, lo del sueño tras un orgasmo es un hecho probado y científico. — ¿Qué haces?

—¿Yo?— Se había dado la vuelta sobre el cabecero y ahora apoyaba las piernas verticales sobre la pared del mismo. — Si apagas la olla te lo cuento…—Se mordió el labio y bajó los párpados en ese gesto que sabía me podía.

La olla hacía un ruido como si estuviera a punto de ser lanzada al espacio.

—Edward, va a explotar. —Me dijo advirtiéndome.

—Tiene una válvula de seguridad. —Le devolví. —No entiendo que haces así.

—Apágala por fa. —Rogó de nuevo con el puchero gigante.

—Soy un desgraciado. —Dije levantándome de la cama como si en verdad pesara mil toneladas y fui hasta la cocina para apagar la dichosa olla.

Agradecido de vivir en un piso de tres habitaciones y no en una casa de tres plantas como Jasper…aunque bien pensado, Jasper no se preocupa de que la olla estuviera encendida mientras echa el polvazo del siglo.

Volví  a la cama y me tumbé con la cabeza en la almohada sin dejar de observar la extraña postura de mi mujer.

—Tienes un marido que vale un Potosí. —Le dije antes de besarle. —Dime… ¿Qué estás haciendo así?—Dirigí mi vista a sus piernas.

—Quiero ser mamá.

_2.

2 respuestas a #1_¿QUÉ ESTÁS HACIENDO, CIELITO?

  1. ¡Oye chica! esto se llama, una mujer que sabe lograr lo que quiere, y demuestra lo fácil de manipular que es este hombre, solo con sexo.

    Me dijeron que empezara con los que están terminados, para luego no desesperarme en la espera, y aquí estoy.

    Aunque no creas, que cuando termine, no voy a seguir con las demás historias, así no estén terminadas, se que valdrá la pena esperar.

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