#2#

—Deberías venir a las clases de Yoga Alice, yo estoy encantada. —Rose estaba bajo la sombrilla en una hamaca, disfrutando de la paradisiaca playa que el hotel tenía.

—Sí, supongo que a esas horas habremos terminado las sesiones, así que ¿por qué no? —A diferencia de su escultural amiga, Alice estaba a pleno sol, con protección, pero captando cada rayo que impactaba en su cuerpo.

—Y tienes que ver a Isaac amiga, mmm….cómo se dobla, que cuerpo tiene, a veces no es necesario hacer ninguna postura, sólo mirándolo sudas. —Rose cerró los ojos recordando las posturas que el profesor hizo como muestra.

—Yo ya tengo otras miras… —susurró acordándose del jefe de personal.

Bella, con una camisola larga, palabra de honor blanca, se acercó a la playa, había cogido los zumos naturales que Jormá, uno de los camareros, iba a llevar a las chicas.

—Buenos días madrugadora. —Se dirigió a su amiga Rosalie—. Alice, ¿qué tal tu estancia?—Dejó las copas sobre la mesita que había entre las dos hamacas.

—Esto es espectacular Bella, creo que después de terminar el reportaje me quedaré unos días para descansar, me deben vacaciones, y este lugar es… —espiró con fuerza, mostrando la paz que sentía en ese momento.

—Me alegro Alice, serás tratada como en tu casa, por cierto, como estabas tan molesta con el fotógrafo y dejaste su número en recepción arreglé para que viniera en la avioneta que trae los pedidos de fruta en la mañana. —Se sentó entre ellas en la arena, cruzando las piernas en un gesto casual—. Creo que le desperté, —se encogió de hombros—. Si no llega a ser por la llamada no sé si hubiera cogido a tiempo el barco esta mañana. —Rió—. Espero que no te moleste —se disculpó.

—Eres demasiado buena, —le sonrió—. Pero es que, el tío suertudo, en vez de tragarse cinco horas de barquito, se planta en menos de una hora aquí —dijo indignada—. De verdad tiene que ser un impresentable, si no me hubieran garantizado que es de los mejores… —Alice rechinó los dientes.

—Tranquila Al, relájate, hasta mañana no empezáis con las sesiones, disfruta de esto —Rose se llevó la pajita a la boca—. Quiero quedarme para siempre. —Se sentía invadida de una paz absoluta.

—No digas tonterías Rose, en quince días te agobiarías, necesitas tu movimiento frenético de la agencia. —Bella se levantó—. Os dejo, tengo que terminar unas cosas en el despacho. — ¿Os apetece que comamos juntas?

—Sí, pero si tu tarde queda libre para disfrutar  —le dijo Rose levantándose las gafas.

—Trataré de hacerlo.

Edward se encontraba listo en el hangar del aeropuerto, esperando a que le dieran paso a la avioneta que en una hora le llevaría por fin a la Isla de Pemba.

Tras hablar con Alice Brandon la noche anterior, pensó que tendría que coger la barcaza motorizada hasta allí, pero por la mañana una dulce voz le despertó informándole de que tendría una plaza en una avioneta que llevaba un pedido al hotel. A diferencia del día anterior  este comenzaba de una forma estupenda.

El ruido de la avioneta era ensordecedor, pero la visión de la pequeña isla, a la que se estaban acercando, era impresionante. Su objetivo capto fotos impecables de ella, y se regodeó en la sensación del buen trabajo que iba a realizar. El Hotel en el que se alojaban estaba en el oeste de la isla, lo que garantizaba unas tomas perfectas del atardecer, luz que se aprovechaba mucho mejor que la de la mañana y todo ello sin madrugar.

Gracias a haber viajado en la avioneta del reparto, accedió al complejo a través de un Pick up, que llevaba los pedidos, evitando el camión descubierto que hacía el recorrido.

Llegó y se hizo cargo de las cajas de fruta que le acompañaron en el trayecto. Debían de tener mucha confianza con el dueño del Hotel, ya que el mozo dijo que ya firmarían en el próximo.

—Vaya, por fin la fruta, pensaba que no llegaría, vaya horas. — Un enorme chico de facciones hindúes se acercó a las cajas mirando a Edward de arriba abajo. —Veo que te han cargado a ti, ¿La próxima semana se firmará?

Edward asintió, era lo que el mozo había dicho minutos antes.

—Soy Edward Cullen, —Le tendió la mano. El fornido chico se la estrechó con fuerza.

—El fotógrafo ¿no?—Le señaló la cámara que le colgaba del pecho y colocó las cajas sobre una carretilla. — Yo soy Ismael, cocinero. La recepción está aquí a la vuelta, por la entrada bonita del hotel, si quieres aviso a la Señorita Bella para que te reciba.

—Gracias. —Edward se dirigió hacia la entrada, así que se suponía que la directora del hotel era la chica que le había llamado esa mañana, así era como se había presentado al descolgar el teléfono.

Llegó a la recepción, una chica hindú y otra con rasgos más bien europeos le atendieron al acercarse al mostrador. Las chicas no pudieron evitar una mirada de arriba abajo al apuesto chico que llegaba en sandalias, con unos pantalones de lino blanco y una camiseta marrón gastada.

—Edward Cullen, el fotógrafo ¿verdad?—Fátima le habló sin dejar que su entusiasmo la delatara.

—Vaya…—Edward cargó la voz con ese punto de seducción que sabía que tenía. —…Veo que está bien informada de mi llegada. — Fátima bajó la mirada acalorada por la seguridad del atractivo chico.

—La…Señorita Bella bajará en seguida, ha dicho que si quiere la espere en la terraza o en la playa, allí le servirán lo que guste. — Tuvo que reprenderse mentalmente por dejarse engatusar. —Puede dejar aquí las maletas, nosotros se las llevaremos a la habitación en cuanto le den el alojamiento.

—Perfecto, le esperaré en la playa. —Le guiño un ojo y salió de allí, buscando hundir sus pies en la arena fina y blanca de la playa que se divisaba desde la recepción.

Así era él, seductor nato, consciente de lo que despertaba en cada mujer, un ligón empedernido, un vividor.

Bella llegó a la playa, donde se supone que le esperaría el fotógrafo para darle la bienvenida, le hubiera gustado dársela en cuanto llegó, o en su defecto Jasper, pero a ambos les pilló demasiado ocupados, las mañanas eran frenéticas en el hotel, no así las tardes.

—Chicas…—Saludó a  Alice y Rose que miraban a su derecha, en dirección al agua.

—Bells…—Empezó Rose. — ¿Quién es ese?—No le quitaban ojo.

Bella miró en su dirección y del agua vio cómo salía un hombre perfecto en toda la extensión de la palabra, el pelo broncíneo despeinado y mojado, sus ojos vivaces, incluso a una distancia prudente se podía apreciar la energía que desprendían, magnética. Sus rasgos, como cincelados sobre mármol, su boca, invitando al pecado. Continuó por sus brazos, fuertes, pero sin ser demasiado evidentes, fibroso, al igual que su pecho, y bajó hacia su abdomen, Bella no pudo reprimir un gemido ahogado ante tal visión, si no hubiera sido porque las chicas de su izquierda ahogaron una risita, hubiera muerto de una combustión espontánea en ese mismo instante. Estuvo al límite de perderse en la sensación de lo que sería tener esos brazos rodeándola y sujetando su cuerpo en un momento de pasión arrebatada. La sensación de que se quedaba sin saliva era real, se le había secado la boca por completo

—¿Bella?—Rose tenía ese deje risueño en la voz. — Bella por favor…serénate.

Salió del trance y se agitó, tratando de apartar esas sensaciones de su mente.

—No tengo ni idea…—Contestó rápido. —Pero, sabiendo que conozco a todos mis huéspedes y que he quedado aquí con el último, debe de ser él. —Les miró algo sonrojada. —El fotógrafo Alice, ahí lo tienes.

Ambas chicas ahogaron un jadeo con sus manos, incorporándose en la hamaca como si tuvieran un muelle en la espalda.

—Yo, por un revolcón entre esos brazos, y atada con mis piernas a esa cintura, le perdonaba la tardanza Al.

—Estás salida Rose. —Le dijo Alice mirándola escandalizada.

—Es que tú estás cegada con Jasper y no lo ves, pero llevo razón ¿verdad Bella?

Bella, negando con la cabeza, se encaminó con paso decidido hacia la hamaca donde el hermoso hombre se dirigía. Se daba fuerzas para no flaquear, no era la primera vez que veía semejante espectáculo visual, o si.

—Buenos días. Soy Isabella Swan, propietaria y directora del Complejo. —Le tendió la mano.

—Edward Cullen. —La miró de arriba abajo, sin dejar escapar un detalle. Le llamó la atención su ligero tono tostado, no demasiado para vivir allí, sus ojos chocolates, expresivos, como un libro abierto, sus mejillas ligeramente coloreadas por un encantador rubor natural, y sus labios, unos jugosos labios rojos. Todo ello enmarcado por una preciosa melena castaña. La definió como belleza natural.

—Espero que durante su estancia aquí disfrute de nuestras instalaciones y sobre todo de la belleza  del entorno. —Bella sacó la retahíla que soltaba a los huéspedes cuando su día no era de los mejores, simplemente parecer cordial y correcta en su presentación.

—Mmmm…gracias…—Edward la miró descaradamente. — De la belleza…por supuesto que disfrutaré… de todo. — Trató de encandilarla con su tono de voz, con sus ojos y con su sonrisa, no fallaba y  esperaba que sus pestañas comenzara a batir cual mariposas, y que su sonrisa se convirtiera en candorosa, regalándosela a él.

No obstante Bella se cuadró, reconociendo que delante de ella tenía a un depredador, de los más hermosos y peligrosos de la fauna que por allí habían pasado, por lo tanto, era algo que ella no se iba a permitir, caer en sus fauces.

—En la recepción podrá recoger las llaves de su habitación, ya está dada la orden. Cualquier duda puede consultarla con el personal del hotel, en el caso de necesitar más información, Jasper, el jefe de personal, le solventará lo que necesite. Espero disfrute de su estancia.

Y dándose la vuelta, mostrándose segura, y sintiendo cómo esos ojos verdes quemaban su espalda más que los rayos del sol, caminó hacia las chicas.

Edward se dejó un rato estar en la hamaca, para secar su bien formado cuerpo al sol del Índico. Su mente se había perdido en el caminar de esa interesante chica. Si al llegar se había percatado de los dos bombones de debajo de la sombrilla de la izquierda, ahora solo pensaba en la directora del hotel. Era inteligente, y se había mostrado fría, a pesar de que su rubor inicial había delatado que él le había llamado la atención.

—Interesante. —Dijo par así mismo.

La terraza del hotel tenía aforo completo, era la hora de la comida. Bella se había cogido la tarde libre, por ello se había pasado la mañana sin parar. Sentada con Alice y Rose bajo una de las enormes sombrillas, comentaban la jugada de la mañana en la playa.

—Solo digo que es de esos peligrosos…no digo más. —Metió un pedazo de pescado a la parrilla a la boca.

—Mmmm…Tiene pinta de ser un amante perfecto, de esos de los libros de pasión ¿no creéis?—Rose no le quitaba ojo.

Al igual que las modelos que comían en una mesa próxima, junto con el equipo del reportaje, de los cuales dos de ellos, tampoco perdían ripio del imponente fotógrafo, además de varias féminas que compartían la terraza.

—Tiene pinta de ser un buen amante si…—continuó Alice. —…de una noche…de esos que te dejan con ganas de más, que te hacen darte cuenta que nunca más encontrarás a alguien que  te haga el amor de igual manera que te lo hizo él. — Alice continuó soñadora, pero sus ojos no estaban clavados en el fotógrafo, si no en la barra del bar donde Jazz comía con los profesores de Yoga.

—Pues eso…peligroso…no apto para corazones débiles y enamoradizos, y menos para aquellos que ya han sufrido un escarmiento en el que se les ha prometido el oro y el moro. — Bella miró en su interior  y reconoció que el dolor estaba ahí todavía.

—Siendo claras, es para un revolcón, para no pillarse, simplemente para disfrutar lo que te de…y descubrirte haciendo guarradas que nunca has hecho.

—¡Rose!— Bella y Alice le lanzaron la servilleta.

—Tiene un cuerpo para pecar, y a mí no me importaría. —Apuntilló la rubia.

—¿Lo dejamos?, yo me tengo que ir a presentar en unos minutos y a partir de mañana tengo que trabajar con él. Perderé mi seguridad si lo tildamos de superhéroe en la cama. Además, es un impresentable. —Concluyó Alice. —Bella…

—Dime.

—¿Jasper?

—¿Si?—Bella dejó el tenedor en el plato.

—¿Tiene…pareja?

—No. —Dijo tajante y con una sonrisa en los labios. —Y es el chico perfecto, a veces me pregunto por qué el destino no me lo puso en mi camino para algo más que llevar el hotel, porque de verdad que es un cielo.

—Entonces…vosotros nada ¿nunca?—Bella, sonriendo, negó con la cabeza. —Perfecto…—Musitó para ella.

—Así que, ¿en serio Jazz?—Rose le miró interesada.

—Me llama, tiene algo que…—Le volvió a mirar y para su sorpresa él hacía lo mismo, lejos de apartar la mirada por sentirse pillado, este le sonrió, mandando sensaciones encontradas al cerebro y corazón de Alice—… ¿No veis?…me atrapa. —Se volvió a las chicas y todas rieron ante la evidencia, Alice se regodeó en la sensación que provoca un comienzo de algo.

Habían pasado la tarde en la playa, haciendo snorkel, tomando el sol, paseando por la pequeña cala, evitando hablar del nuevo inquilino por petición expresa de Alice, y Bella llegaba a su habitación con un placentero agotamiento después de su clase de yoga.

Ella vivía en una de las habitaciones. A veces, en temporadas bajas, se trasladaba a una de las cabañas, pero en momentos de ajetreo, como en el que se encontraban, prefería su habitación individual, del edificio principal, con el jacuzzi en la terraza.

—Señorita Swan. —Esa voz grave, que  reconoció en seguida, hizo que  diera un respingo mientras metía la llave en la puerta.

—¿En qué puedo ayudarle?—Se volvió lentamente, tratando de serenarse, golpeándose mentalmente por esa debilidad estúpida que no la llevaba a ningún lado.

Edward, recién duchado, con un olor a limpio que impregnó el pasillo como si llevara un difusor, se posicionó a su lado.

—Me preguntaba si…—Se acercó a ella, llegando al límite de su espacio personal, lo suficientemente cerca como para que ella captara la calidez de su hálito. —…me podría conceder unas horas para informarme sobre la isla y alrededores, lugares donde  las vistas sean dignas de fotografiar, sobre todo alguno de esos recónditos que solo los lugareños y la gente que vive aquí conoce.

Bella inspiró profundamente, y se retiró discretamente, pegándose casi a la puerta de su habitación, quería sonar profesional y no cortante, era su negocio lo que representaba y no quería ganarse la etiqueta de borde en una de las críticas de internet.

—Creo que, quien mejor le puede informar de todo ello, es Jasper Withlock, el jefe de personal. Lleva aquí mucho más tiempo que yo, así que seguro que no tiene ningún inconveniente de ofrecerle esos datos. — Despacio, dio una vuelta a la llave, sintió cómo la puerta cedía, quería sentirse fuera del alcance de esos ojos verdes . —Y si me disculpa. —Hizo además de empujar la puerta.

—Siempre he pensado que la sensibilidad de una mujer capta esos lugares mejor que la de un hombre.

Bella sintió la punta de sus dedos arder, ¿realmente estaba escuchando eso? El deje machista que estaba notando con sus palabras la estaban exasperando, no se iba a dar por vencido.

—Eso es absurdo Señor Cullen, —Dijo calmada. — Hoy en día hasta los hombres exploran su lado más femenino y son capaces de encontrar esa belleza allá donde esta se halle, parece mentira que usted diga esas cosas, siendo fotógrafo. Y ahora si me permite, estaba retirándome ya a mi habitación. Hable con Jasper.

—Gracias, Señorita Swan, así lo haré.

Atravesó el pasillo con paso rápido. La Directora no acedía a sus encantos, demasiado acostumbrado a las chicas superficiales y de entrada fácil, le estaba haciendo perder el toque. Esto se ponía más que interesante para él. Isabella era una mujer atractiva y además difícil. Durante su ducha la había imaginado esa noche perdida entre sus sábanas, ese sonrojo durante la mañana le había llevado a equivocarse por completo, era dura, pero no conocía a Edward Cullen.

Bajó hacia el bar, para tomar una cerveza fría, quería esperar a que la luna hiciera aparición sobre el mar,  estaba seguro de poder captar unas fotografías preciosas del cielo nocturno de la isla.

Mientras el ambarino líquido refrescaba a Edward, un chico rubio y de ojos azules se sentó a su lado.

—Ponme una cerveza muy fría Anthony. — Se quedó mirando al huésped nuevo, sabía que era el famoso fotógrafo del que se hablaba en todas las instalaciones, y que él no había tenido tiempo de conocer.

—Día ajetreado. —Dijo Edward para romper el hielo.

—Ni que lo diga, Jasper Withlock, encantado. —Le tendió la mano.

—Edward Cullen.

—El fotógrafo. — Asintió mientras pingaba el botellín sobre sus labios.

—El jefe de personal. — Jasper asintió sonriendo. — Son afortunados de tener este lugar. —Edward se dio la vuelta para mirar al horizonte, el tono azulado iba ganando a la claridad del cielo.

—Desde luego, pero no es mío, es únicamente de la señorita Swan. —Jazz se dio la vuelta con él. —De todas maneras seguro que conoce lugares increíbles en todo el mundo, por su trabajo.

—Tutéeme.

—Lo mismo digo entonces.

—Con mi profesión es fácil, pero somos nómadas si queremos seguir trabajando, sobre todo si se es como yo…no puedo quedarme en un mismo sitio. —Se sonrió pensando en lo poco que aguantaba en un mismo lugar cuando se cogía días de descanso.

—Porque no has encontrado tu lugar. Yo pensaba lo mismo hasta que conocí a Charlie Swan y me mostró este lugar. No hay otro sitio en el mundo en el que me encuentre en casa.

—¿Charlie Swan?

—El padre de Bella…era el dueño de todo esto y su hija lo heredó integro, desde luego que hizo un buen trabajo con el complejo, lo lleva mucho mejor que él. Charlie era un místico vividor. —Jazz sonrió acordándose de quien fue su mentor.

—Pues es un sitio perfecto para perderte durante meses, desprende mucha paz. He estado dando una vuelta por el lugar, para hacer los reportajes de moda y desde luego que ninguno tiene desperdicio. — Volvió a beber de su cerveza. — La señorita Swan me ha dicho que conoces muy bien el entorno, si me pudieras orientar para utilizar más escenarios. Cuando agotemos  los alrededores seguramente que nos vayamos a otra zona de la isla, algo diferente, para variar lo que es la colección, ya sabes, cosas de moda. —Le dijo levantando las cejas.

—La zona interior tiene unas plantaciones de clavo que son paisajes interesantes, y la zona norte es más montañosa y rocosa, y está el fuerte en Chake—Chake, un lugar interesante sin duda al atardecer, sobre todo, para fotografiar.

—Gracias, apenas he tenido tiempo de indagar sobre la isla. En cuanto llegué de Vietnam salí hacia aquí, fue muy rápido, casi sin deshacer el petate.

—¿No vives demasiado estresado?, Quiero decir…no quiero resultar impertinente…

—No…No…No lo eres, es normal pensar así. Si hago cuentas sobre las horas de avión mi vida sería un caos, pero la verdad es que una vez en el lugar me lo tomo con calma, vivo a un ritmo…propio, no me dejo arrastrar mucho, sobre todo por lo que no me apetece…Ser freelancer tiene sus ventajas.

—Es correcto, vive y deja vivir, quizá no hayas encontrado a quien quieras que te contagie de su ritmo.

—¿Mujeres?—Edward preguntó inspirando profundamente, le caía bien ese chico calmado, no podía ser mayor que él y sin embargo demostraba un temple de una persona de más edad.

—Por ejemplo.

—No, no he encontrado a la que me contagie de su ritmo. —Dijo empleando sus palabras—¿Y tú?, ¿encontraste con quien compartir?— De repente Edward pensó que era factible que fuera la pareja de la Directora del hotel.

—Pensaba que no…que simplemente este lugar me tenía en calma, sin necesitar de nadie, pero…—en ese momento Alice y Rose cruzaron desde la playa para dirigirse a las cabañas. —…creo que en esta vida todos tenemos a alguien, solo nos falta encontrarlo, que te lo pongan delante, entonces lo sientes…—No desvió su vista de la atractiva y pizpireta chica menuda que caminaba tranquilamente  inmersa en su conversación con la mejor amiga de  su jefa.

Edward se percató de su mirada, no sabía a quién de las dos iba dirigida, pero se tranquilizó sabiendo que Isabella no era su compañera, habría supuesto algo incómodo, y de momento él seguía pensando en hacerla suya por una noche, que se resistiera a sus encantos solo lo hacía más interesante.

#3#

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