Capítulo 40

13 Septiembre

Narrador.

—En primer lugar, gracias a todos por venir a este día tan especial. —Ángela visiblemente emocionada estaba en el centro de la terraza al lado de su ahora marido, y la tarta nupcial. Hablaba levantando la voz, lo suficiente, para que los cincuenta invitados escucharan sus palabras.

—Y en segundo lugar, ha llegado el momento de dar el ramo de novia. Quisiera dárselo a muchas personas que han sido importantes en mi vida, principalmente, como se suele hacer, a amigas solteras. —Una risa nerviosa abandono sus labios, y en un acto reflejo miró a Jacob, quien era cómplice del momento.

— Pues bien, yo tengo muy buenas amigas, en especial tres, y que casualidad, que cualquiera de ellas podrían ser las siguientes. —Miró hacia el grupo y guiñó el ojo a sus grandes amigas, Rose y Alice asintieron radiantes, sabiendo que Ang llevaba razón, y Bella se ruborizó furiosamente ante esa afirmación, mientras Edward, abrazándole desde la espalda, le daba un tierno beso en su hombro descubierto .

— Hace unos meses, pasó algo que nos partió la vida a todas,—los ojos se le vidriaron y dirigió una emocionada mirada , pero sonriente, a su amiga Bella, la cual solo levantó las cejas, ligeramente abochornada por ser el centro de atención ,— entonces me prometí a mí misma, que si algún día me casaba y todo se solucionaba, siendo nuestras vidas como antes de ello, entregaría el ramo a esa amiga que tan mal lo pasó, y que tanto dio en su momento por cada una de sus hermanas, porque de verdad Bella, siento que somos hermanas. Siempre has estado cerca, y de la misma manera, nosotras nos hemos volcado contigo, que menos por una gran amiga de verdad, con todas las letras. — Al lado de Bella, sus amigas, Rose y Alice, eran un mar de lágrimas, trataban de secarlas antes de que estas les estropearan el maquillaje, pero con los pañuelos hacían el recorrido quitándose parte de él.

Ángela se aproximó a Bella.

—Porque te quiero con el alma, y— se secó las lágrimas en un delicado gesto y le sonrió radiante— quien sabe si serás la próxima en sellar tu unión. — Se separó de Edward y Ángela le cogió la mano acariciándosela con el pulgar mientras Bella , nerviosa por sentirse tan observada, sonreía sonrojada. —Mi ramo de novia es para ti cielo.

Ambas amigas se fundieron en un abrazo sentido ante el aplauso que todos los invitados les dieron.

El baile comenzó, y con él Ángela y Jacob salieron a bailar, mientras, en una esquina de la terraza, Edward abrazaba a Bella, con cariño, ella le devolvía el abrazo porque no había brazos que sintiera más protectores que los de su novio, los cuales desde que era consciente que existía, habían estado allí, con ella, ante lo bueno cerca, y ante los momentos adversos luchando por encontrarla.

Bailaron abrazados y apartados de la multitud la misma música que los novios, mirándose a los ojos, palpándose entre ellos el amor que sentían el uno por el otro.

—Eres tan bonita, soy muy afortunado de tenerte Bella. —Edward emocionado y pletórico no podía dejar de decírselo, se sentía dichoso de estar en ese instante envolviendo a Bella en sus brazos.

—Vale de decirme esas cosas, me estáis abrumando. —Bella, vergonzosa apoyó su cara contra su pecho, sintió como este vibraba con la risa de Edward.

Edward la apartó una corta distancia y le alzó la cara, arrebolada, preciosa, no pudo evitarlo y descendió los labios hasta rozar los suyos, en ese momento el corazón de Bella se disparó, como cada vez que se besaban, el intercambio de ínfimas caricias a través de ese cachito de piel comenzó inocente, hasta que Bella haciendo algo que le volvía loca, lamió los labios del apuesto chico que la tenía entre sus brazos, lentamente, mientras abría los ojos, observando la sorpresa de este y el pequeño brote de lujuria que asomaba a sus orbes esmeraldas.

Edward, alzó a Bella en sus brazos, quien toda vía llevaba el ramo en su mano izquierda, la puso a su altura, le mordió el labio inferior haciéndola reír, para luego atrapar su boca en un beso profundo, explorando con su lengua la boca de Bella, haciendo que esta uniera la suya en una danza conocida para ambos, que transmitió más urgencia despertando en los dos cuerpos la necesidad de más caricias. Bella, avivando esa sensación que tantas veces con lo besos de Edward aparecía, esas ganas de ser tocada por todo su cuerpo porque clamaba cada parte de él.

Edward notó su premura, su cuerpo reaccionó más que nunca ante la cercanía de Bella, notaba que se le entregaba en cada roce, y se dio cuenta que no era el lugar adecuado para ello. Estaban evocando esos momentos fogosos vividos con tan solo un beso y su tacto, el cuerpo de Bella estaba completamente pegado al suyo, y su pierna rozaba levemente su abultada entrepierna.

En un acto desesperado cortó el beso y sin dejar de mirarla, la bajó al suelo, arrastrándola por las escaleras de la habitación, hasta salir de ella, y llegar a los ascensores.

—¿Edward?—Ella le miró interrogante, con los labios rojos, hinchados por la entrega de hacía unos segundos, con las mejillas sonrosadas, y los ojos brillantes, en los cuales, si Edward no estuviera tremendamente excitado, se habría perdido en ellos por horas.

—Vamos a la habitación. —Le dijo cauto, ella bajó la mirada con una sonrisa radiante, ya imaginaba que iba a pasar, algo que había esperado, y a lo que ahora se encontraba presta para ello.

Con Edward, con quien si no. Ese hombre que la transportaba al cielo con solo una caricia, y la quemaba en el infierno con un beso.

Entraron a la habitación. Solo estaban encendidas las luces de las mesillas de noche, creando un ambiente íntimo.

Edward sintió súbito una sensación de responsabilidad ante lo que iba a pasar, el momento de lujuria de la terraza se minimizó, dejando a su paso una sensación de compromiso con Bella. Sería como su primera vez, y se preguntó por un instante, si era adecuado lo que estaba haciendo.

Esa impresión desapareció cuando al cerrar la puerta Bella se volvió y besó su s labios con pasión contenida, el ramo descansaba en la mesita de la entrada y las manos de Bella se enredaron en su nuca, el beso se convirtió en  demandante cuando fueron conscientes de la intimidad del cuarto. Cortaron el beso en busca de oxígeno y ambos se miraron con un brillo especial.

—Te deseo Edward. —Susurró una excitada Bella.

—Y yo preciosa.

Le llevó a la cama, y sin sentarse en ella, le dio la vuelta para dejarla de espaldas a su pecho, aproximó sus labios al cuello de la trémula mujer, depositando un suave beso bajo el lóbulo de su oreja, haciéndola temblar de anticipación. Ella suspiró profundo y él se derritió ante estos signos.

Mientras seguía acariciándole con sus labios en esa zona sensible, le desabrochó el vestido, para luego quitárselo despacio, paseando sus manos por su cuerpo, a la vez que este se deslizaba para dejarla expuesta ante él.

Edward experimentaba de nuevo todas esas sensaciones que habían quedado guardadas hacía meses, era algo más allá que la pura excitación, era una sensación de entrega absoluta a aquella mujer que ya sentía como suya desde hacía tiempo, a pesar de que la vida había tratado de arrebatársela.

Los suaves jadeos de Bella ante los roces de él inundaban la estancia, no podía evitarlo, cada vez que le rozaba, sus entrañas se revolvían de manera exquisita, pensaba que si alcanzaba más placer estallaría regando toda la habitación, pero no quería que parara.

Se dio la vuelta y con dedos temblorosos desabrochó la camisa de su hombre, dejándola deslizar por sus brazos, mientras suaves y cortos besos eran depositados sobre sus labios. Continuó con su pantalón, a la vez que las hábiles manos de él seguían agasajando cada porción de piel, deshaciéndose de la sugerente ropa interior que Bella llevaba.

Quedaron expuestos, desnudos, el uno frente al otro, pegados piel con piel.

—Edward…—el gemido de Bella le transportó al más sublime de los estados, escucharla de nuevo así era algo que se había imaginado tantas veces, que lo que estaban viviendo en esos momentos, casi entró en la clasificación de sueño.

La tumbó sobre la cama sujetándola por la espalda, dejando que se posara lentamente, quería hacerla sentir como la princesa que para él era. Le dio un beso en sus abultados labios, para luego separarse y sonreírle con tanto amor como destilaban sus ojos, infinito.

Ante un gemido quejumbroso por parte de ella, ante la separación de sus cuerpos, él se posicionó en sus pies, cogiendo uno de ellos, dejando una reguero de besos desde ahí hasta llegar al hueco posterior de la rodilla, sin apartar la vista de ella, perdido, como estaba, en sus enormes ojos chocolate, llenos de deseo.

Bella se sentía plena, la humedad inundaba su centro, y este suplicaba acuciante la atención de ese hombre que la estaba llevando al límite.

Edward tremendamente excitado ante la visión que se exponía ante él, obvió, consciente, esa parte de ella que le llamaba sin cesar. Subió por su abdomen lamiéndolo, creando deliciosos movimientos ascendentes en las caderas de su chica, con los cuales, ella, trataba de prolongar el contacto. Pasó por alto sus pechos, prestos al placer, y descansó su boca en el pálido cuello de esa nívea mujer, acariciando su extensión, derritiendo a Bella en cada movimiento.

Volvió a su boca, ella atrapó su lengua, con perentorio ritmo, le besó apasionadamente, imposible no hacerlo, estaba llegando a un límite que no recordaba. Las manos de Edward se posaron en sus pechos acariciando con ligera presión sus pezones duros y excitados, le encantaba sentirla así, provocarla esto, que fuera él el catalizador de su erótica pasión. Ella ahogó un gemido en su boca, y esto fue el detonante para que las manos de Edward fueran sustituidas por su boca, jugó con sus pechos, mordisqueó su pezones, haciendo que las caderas de Bella buscaran el contacto con la pelvis de él, reclamando una y otra vez atención en su entrepierna, en la cual, el nudo, cada vez tenía más tensión.

Edward levantó la vista y sin dejar de contemplarla, llevó su mano al centro de su chica, sintió la humedad y eso hizo que se estremeciera, sintiendo que él, tampoco podría esperar mucho más para que su virilidad ocupara su mano. Acarició suavemente sus pliegues extendiendo sus jugos por todo su sexo, los gemidos incansables por parte de ambos bañaban el silencio de la habitación. Ver a Bella en ese estado de excitación era uno de los mayores placeres visuales que había contemplado.

Bella se sentía al borde del desmayo, cuando él introdujo primero un dedo y después un segundo en su interior, mientras con presteza su pulgar acariciaba su clítoris, pensaba que no lo iba a resistir, que tanto placer nublaría su mente y le haría perder la consciencia, así que apremió a aquel adonis perfecto elevando sus caderas.

—Oh Edward…voy a morir…—Su gemido lastimero, presa de la locura y del gozo, y la sensación de presión alrededor de sus dedos, le indicaron que el orgasmo de su chica estaba por llegar.

Entonces sustituyó su mano por su boca, dando rápidas lamidas a su clítoris y metiendo de nuevo uno de sus dedos en su cavidad, hizo que Bella estallara en un clímax abrumador, gritando su nombre.

Edward recogió con fruición sus jugos, no dejando escapar nada, lamiendo a un ritmo frenético sabedor de que estaba prolongando su placer.

Apenas había dejado de temblar y Edward sacó un condón de la mesilla, sonrió para sí por la conversación que le había tenido con Emmet ante su idea de dejar una caja en cada habitación.

Hábilmente se lo colocó, mirando cómo Bella se retorcía apretando sus piernas, con una sonrisa enorme en el rostro, y con la sensación de que se había quedado sorda para siempre, pero no le importaba convivir con ese zumbido en los oídos, mientras disfrutara de aquel placer inigualable.

—Ven aquí preciosa. —Edward la atrajo hacia él abriéndole las piernas con suma ternura, Bella fijó su vista en su erección, más que preparada para ocupar el sitio que le correspondía.

Edward no pudo evitar sonreír ante la mirada atónita de Bella.

—No me va a caber. —Susurró con un deje asustado en la voz. La vio tremendamente grande, era la primera vez que veía algo así, pero si pensaba en lo pequeños que eran los tampones, eso superaba con creces su tamaño.

—¿Por qué no?—Edward le habló tranquilo, consciente del momento que estaban viviendo. Es posible que su ego se viera aumentado durante un segundo, pero también un ligero miedo se apalancó en su mente —Nunca hubo problema. —Le sonrió, con ternura, con comprensión.

Entonces Bella se dio cuenta que no era la primera vez, que no le lastimaría, y mordiéndose el labio de esa manera que encendía a Edward sin retorno, le invitó a colocarse entre sus piernas.

Comenzaron con un beso suave, el roce del miembro erecto de Edward en el sexo de Bella hizo que ambos jadearan, aumentando el contacto. El beso cobró urgencia al igual que los roces más íntimos, entonces sin apenas premeditarlo, Edward comenzó a abrirse paso a través de los pliegues, alcanzando su cavidad, en un movimiento lento.

Él controló las ganas de embestirla, disfrutó del momento. Ella se mordía su labio sin apartar la mirada de él, que sonreía inmerso en sus gestos, cuando sintieron la conexión completa quedaron quietos, dejando que el sexo de Bella se acomodara al miembro de él.

Bella, experimentando de nuevo aquel placer, que momentos antes le había catapultado al cielo, comenzó a mover sus caderas, clamando por más fricción. Edward recibió el movimiento inmerso en el placer que la estrecha cavidad de su mujer le proporcionaba, llegando a cotas de placer que nunca hubiera imaginado. Ni siquiera en sus encuentros anteriores con ella.

La cadencia de sus embestidas aumentó el ritmo, y en cuestión de segundos ambos estaban alcanzando el clímax, Edward liberándose en ella, sintiendo esa sensación electrificante que atravesaba su espalda sin piedad, y Bella, perdiendo la consciencia presa de un placer infinito.

Edward rodó sobre si mismo atrayendo a Bella sobre su pecho, el cual subía y bajaba por su errática respiración. Bella sentía que no recuperaría el resuello ante tan magnánima sensación, y comenzó a reírse al darse cuenta que no se había desmayado, por segunda vez.

—Pensé que moriría Edward…—dijo entre risas, sin apenas poder respirar.

—¿Acaso crees que te iba a dejar morir?—Edward se contagió de su pequeña ardilla.

—Ha sido increíble…—Beso el pecho de Edward con absoluta devoción, mientras todavía se retorcía sobre si misma recordando los momentos anteriores.

—Lo sé…te he echado de menos. —Un sonrisa quedó en la perfecta cara de Edward.

—Te amo, Edward. —Ella le miró fijamente, atravesando sus ojos con amor ilimitado, uno que casi dolía en su pecho por el temor de no caber en él.

—Te amo Bella, siempre te he amado vida. —Él la estrechó entre sus brazos, llenándose de esa sensación de plenitud y pertenencia. Disfrutando del inicio de la relación plena que, a partir de ahora, el tiempo le deparaba.

Capítulo 41

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