_1.

Tara se bajó de su Fat Bob delante del taller  Teller-Morrow. Cuando Gemma le dijo que trabajaba allí no lo dudó un momento. Quería una puesta a punto de su moto para ir a ver a sus padres a San Francisco. No estaba muy contenta con cierto ruido que la moto hacía al arrancar en algunas ocasiones.

No era muy asidua a visitarlos, pero en unos días era Acción de Gracias y no quería decepcionar a su madre. En otras ocasiones, como el trabajo había sido bastante más lejos, la disculpa había sido fácil, ahora, a menos de dos horas de San Francisco, la excusa no era viable.

—¿Algún problema con la moto? —el chico de barba oscura y grande como una montaña, a sus ojos y desde su altura de 1,70, se acercó limpiándose las manos en un trapo rojo.

—Es un ruido al arrancar, no estoy segura , quizá sea el bendix.

Las cejas del mecánico subieron y bajaron, casi imperceptiblemente, por la sorpresa del conocimiento de mecánica de la dueña. Guardó el pañuelo en su bolsillo y, tras una rápida ojeada a la preciosa Harley negra, volvió a mirar a la chica.

—Mira, me voy a San Francisco en cinco días. Allí mi padre tiene un taller, y me esperaría si no fuera porque no quiero tener ningún problema en la carretera que suene a excusa para no ir.

—Pásate esta tarde a última hora y te diremos algo.

—Perfecto —dijo mirando alrededor mientras cogía el casco del manillar—, ¿está Gemma?

—Si, en la oficina —respondió mientras señalaba con el mentón la puerta pequeña de la izquierda.

—Gracias.

Opie le soslayó con la mirada. No conocía a esa chica, definitivamente no le sonaba de nada. Se fijó en cómo la morena de pelo largo se quitaba la cazadora de cuero y dejaba a la vista un buen cuerpo vestido con una camiseta blanca de tirantes y un vaquero ajustado y claro que remarcaba sus curvas, unas botas camperas, de color tostado y bajas, subrayaban el conjunto.

—¡Tara! —Gemma se levantó de su escritorio y con una sonrisa se aproximo a la chica— No pensé que te decidirías, estaba convencida de que sería tu padre quien revisara tu moto.

—No era posible, y yo era consciente —respondió sonriendo.

—¿Cómo está mi nieto?

—Perfectamente, estoy en mi descanso y Rudy es una buena chica. —Tara le sonrió sabiendo lo protectora que era Gemma—. De hecho solo paso a saludare y a agradecerte que me dieras la dirección del taller. Parece que esta noche puedo saber algo de mi burra, sé que hay eficiencia por aquí —añadió haciendo unos pequeños movimientos con su dedo índice.

—No lo dudes, mis chicos son los mejores. —Gemma se sentó en el escritorio—. ¿Qué tal estas dos primeras semanas en Charming?

—Apenas lo conozco, con la mudanza y el trabajo en la guardería casi ni he respirado el aire de este sitio.

—Pues ya va siendo hora de que te pasees, en cuanto tenga un rato libre pasaremos a hacerte una visita. —La mujer, morena con unas mechas blancas salpicados por su melena,  sonrió y la chica nueva correspondió con una sonrisa de gratitud.

—Cuando quieras. Ahora tengo que irme.

—Ve tranquila, tu moto está en buenas manos.

—Eso espero. —Tara se dio la vuelta hacia la puerta y levantó la mano a modo de saludo hacia Gemma, que negó para sí al ir conociendo un poco más de la chica que trabajaba en la guardería donde estaba Abel.

—¿Cómo vas a volver?

—En autobús —respondió saliendo de la oficina.

—¡Espera! —Se precipitó a la salida y la morena se paró para volverse—. Seguro que alguno de los chicos puede acercarte hasta allí.

—No será necesario, Gemma, ¡pero gracias! —gritó mientras se daba la vuelta y se echaba la chupa sobre el hombro.

Tara tenía ganas de tomarse una cerveza. Se dirigía al taller con el casco y su visión optimista de las posibles noticias sobre su preciosa moto. Al llegar se dio cuenta de que apenas había gente en el taller, pero sintió alivio cuando volvió a ver al tipo grande con barba que le había recibido esa mañana.

—Hey —lo saludó al acercarse.

—Me temo que no te puedes llevar a tu chica.

La sonrisa de Tara se transformo en una línea recta de resignación.

—¿Es grave, doctor?

—No, apenas unos ajustes en el motor de arranque, pero hasta mañana no te la podemos entregar.

—Oh, bien… —Miró alrededor sintiendo como de repente se venía abajo. Otra vez el puto autobús de vuelta.

—Si te esperas un rato te podemos acercar a tu casa. —El mecánico observó la mirada de ella y sintió un poco de lástima por la motera.

—Tenía pensado irme a tomar una birra helada antes de ir, si me dices algún sitio por aquí donde pueda tomarla, espero gustosa ese favor.

—Entra al club —dijo señalándole la puerta de entrada en el lado opuesto del taller—, di que vas de parte de Opie. Tómate lo que quieras, paga la casa.

—Gracias, pero pagaré mi consumición. —Se dio la vuelta y caminó hasta allí.

Cuando entró en el supuesto bar, al que el tal Opie le había indicado, se quedó estática en la puerta.  Si, aquel sitio era un bar, su barra al fondo a la derecha, la mesa de billar con tapete rojo a la izquierda, las sillas, las mesas, sillones de cuero en una zona más comoda, los letreros grandes por las paredes y la madera así lo indicaban, pero se quedó trabada en… no había lugar a duda, eran  fotos de hombres fichados.

Observó el local de la misma manera en que ella era observada por los tres tíos que había en la barra. Uno parecía un vampiro de la película Abierto hasta el Amanecer, esa nariz aguileña y los ojos azules, que prácticamente  parecían lamerle por encima del pequeño vaso de liquido ambarino,  le dieron un poco de repelús. El chico rubio de pelo corto y más menudo que el resto también parecía comerla, pero le pareció más bien inofensivo, y luego estaba un gordito con barba y pelo largo y rizado, la sonrisa socarrona, según le repasaba,  le hizo rodar los ojos.

—¿Es que no se permiten mujeres en este local? —elevó la voz cortando de raíz las lascivas miradas de las que era objetivo.

El más joven carraspeó y miró al frente mientras secó un vaso con el trapo, estaba detrás de la barra, el vampiro se sonrió de forma ladina y entrecerró los ojos. Finalmente fue el gordito quien habló por los demás.

—Se permiten, muñeca, y sobre todo si son como tú. ¿Qué deseas? —No le pasó desapercibido el tono de esa última palabra.

—Una birra, fría. —Se acercó a la barra y se sentó en un taburete, alejada de ambos hombres.

Vio como el de las barbas le hizo un gesto al chico joven y este sacó una cerveza fría y la dejó sobre la barra para quitarle la chapa.

Tara no se lo pensó, sujetó el botellín y se lo llevó a los labios. Las ansias de beberse ese  trago no le dejaron darse cuenta de que, de la puerta del fondo, un chico rubio de melenita y ojos azules salía seguido de un hombre grande con el pelo canoso y facciones pronunciadas.

Fueron testigos en primera línea de cómo ella echaba la cabeza suavemente hacia atrás, cerraba los ojos y, amorrada a la botella, comenzaba a tragar su contenido con una cadencia suave de su garganta.

Jax no pudo parpadear, era sumamente caliente lo que estaba presenciando allí en el club, ¿o era la ausencia de sexo esas semanas? No le quitó ojo a esa garganta, ese cuello largo y de piel clara dejó paso a unos hombros algo huesudos, tapados ligeramente con una camiseta de tirantes blanca. Siguió mirando hacia abajo, tragando grueso al observar los pechos alzados por la postura, el sujetador negro se adivinaba sexy por tan solo los tirantes que asomaban en los hombros, y llegó al abdomen plano y a los  vaqueros ajustándose a sus caderas dejando casi palpar con la vista un culo respingón, tenía  un cuerpazo. Sus instintos más bajos se despertaron.

Cuando volvió a la cara llegó a tiempo de ver como despegaba los labios de la cerveza y los lamía, no con sensualidad premeditada, con deleite, sin dejar escapar ni una sola gota del zumo de cebada. La melena  oscura solo completaba lo que le parecía un pibón en toda su extensión.

—¿Quién es la forastera? —el hombre de pelo cano, el del chaleco que ponía presidente, rompió el momento formulando la pregunta mientras rodeaba a Tara y se ponía a su derecha. Apoyando los codos en la barra la miró directamente a los ojos verdes.

—Vengo de parte de Opie.

—¿Opie? —preguntó extrañado el rubio de melena.

—Opie —el presidente lo dijo como si fuera una interrogación, mirando alrededor y buscándolo.

—Opie —el mecánico entró por la puerta, ya con un chaleco de cuero sobre una cazadora del mismo material y un gorro de lana cubriendo su pelo peinado hacia atrás— ¿Por qué se me nombra?

—Por tu forastera. —El rubio se sentó a la izquierda de Tara y le hizo un gesto con un dedo al chico que estaba tras la barra.

—Tenemos su Fat Boy en el taller —resolvió el mecánico haciéndole un gesto al camarero.

—Es de las tuyas, Bobby —el rubio miró al gordito, que se parecía a Hagrid de Harry Potter, y este le guiñó un ojo a la chica.

—Solo quería una birra, el amable mecánico me indicó el lugar. —Miró alrededor. No entendía muy bien por qué, pero se sentía  bastante cómoda en estos momentos rodeada de aquellos tíos, a pesar de que el recibimiento no había sido muy cortés, quizá no tenía instinto de supervivencia.

Bebió lo que quedaba de su cerveza, tenía sed y estaba riquísima, en realidad le apetecía tomarse otra, pero no sabía si esa gente se la pondría. Se sonrío mientras dejó el botellín vacío sobre la barra.

—Y como ya me la he terminado me puedes decir que te doy y la siguiente me la bebo en otro sitio.

—Puedes tomártela aquí, forastera. —El rubio con perilla, un tanto más larga que la barba que cubría su cara, la miró ladeando la cabeza con una media sonrisa.

—Pues ponme otra —le dijo al camarero sonriéndole, en realidad parecía el más inofensivo de todos, o quizá el más vulnerable.

—Así que… ¿una Harley? —el rubio le preguntó mientras Tara observaba, por el rabillo del ojo, como el vampiro y el presidente se sentaban en una mesa apartada y el tal Bobby con Opie comenzaban una partida de billar.

—Enséñale la amabilidad de Charming, Jax. —El jefe soltó socarrón y el aludido sonrió a medias sin mirarlo.

—Aha… —asintió y volvió a beber un trago de su cerveza, esta vez más corto y sin cerrar los ojos, advirtiendo la mirada del rubio a su acción.

—¿Estás de paso? —Jax preguntó y bebió de su botellín

—No, estoy aquí —respondió sonriendo con la boca cerrada y mirando al frente.

—Qué dura —se carcajeó.

—Sois moteros —afirmó. Las motos que había visto en fila a la entrada del bar tenían que ser suyas.

—Seh… —Se dio la vuelta en el taburete y apoyando los codos en la barra miró a los jugadores de billar.

—Qué duro —le tocó reírse a ella.

La no información fluía estupendamente en esa conversación, y es que Tara ya sabía cómo iba todo aquello, no en vano se había criado con el club de moteros de su padre.

Jax la miró sonriéndole, con los labios cerrados, con la mirada azul. A Tara le pareció que estaba muy bueno ese que llevaba la etiqueta de vicepresidente en el chaleco de cuero.

—Jax Teller. —Le tendió la mano y ella ladeó la cabeza haciendo que el pelo se le descolgara por su hombro, le sonrió.

—Tara Knowles. —Su mano hizo contacto con la de Jax y el calor que emanaba le recorrió el brazo, la firmeza de su agarre le llegó un poco más lejos e inspiró apartándola despacio.

El magnetismo de ese chico era innegable.

—Propietario del taller —afirmó ella relacionando apellidos y volvió a coger la cerveza fría, buscando calmar ese calor que le había transmitido.

—Algo así.

—Nos vamos —anunció Bobby mientras dejaban los tacos contra la pared y caminaban hacia la salida.

El mecánico paró antes de salir.

—¿Te llevo a casa?

Tara miró su cerveza a medias y se levantó del taburete.

—Gracias, dime que te doy —se dirigió al camarero.

—Puedes tomártela tranquila, yo te puedo acercar —Jax se pronunció de forma indiferente.

—Si no te importa —agradeció inclinando la cabeza hacia el rubio.

—Mañana al mediodía estará tu moto —le informó Opie.

—Aquí estaré —elevó la voz mientras salían por la puerta.

El ruido de unas sillas moviéndose les indicó que el presidente y el otro tío se levantaban.

—Nos abrimos, Mediohuevo, puedes venirte. Aquí los chicos saben servirse solos. —La sonrisa astuta del presidente no pasó desapercibida para Tara—. Cerrad la puerta —advirtió abriéndola.

—Aunque os quedéis dentro —el vampiro lo dijo en un tono bajo y sugestivo a la vez que subía y bajaba  las cejas varias veces.

—¡Que te den, Tig! —voceó Jax.

Y se quedaron solos. Tara sintió de repente como la sangre le crepitaba en el cuerpo. En todo aquello había una intención, no era una niñita estúpida, y probablemente ella la había aceptado al no marcharse con Opie y su amabilidad.

—¿Un billar y me cuentas qué haces en Charming? —Jax bajó del taburete y se dirigió a por los tacos.

—¿Mejor unas cervezas y me cuentas a qué te dedicas? —Tara miró de reojo la foto central en la que el aparecía fichado, junto a  los otros.

—¿No sabes jugar al billar? —obvió la pregunta.

—Se me da mejor beber cerveza.

—No apostaremos, si es lo que temes. —Le ofreció el taco.

Tara bajó del taburete y aceptó el palo de madera.

—Cuando sé que puedo perder, no apuesto.

—Podemos jugar… Simplemente.

Tara vio la picardía en su mirada. La intención, allí estaba. Era una estupidez pasarla por alto. El chico estaba muy bueno, hacía mucho que no tenía sexo y dos podían jugar a ese juego.

Se terminó la cerveza de un trago, se acercó a la barra y contoneó las caderas solo de forma un poco más visible hasta dejar la botella sobre esta.

—¿Me pones otra?

Jax asintió, se acercó a ella quedándose justo detrás, sin rozarla, cogió su propia cerveza y la terminó. La posó al lado de la de la chica y al retirar el brazo rozó levemente, y de forma deliberada, la blanca piel del brazo de Tara.

Ella inspiró y se sonrió, la noche iba a ser interesante.

—¿Rompes, forastera?

Jax estaba sentado en el taburete con el palo sujeto entre las piernas abiertas, Tara pensó que esa pose era toda una invitación a rellenar ese espacio, pero se contuvo, le apetecía jugar y el chico parecía que se prestaba a ello.

—He advertido que no tengo mucha idea de jugar… al billar, rubito —lo dijo mirándolo a los ojos, mientras su mano derecha estaba cerrada en un puño alrededor del palo, subiendo y bajando despacio.

Sonrió para sus adentros de forma triunfal cuando observó una pequeña dilatación de sorpresa en los ojos azules al sentirlos enfocarse un solo segundo en el movimiento sutil que estaba realizando.

—Demuéstrame como lo haces —la voz del rubio era ligeramente más ronca esta vez.

Tara se inclinó y en ese momento fue consciente de la posición privilegiada de Jax, justo detrás de ella. Bien, eso jugaba a su favor. Aún así trató de concentrarse y le dio a la bola blanca un golpe seco y firme, metiendo en una tronera lateral una bola roja lisa.

—Lisas. —No lo miró, de repente, viendo que no había tenido una mala salida, le apeteció concentrarse en el billar. Quizá no era tan mala como pensaba.

El juego se fue desarrollando despacio, con miradas veladas, con casi sonrojos por parte de Tara y acelerones de pulso para Jax. Cada movimiento podía ser una insinuación,  o no. Parecía que la chica sabía un poco más de lo que decía aunque algunos tiros complicados se le resistían.

—¡Joder! —La chica juró en alto, cogió el tercer chupito de whisky que Jax les había servido, y se lo bebió de un trago.

La última bola lisa, la naranja, se había resistido y eso que estaba muy cerca de la tronera de la esquina derecha.

—Qué carácter, forastera. —Jax se aproximó a ella, poniendo por el camino la bola naranja en el sitio que estaba y la blanca en el lugar donde había estado antes del tiro—. Acércate, —le dijo acompañando sus palabras con el movimiento del dedo índice.

Tara guardó la sonrisa, conocedora del momento de roces intencionados que iba a vivir, y se aproximó al chico.

—No siempre hay que golpear con la misma fuerza la bola blanca, —le dijo en voz baja poniéndose detrás de ella y haciendo que se inclinara sobre la mesa— ni en el centro.

Jax abrazó completamente a Tara poniendo sus manos justo por delante y por detrás de las manos posicionadas en el taco de la chica.

Ella inspiró y sus pechos tocaron el antebrazo tatuado del rubio. Sintió como la sensación bajó directa a su abdomen y de ahí a su sexo, la sangre le pulso en los oídos.

—Si inclinas el taco de esta manera… —su voz suave le llegó como un ronroneo y sintió las caderas de él sobre las suyas y algo duro y abultado sobre su culo, aguantó la respiración—, y golpeas por debajo del centro… —con el golpe lo sintió completamente pegado a su trasero y entonces sí, cerró los ojos sin ver el efecto de retroceso de la bola blanca y la naranja entrando en la tronera, y mojó las bragas.

De forma automática contrajo los glúteos y escuchó a Jax sisear por el roce. Se mordió el labio inferior con picardía y se fue despegando de él, haciendo que el chico saliera de encima de ella. Cuando se dio la vuelta, el rubio seguía invadiendo su espacio personal.

—¿Ahora tengo que meter la negra en la tronera que yo diga, rubito? —le habló cerca de su boca, en un susurro.

—Así es… —le devolvió contra sus labios, un poco más cerca.

—Perfecto. —Se separó de él y, dentro de lo que la situación le permitió, estudió la mesa.

Jax carraspeó y sonrió elevando una ceja, se aproximó al taburete cerca de la barra y se llevó el vaso a los labios para acabarse el chupito, se tocó el paquete, duro como el titanio y, abriéndose de piernas en una pose indiferente, observó como la morena comenzaba a inclinarse de nuevo para hacer el tiro de gracia.

No había sido muy duro jugando con ella, era ocio, no un torneo ni una apuesta, era completamente lúdico y, definitivamente, el juego que había fuera de la mesa era mucho más atractivo que el billar en sí.

—Bola ocho a la tronera lateral izquierda… ¿Ha quedado claro? —le soslayó con la mirada y vio como él asentía sin perder esa sonrisa que a Tara le daban ganas de borrar de un lametazo.

Metió la negra y miró al chico directamente, el alcohol enturbiaba ligeramente su mirada, pero el calor que emanaba era incendiario.

—Me has ganado, forastera.

—Bueno, en realidad te estás dejando.

Caminó rodeando la mesa y se apoyó en el borde más cercano a él. Se subió, dejó el taco entre sus piernas y echándose hacia atrás se apoyó sobre sus manos. El pelo le cayó sobre la espalda y sus pechos se adelantaron por la posición.

—¿Yo me estoy dejando? —Jax frunció el ceño y se levantó de la silla, dejó el taco apoyado en la barra y se acercó a ella, despacio, mirando al suelo, para repasarla de abajo a arriba y terminar en sus ojos.

Cogió el palo de entre las piernas de ella y lo puso sobre la mesa de billar, llevando las tres bolas restantes a las troneras y despejando la mesa, todo tan cerca de Tara que esta ya casi había olvidado cómo respirar, tenía necesidad de ese tío sobre su cuerpo, a ser posible de forma inmediata.

—Si hubiéramos hecho una apuesta… ¿Cuál habría sido la tuya? —Las manos de él se pusieron a los lados de su cuerpo, sobre el tapete.

—Si hubiéramos apostado yo no habría ganado, así que… quizá sea mejor que formules la tuya. —Tara lo observo y sintió como se inclinaba sobre ella, apoyando la dureza de su entrepierna contra su sexo caliente.

—¿Me la vas a pagar? —le susurró a un suspiro de su boca.

—He ganado yo, no veo por qué. —Tara sacó la lengua para lamerse sus propios labios e intencionadamente su punta rozó los de Jax, que sonrió lentamente.

—Desde que he empezado a jugar no dejo de pensar en follarte sobre la mesa. —Empujó sus caderas haciendo que ella perdiera el hálito.

—Puesto que soy la vencedora… —Comenzó a incorporarse haciendo que él se irguiera, sin apenas separarse de ella. Mientras se respiraban el uno al otro, Tara bajó de la mesa frotándose contra él como una gatita en celo, moviéndose y haciendo que poco a poco él quedara apoyado en el borde del billar—. Seré yo quien te folle.

Las manos de Jax se agarraron al culo de Tara y desplegó sus dedos para abarcarla completamente, sonrió y sus labios se unieron en un beso de bocas abiertas. Las lenguas se encontraron y lamieron sedientas, los cuerpos se rozaron y ambos gimieron.

—Vamos, rubito, siéntate en la mesa —le dijo separándose de su boca y tirando ligeramente de su pelo para retenerlo.

Cuando él estuvo sobre la mesa,  ella se sentó a horcajadas, le sonrió y se acercó otra vez hasta su boca para comérselo sin remilgos.

Jax metió las manos bajo la camiseta blanca y rozó su cintura, su abdomen, su espalda, siguió subiendo mientras sentía como ella molía su  sexo contra su polla. Estaba a punto de explotar con esa forastera que no había dejado de provocarle. Le quitó la camiseta y bajó las copas de su sujetador, negro de encaje, para acariciarle los pezones con las yemas de sus dedos, no podía esperar para metérselos en la boca.

Tara arrastró las manos por la camiseta blanca y amplia de él, sintiendo su pecho musculado —él se había quitado el chaleco unas jugadas atrás poniéndole fácil la acción que estaba llevando a cabo— y comenzó a subírsela para sacarla por su cabeza, rompiendo el beso, un beso que no volvió ya que el rubio, tras una mirada felina, le lamió los pezones sin dilación alguna. Tara se ahogó en su gemido al sentir la caricia húmeda que arrasó todas sus terminaciones nerviosas como una potente ola.

—Joder, tienes unos pezones que pueden romper cristal —Jax jadeó contra sus pechos y Tara soltó una pequeña carcajada que murió en un lamento de placer al sentir unos dientes tirando de sus pezones.

Las manos de la chica comenzaron un camino sin objetivo, por la ancha espalda, para enredarse en el largo pelo rubio y volver de nuevo a arañar los marcados músculos del chico. Estaba perdida en lo que la ávida boca hacía en sus pechos y en la fricción que se provocaban con los movimientos de caderas.

Jax se tumbó de repente, dejándola respirando entrecortadamente sobre él y, mirándola con ojos entrecerrados, le desabrochó el pantalón. Ella se mordió el labio de forma seductora, un labio sonrosado e hinchado, y él le dedico una media sonrisa a la vez que introducía su mano en los pantalones elásticos, tocándole sobre las bragas.

—Estás empapada —susurró paseando su índice sobre la tela de encaje negra.

—Claro… —emitió un gemido agudo cuando la yema se poso sobre su protuberante clítoris y él comenzó a rozarlo—, todo esto tiene un fin. —Trato de mantener los ojos abiertos para seguir mirando su sonrisa maliciosa mientras él se la comía con los ojos, pero le fue imposible, lanzó su cabeza hacia atrás dejando que su melena casi tocara las piernas de Jax y se abandonó a los dedos de ese chico.

Él apenas podía contener su erección, podía sentirla pulsar contra su bajo abdomen y ver a su forastera  entregada al placer, mientras observaba de vez en cuando sus dedos entre las piernas de ella acariciando su ropa interior sexy, no ayudaba para nada a su escaso aguante en esos momentos. No lo entendía, con lo que había bebido debería ser al revés.

Apartó la braguita y decidió tocar de verdad, sentirla resbaladiza y caliente contra sus propios dedos, deseó podérsela comer entera, y lo haría, por supuesto que lo haría, la noche solo acababa de comenzar.

Tara ladeó la cabeza y comenzó un grito contenido mientras el orgasmo comenzaba a abrir sus puertas, lo sentía, y los dedos directamente sobre su trémula carne la lanzaron directamente a él. Se agitó, gritó y se apretó contra los dedos que no cesaban de moverse en su sexo, mojándolos todavía más y atrapándolos alargando su descenso exquisito al infierno con ese motero.

Jax sacó la mano y, mirándola a la cara, viendo como ella le observaba con los ojos entrecerrados y casi exhausta, se llevó los dedos a la boca.

—No puedo esperar a comerte, nena —dijo relamiéndose.

Tara inspiró, apretó los glúteos al sentir de nuevo esa corriente por todo su cuerpo, todo lo que ese tío hacía era caliente como el infierno. Se removió poco a poco de encima de él y se puso de pie en el suelo.

Él se sentó frunciendo ligeramente le ceño.

—Espera un segundo.

—No pienso moverme —respondió negando y sin perder la sonrisa.

La chica fue a su chupa, abrió el bolsillo de dentro y agradeció a su cabeza previsora el llevar siempre un par de condones. Cuando su padre le dijo que siempre era mejor ir de sobrada por la vida que volver a casa con mil dudas, no le faltaba razón, y, a pesar de haber tirado muchos a la basura justo antes de caducar, esa noche iba a aprovecharse de los buenos consejos que recibía.

Jax la miró. Tara caminó hacia él con sus pechos desnudos y enrojecidos por los roces de su barba, el pantalón desabrochado con las braguitas negras asomando, el pelo alborotado sobre un hombro y una sonrisa ladina mientras agitaba un paquetito metálico y azulado.

—Bien, rubito, voy a follarte.

—Ya era hora.

Con una sonora carcajada, la morena se quitó las botas, se bajó los pantalones y los lanzó al suelo, cuando iba a sacarse las bragas escuchó un chasquido por parte del chico.

—Yo preferiría que las dejaras puestas. —Subió y bajó las cejas, de forma sugerente.

—Como quieras.

Se acercó,  desabrochó su pantalón holgado y, ayudado por el movimiento de él, lo bajó junto con el calzoncillo, sin sacarlo del todo, no le hacía falta, y al ver la enorme erección solo deseo una cosa y además era inmediata.

—Joder, te quiero en mi coño. Ya.

—Soy todo tuyo, cielo —dicho eso se tumbó y la miró moverse sobre él, abrir el envoltorio y sacar la goma, sujetar con firmeza su erección, algo que hizo que se le contrajeran hasta los músculos del cuello del gusto, y colocar el condón rodándolo suavemente. Nunca le había parecido tan caliente ver cómo le ponían un preservativo.

Tara acercó las caderas a las del chico y con la ayuda de su mano, mientras apartaba la braguita, colocó la polla en su entrada, rozándose y jugando con ella un poco más antes de penetrarse. Las manos de Jax se pusieron sobre las caderas de ella y la movió para guiarla, él también quería estar dentro de ella. Ya.

Conforme fue entrando se miraron fijamente, aguantando la respiración, hasta que él estuvo completamente enterrado en ella.

—Oh… Si… Si…Oh… —Tara murmuró mientras comenzó a hacer movimientos circulares lentos con sus caderas.

—Joder… —La voz estrangulada de Jax le hizo saber que él estaba en la misma onda.

Los movimientos sinuosos dieron paso a los rítmicos y ondulantes, la cadencia de ella se sincronizó con los embates desde abajo de él.

Jax se incorporó y agarró su culo con una mano mientras se apoyaba con la otra.

La  boca de Tara, sujetándole la cara con las manos desplegadas, aterrizó en la del chico y, conforme la intensidad de las penetraciones aumentaba, comenzaron un beso desesperado, profundo y húmedo.

Llegaron al orgasmo, primero ella y a los segundos él. El rubio terminó corriéndose de tal manera que sintió tensarse hasta el último músculo de su cuerpo, dando un alarido que parecía haber estado conteniendo siglos.

Acto seguido llegó el silencio para ambos, solo respiraciones entrecortadas, solo un pitido interno y constante en sus oídos, pero en la sala, nada más.

—Hostias… —balbuceó Jax tumbándose derrotado en la mesa de billar— …Joder…

Tara soltó un suspiro y cayó desmadejada y sudorosa sobre el torso marcado del tembloroso chico.

—Si…

Tara sintió al despertarse como su aliento quemaba. Si, era el alcohol ingerido la noche anterior. No abrió los ojos, no quería moverse, sentía el cuerpo tan pesado que apenas tenía fuerzas para hacerlo. Quiso situarse y comenzó a hacer pequeños movimientos. Estaba de lado y, al desplazarse ligeramente hacia atrás, sintió algo cálido y pesado contra su espalda. Abrió los ojos tan rápido que le dolió. Apretó los dientes y volvió a cerrar los ojos. ¿Cuánto había bebido? Ah claro, no era cuanto era el qué.

Comenzó a despegarse del enorme cuerpo que tenía detrás. Miró hacia abajo y vio un brazo tatuado, una pequeña lápida, una serie de ramas, pájaros… Y el nombre de Teller en una pequeña banda, era todo lo que podía ver.

Tara ya sabía quién era el tío que tenía rodeándola con su cuerpo. Su entumecido cerebro no era tan estúpido para no recordar la noche de sexo que había tenido con el rubio motero de los tatuajes.

Con pánico observó como la mano de ese brazo comenzó a moverse despacio y acariciaba su abdomen desnudo. El tacto de sus yemas tuvo un efecto de hormigueo inmediato en su piel.

Tenía que largarse, no sabía qué hora era, si que era sábado, pero…

Joder… Se acordó de repente que la ropa estaba fuera, en algún lugar del suelo cerca de la mesa de billar.

Despacio retiró el pesado brazo y salió de la cama mirando hacia todos los lados. Lo que parecía ser una camiseta blanca y arrugada estaba en el suelo al lado de lo que parecían ser unos pantalones vaqueros claros y unos bóxer blancos. Ni rastro de sus bragas, que esas estaba segura de que habían llegado a la habitación

No se lo pensó, ¿qué tenía de malo ponerse unos calzoncillos usados cuando lo que albergaron lo había tenido metido en su boca y en su coño la noche anterior?

A hurtadillas salió de la habitación para intentar situarse. ¿Cómo diablos había llegado a esa habitación que parecía la de un adolescente por los posters de tías en pelotas sobre Harleys que había en las paredes?

Llegó al bar y, aliviada, con la camiseta y los calzoncillos de Jax , se dio cuenta que estaba sola, no escuchaba a nadie. Localizó su ropa en el suelo, casi tropezando por su resaca y torpeza llegó hasta los pantalones y se los puso. Cogió la camiseta, se calzó las botas y de repente escuchó un grito bronco junto con un golpe a una mesa que provenía de las puertas cerradas a su espalda.

—Joder… —susurró y fue deprisa hasta donde estaba su casco y su chupa.

Echó un vistazo rápido desde la puerta y vio brillar el envoltorio del preservativo en la mesa de billar. Al cuerno con eso, habían visto su ropa, ¿Qué cojones importaba una evidencia más?

El sol estaba alto, desde luego que no era temprano, camino hacia la salida mientras sacaba el móvil de su chupa y miraba la hora, las doce. Miró su camiseta enorme con las letras SON en el frontal y no se lo pensó, la introdujo en sus vaqueros, se puso la cazadora por encima y abrochó la cremallera  lo justo para que no se vieran las letras, metió su propia camiseta en el casco y se dirigió al taller.

Opie salió a recibirla, la había visto salir del club y con una sonrisa leve en los labios había observado todas sus acciones, Jax no tenía remedio.

—¿Vienes a por la moto?

Tara carraspeó y asintió, dudaba que le pudiera salir la voz en condiciones.

—Vamos.

Llegó a casa y solo pensó en meterse en la ducha y dormir. No tenía hambre, no quería saber nada más, ni de ella ni de lo que había pasado. Sabía que las resacas no eran buenas compañeras para analizar los actos de las noches pasadas, así que no quería darle muchas vueltas.

Se sacó la cazadora y se descalzó con los pies. Desbrochó los pantalones y caminó hasta el baño, acto seguido dio el agua de la ducha. Se miró en el espejo y se trabó en la camiseta. En un acto reflejo la olió, una mezcla entre jabón y tabaco le llevó de vuelta a los brazos de Jax.

—¿Qué cojones haces?

La sacó inmediatamente por la cabeza y negó. Entonces se encontró desnuda solo con los calzoncillos blancos e impolutos del rubito.

—Mierda… —suspiró—. Mi sujetador también anda por allí como un puto trofeo junto a las bragas.

Se desnudó por completo y, cuando el pequeño baño se llenó de vapor, entró a darse esa ducha tan necesaria. El agua arrastró parte del cansancio y despertó zonas adoloridas en las cuales ni se había parado a pensar cuando se había puesto de pie en piloto automático en modo huida.

Miró su cuerpo y se fijó en una pequeña marca al lado del pezón izquierdo, tapó la sonrisa con la mano, pero comenzó a reírse y su cuerpo se movió con las convulsiones de su momento hilarante.

Un poco más calmada pero sin dejar de sonreír siguió inspeccionado su cuerpo, si, en su muslo derecho, muy cerca de su sexo había otra marca, y esta no era tan pequeña. Interesante, al motero le gustaba marcar, no podía dejar de sonreír, no era tan malo recordar.

Cogió el gel y comenzó a enjabonarse, las imágenes de la noche comenzaron a aglutinarse en su mente.

***

—Vámonos de aquí… —Jax besó la parte superior de la cabeza de Tara mientras las fuertes manos subían y bajaban por la espalda de la chica creando una fricción relajante.

—Mmmm… —No era consciente del sopor en el que su cuerpo estaba cayendo, Tara estaba exhausta sobre él.

—No te duermas en la mesa de billar, mañana seríamos una diversión importante para los chicos.

—Oh… Joder… —Tara se incorporó y parpadeó—. Tienes un buen colchón por cuerpo. —Acarició su pecho y se incorporó, un tanto temblorosa, del fornido cuerpo del chico. Las piernas se le sostenían a duras penas.

Jax se puso su camiseta que estaba sobre la mesa y, sin dejarla moverse, la levantó en volandas y se la llevó a una habitación atravesando un pasillo que Tara no se paró a memorizar.

—¡Puedo andar, rubito! —gritó.

—Después de la gran cabalgada que has dado no me lo parecía, amazona. —La carcajada resonó en la habitación mientras Jax dejaba a Tara sobre la cama.

—Joder. Que injusto, yo en pelotas y tú totalmente vestido. —Se dio la vuelta en la cama y sacó el cobertor y la sabana para meterse debajo, se tumbó y el olor a limpio de las sábanas, junto con la sensación fresca de estas, le arrastraron  a su rincón de sueño.

—No hay problema. —El chico se desnudó dejando toda su ropa amontonada en el suelo y se metió con ella bajo las sabanas.

—Si no te importa, me voy a quedar —dijo la morena mientras se acomodaba del todo en la cama.

—Contaba con ello —susurró en su oído y se acopló contra ella.

Sintió como su polla volvía a responder ante el contacto con el trasero de la chica, y comenzó  rozarse mientras le besaba el cuello.

—Oye rubito, —dijo con voz somnolienta— haz el favor de guardar tu arma, esta forastera está agotada.

—¿De verdad? —Acarició su abdomen con la mano abierta y llegó a los pechos, donde comenzó a jugar con los pezones, seguía estando hambriento de ella y estos respondieron prestos a sus caricias.

—Aha… —fue una mezcla de suspiro y jadeo, ese demonio estaba volviendo a despertar en ella las ganas de sexo.

Jax no dejó de tocarla, lamió su hombro despacio y luego sopló sobre él, deslizó la mano entre sus muslos y ella, de forma casi automática, los abrió ligeramente para darle acceso. El rubio  sonrió y acarició los húmedos pliegues con deleite, escuchó su gemido y tanteó su clítoris, solo por encima, la sintió apretarse contra su ya evidente erección y acarició su entrada despacio.

—A mi me parece que este —metió un dedo en su vagina y ella se envaró— todavía tiene hambre.

—Oh… joder… maldito seas… —Se dio la vuelta, se sentó  y vio su sonrisa victoriosa— ¿No tienes fin?

—Eso parece, nena. —Sonrió y elevó las cejas varias veces.

—Bien.

Se lanzó a su boca y comenzó un beso ardiente. Por la posición, Tara comenzó a reptar sobre el cuerpo de Jax, quien no desaprovechó el momento y masajeó su culo con ambas manos, separando sus glúteos y acariciando sutilmente su entrada trasera. Escucho los gemiditos que hacía ella al sentirle, el rubio profundizó el beso y con un movimiento rápido les dio la vuelta y se puso sobre ella.

—Esta vez voy a ser yo quien te folle, forastera —dijo sacándole las bragas.

Se colocó entre las piernas abiertas de ella, besó los labios, los lamió y bajó hacia su cuello tras dejar un pequeño mordisco en el mentón de Tara. Esta se encontraba totalmente despierta y entregada a lo que viniera después.

Los besos, lametones y mordiscos se sucedieron por todo el cuerpo femenino, encendiendo la sangre de Tara como si de pólvora se tratara, sabía que le iba a llevar a una gran explosión, ese chico parecía que conociera su cuerpo mejor que ella misma.

Cuando puso su cabeza entre las piernas de ella  y besó su sexo, con la boca abierta, Tara gritó de sorpresa y de placer, un dedo había comenzado a acariciar su entrada posterior, despacio, tanteando, y eso junto con la destreza del chico en su sexo, la estaba deshaciendo.

Jax lamió y besó, se llenó de su sabor y se excitó tanto que pensó que se correría contra el colchón. No iba a ir más allá de sus caricias superficiales en su culo,  era una primera vez y no había suficiente confianza, pero sí que le iba a llevar hasta el éxtasis con todo lo demás.

Mordisqueó el interior de sus muslos mientras uno de sus dedos entraba y salía de ella, sonrió al sentirla comenzar a convulsionar por el inminente orgasmo, hundió su boca contra el sexo caliente y resbaladizo y se bebió el clímax gota a gota.

***

Tara se había provocado un orgasmo con su propia mano bajo la ducha, la noche había sido de lo  más caliente que había vivido en su vida. Nunca había tenido un sexo tan bueno.

Salió con la toalla enrolladla en la cabeza y el agua a medio secar del cuerpo, hacía calor, o era ella quien hervía por dentro.

Escuchó el teléfono móvil y fue hasta su cazadora de cuero negra para sacarlo. La palabra mamá parpadeaba en la pantalla.

—Hola —descolgó.

—Hola hija, ¿qué tal estás? No te habré despertado ¿verdad?

—No, salgo de la ducha ahora mismo.

—Te llamo porque estoy ultimando las compras para Acción de Gracias, ¿vienes sola?

No solo daba por hecho que iría, si no que ya empezaba con las insinuaciones sobre posibles parejas. Su madre era incansable con ese tema. No tenía ni idea de todo lo que había pasado ella al lado de Joshua, y por eso nunca entendió qué le llevó a dejarlo tras cuatro años juntos y sobre todo, a alejarse de él para siempre, y por consiguiente de su familia.

—Iré sola.

—En autobús, ¿verdad?

—No —respondió cansada—. Voy con la moto, mamá. Lo sabes.

—Entre tu padre y tú me tenéis en un sinvivir con esos cacharros.

—Pues llevas toda la vida con él y con su moto, deberías estar acostumbrada.

—El no tiene remedio, Tara, pero tú… Una chica tan bonita, tan fina, montando en ese trasto infernal…

—Vale mamá. ¿Algo más que me quieras preguntar? He quedado —mintió.

—Es todo, pero piénsate lo del autobús, podrás dormir en el trayecto.

—Ya, ya… Te quiero mamá.

Sonrió mientras colgaba el teléfono, como si lo de dormir tiesa como una vara en un incómodo asiento de autobús fuera una gran tentación.

Fue hasta la cocina y encendió la máquina de café, necesitaba tantear su estómago y sabía que el café solo le sentaba bien. Se encendió un cigarro, lo estaba dejando, o por lo menos había reducido su consumo  al mínimo, ni si quiera cuando Jax había fumado la noche anterior a ella le había tentado, era terca cuando se proponía algo. Pero esa mañana lo necesitaba.

Se sirvió el liquido tostado y añadió tres cucharadas de azúcar, le gustaba dulce, dio una calada a su cigarro llenándose del humo y saciando ese algo interior que sentía en ese momento y no sabía definirlo y, tras expulsar el humo, le dio un trago a su café. No estaba tan resacosa como pensaba. Después de todo, el sexo era una buena forma de quemar alcohol.

Cuando se tumbó en la cama ya era más de las dos, no tenía ganas de comer, pero sí de dormir un rato. El pelo, apenas húmedo, quedó extendido por su almohada, cerró los ojos y la noche con sus recuerdos volvió a aparecerse detrás de sus parpados.

***

Jax se levantó quedándose sentado sobre sus propios talones y le sonrió, con la mano se limpió la perilla, tenía los labios brillantes y la mirada era de una lujuria imposible de soportar.

Tara yacía desmadejada sobre la cama pero no podía dejar de mirarlo. Repaso su cuerpo. A la tenue luz indirecta, que llegaba de una esquina de la habitación, observó un tatuaje sobre su corazón, no distinguió las letras, no lo intentó mucho, si había una esposa o una novia por ahí marcada no era de su incumbencia en ese momento. Por los anillos de sus manos era imposible de saber si había  algún compromiso o no. Obvió ese torrente de pensamientos y se centró en seguir bajando por sus abdominales. Joder… Quería lamerlos… podía lamerlos.

Se incorporó y se acercó a él, que simplemente sonreía muy satisfecho. Miro hacia abajo, buscando el objeto de su deseosa lengua, y se dio cuenta de que estaba seriamente empalmado, bien… ese también podría ser un buen objetivo.

Jax le sujetó el cuello y la cara  con ambas manos y se estampó contra su boca. Tara degustó su sabor en él. Le gustaba como besaba, ese tío era bueno con la boca, sin duda.

—Quiero lamerte —le dijo separándose de su boca solo un milímetro.

—No puedo negarme. —Sonrió, esa sonrisa sería el fin de la cordura de la motera, lo sabía, era magnética, y acto seguido el rubio lamió sus labios, en un gesto sensual.

Jax se tumbó sobre su propia espalda y observó como Tara gateaba felina para colocarse apoyada sobre las rodillas y las manos encima de él.

Sin dejar de mirarlo le mordió la tetilla derecha, sonrió al verle y escucharle sisear. Bajó por su abdomen y lamió con deleite la increíble tableta de chocolate que lucía orgulloso. Tara nunca había estado con un tío que tuviera un cuerpo tan trabajado. Sintió su dura erección contra sus pechos y alzó la vista para mirarlo con los ojos entrecerrados, Jax no se perdía ni un solo movimiento.

—Te voy a devolver el favor, rubito.

—Cuando quieras, cielo.

Le hacían gracia los apelativos cariñosos que decía, eran tan sureños. Bajó la cabeza y besó la punta de su polla, esta brincó ligeramente y ella dejo de jugar, la lamió y acto seguido se la metió en la boca. Trató de abarcarla, y lo que no pudo lo completó con su mano, masturbándole mientras succionaba y lamía.

Jax comenzó a perder el hilo racional, no podía seguir mirándola, era suficiente con dejarse  hacer, se la estaba mamando como nunca nadie lo había hecho. En un ataque de cordura abrió el cajón de su derecha y sacó un condón, no quería terminar si no era dentro de ese coño que le tenía loco. Y así se lo hizo saber cuando ella comenzó a hacerle algo indescriptible con sus dientes y labios y él la apartó rápidamente de su excitación, si la dejaba sabía que se iba a correr como un adolescente.

—Hasta aquí forastera… —jadeó mientras la levantaba—.  Hemos quedado que iba a follarte. —La tumbó en la cama y ella se recuperó del cambio de posición.

—¿Iba algo mal?

—Iba demasiado bien —respondió mientras rasgaba el envoltorio y colocaba el condón en su erección—. Abre las piernas —ordenó tocando su delicado pubis depilado.

—Si, jefe.

Las dejó a cada lado del cuerpo del rubio y él se cernió sobre ella, lamió su pezón izquierdo, sorbió con un poco más de fuerza justo al lado del mismo y llegó a la boca abierta por el placer y la impresión.

—Voy a follarte, agárrate. —Cogió sus manos y las puso sobre el cabecero.

Tara pensó que era un fanfarrón con ese gesto, pero se le olvidó su conclusión cuando él entró en ella y salió despacio para volver e penetrarla con ímpetu. Estaba dilatada y muy mojada, no había dolor, solo una fricción y presión exquisita que llegaba hasta más allá de donde él tocaba.

—Oh… joder… —Se agarró con una mano al cabecero, pero la otra se aferró a la tatuada espalda del chico, las piernas rodearon sus caderas y se dejó ir con los embates certeros que estaban partiéndola por la mitad.

—Dios… Estoy tan cerca, —la voz ronca de él se coló en su oído y ella lo arañó al sentir como el orgasmo, sin apenas avisar, arrasó con su sistema—. ¡Joder! —Jax grito y ella junto con él se corrió sin tregua.

***

¿Cómo iba a ser capaz de dormir algo si no dejaba de revivir una y otra vez la noche con ese tío?

_2.

10 respuestas a _1.

  1. Cleo dijo:

    Vale esto esta editado??? No recuerdo leer este final…?. Pero lo tuve que ver todo de nuevo para refrescar. Este par me tiene vuelta loca Ana. Tanta tensión sexual que hay en esta pareja, no se andan con rodeos y van directo a lo que desean de cada uno, disfrutando el momento sin pensar en el mañana, ni en nada, solo en gozarce, sí, definitivamente me gusta y mucho.

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    • anaidam dijo:

      Hola corazón!! está editado porque están los dos pedazos que puse en Facebook juntos, pero el capítulo nuevo está en el dos… te lo voy a facilitar etiquetándote. Gracias bonita, besoides!!

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  2. nury misu dijo:

    Joder nena la que no va a dormir ahora soy yo…
    Que buena eres cabrona!!! Y que malita me pongo con tus hots….
    Mil gracias cielo por el capi, releido y redisfrutado y remojada, jajajaja. Nanit amore…

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  3. rocha dijo:

    esto es lo que produce ver la serie???? se lo he de decir a uno que yo me sé, así seguro que se dá prisa!!!!! bss y gracias

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  4. DulceM dijo:

    Ayyyyy que forma de empezar esta historia madre!!
    Que ganas de ponerme al dia contigo preciosa. Lastima que a estas horas no pueda recurrir ni a mi humano ni a mi misma -_-
    Voy a por el siguiente!!

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  5. Ebrume dijo:

    Hola!
    Me ha gustado, aunque he de reconocer q lo veo un poco apresurado. Me deja con la sensación de que ha sido escrito para un OS.
    Eso sí quien tuviese una mesa de billar a mano! Jejeje
    Nos leemos
    Bikoides

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