#29#

Al día siguiente Edward salía de viaje a Australia, y Bella llevaba notándolo raro desde que llegaron a la isla. Él trataba de estar normal pero su instinto le decía que había algún problema. Esperaba que esos días en Pemba fueran algo así como una Luna de Miel, pero en la vida real, compartiendo habitación, y viviendo el día a día juntos, no fue así, y Bella se sentía frustrada.

—¿Qué tal el día?, ¿Cómo te encuentras?—Edward entró en la cabaña mientras Bella salía del baño con el biquini puesto. Sintió cómo Edward le miró de arriba abajo y una especie de silencio erótico y contenido inundó el ambiente. Bella sonrió para si, porque tan solo con esas miradas, era suficiente para que se sintiera encendida.

—Estoy algo cansada…— Susurró. — Había pensado en ir a darme un baño y refrescarme.

Esperaba que él se apuntara con ella, y así darse unos mimos en el agua, necesitaba tenerlo cerca, aunque no fuera de una manera sexual, necesitaba el contacto con él, y esos días lo único que había recibido era el abrazo por su parte cuando Morfeo la trasladaba a sus somníferos brazos.

Edward se dio la vuelta y camino hacia la terraza.

—Estoy esperando una llamada de casa. —Bella lo sintió cortante.

—De acuerdo, hasta luego…—Salió con las gafas puestas tratando de reprimir las lágrimas que pujaban por salir. No entendía qué estaba pasando.

La mañana anterior a irse, él le había confesado las ganas que tenía de empezar a vivir aquello, de ir a la isla, de comenzar a conocerse en su vida normal, y desde que llegó esa misma noche a casa de Rose con Emmet, hasta su semblante era distinto. Se le notaba ausente, y por mucho que quisiera portarse igual con ella, le notaba a años luz de allí.

Edward escuchó la puerta cerrarse y le dieron ganas de golpearse él mismo, no se reconocía en nada de lo que hacía, pero no sabía cómo cambiarlo. Tenía tantas dudas que no sabía cómo solventarlas. Pensó en la vida de Bella, y se preguntó infinitas veces si era bueno para ella, todo había pasado muy deprisa. Durante los días que habían estado juntos en Nueva York hicieron que la confianza entre ellos creciera, pero desde que llegaron, sentía que ella tampoco expresaba lo que sentía. Estaban distantes, y él era consciente que su forma de ser esos días tenía mucho que ver.

Se planteaba una y otra vez si ellos podrían ser una pareja, si él sería suficiente para ella, si con el tiempo y su inseguridad, su forma de huir de las situaciones, no le dejarían en la misma situación en la que Charlie dejó a su madre. Veía tantas similitudes que a veces se ahogaba.

Luego estaba lo de su casa, Kate se había afianzado en la mentira de James, y estaba dispuesta a volver con él. Vivir dando la espalda al drama que se vivía en su familia, le estaba resultando duro.

Desde la terraza vio a Bella meterse al agua, era preciosa, recordó los días con ella en la ciudad, se sentía dichoso a su lado. A si  mismo se hubiera llamado enamorado, pero se preguntaba una y otra vez si no sería un capricho, nunca se había sentido así, y que ella llevara a su bebé, podía ser algo que enturbiara sus sentimientos reales. Dudaba tanto de si mismo que incluso estaba pensando en abandonar, ella no se merecía a alguien que no estuviera a su altura. Él tendría que viajar para seguir trabajando, los planes que había hecho mientras estaba en Bolivia se volvieron utópicos.

El teléfono sonó y le sacó del trance negativo que su cabeza formaba demasiado a menudo últimamente.

—Mamá. —Descolgó.

—¿Qué tal hijo? ¿Cómo estás?

—Bien…—mintió. — ¿Cómo va todo?

—Bueno, Kate sigue en sus trece, se va con James a casa otra vez, tu padre está insistiéndole para que espere un poco, ya sabes, trata de averiguar ciertas cosas sobre él, pero ella está empecinada en irse…no se…

—Bueno mamá, ya es adulta para afrontar lo que le venga. —Dijo desganado.

—Hijo…no te llamo por Kate, estoy preocupada contigo, no estás bien.

—No mamá, lo estoy.

—No me mientas Edward Cullen, —El tono se volvió severo. —No puedo verte, pero siento tu voz y está a millones de kilómetros. —Edward rió irónico.

—¿Será porque es verdad?, no sé exactamente a cuanto está Pemba de casa pero…

—No bromees Edward—Suavizó. — ¿Qué pasa?, el otro día cuando hablamos te noté triste, te fuiste de aquí con una alegría sin precedentes en ti, a pesar de todo lo que pasó, y ahora estás…

—Bueno, no sé…

—Cuéntame hijo, soy mamá.

—Ya…no me entiendo mucho, soy un mar de dudas.

—¿Es por lo que James dijo?

—No. No dudo de eso, es…no sé si seré lo que ella quiere, no sé si estoy preparado para ser padre, fue todo muy deprisa.

—Nadie está preparado para ser padre. Pero es necesario que aclares ciertas cosas ¿Habéis discutido?

—No, pero…es como si estuviéramos más lejos. Es como si no hubiera confianza.

—Pero tú estás enamorado. —Afirmó.

—No lo sé. —Edward se tumbó en una de las hamacas de la terraza y apretó el puente de su nariz fuerte.

—¿Qué no lo sabes?—Esme al otro lado del mundo frunció el ceño. —Te creía más intuitivo hijo.

—¿Quién me dice que el hecho de que esté embarazada de mi no esté desvirtuando las cosas?

—Ay cuantas tonterías tengo que escuchar a lo largo del día…—Se quejó su madre.

—Joder mamá…

—¡¡Edward Cullen!!—Le reprendió.

—Perdona. —Resopló.

—¿Habéis hablado claramente de vuestros sentimientos?

—Pues…—Edward pensó en que habían hablado del objetivo de conocerse más, de que se gustaban, y de que ambos querían formar parte de la vida del bebé que estaba en camino. Sabía que se deseaban con intensidad, lo habían demostrado con creces, pero de ahí a hablar de sentimientos. — No.

—¿Y de qué vais?—Edward rió por la contestación tan coloquial con un toque enfadado de su madre. —¿Qué te hace gracia? Como se te ocurra largarte de ahí sin una explicación coherente aprovechando tu viaje, te devuelvo a la isla personalmente de las orejas. Que yo sepa te fuiste de aquí defendiendo a esa mujer por encima de tu familia, no permitiste ni un ápice de duda en cuanto a ella y a tu hijo, y resulta que ahora te tambaleas en tus dudas. —No paraba ni para coger aire, estaba seguro de que si la tuviera delante estaría dando vueltas en el salón como un león enjaulado. — Y que con todo lo que tenéis entre manos no habéis sido capaces de poner sobre la mesa los sentimientos. ¡Edward!—Le sobresaltó. — Haz el favor de hacer las cosas como adulto que eres, y no sigas manejando hipótesis en tu mente sin conocer todas las variables. Pregúntale si eres lo que ella quiere, y sincérate de una vez por todas, dile que estás enamorado, y si no sabes los motivos, le dices que tu madre que te conoce como si te hubiera parido, ve en ti signos muy claros, luego ya te irás dando cuenta tú. —Se le escuchaba acalorada. —Hijo, que parece mentira.

—Vale, vale…—Edward estaba aturdido de toda la información que recibió sin esperársela.

—No, vale vale—Le imitó—No me vale.

—Tranquilízate. —Pidió.

—Es que hijo…entre tu hermana y tú me estáis provocando arritmias.

—¿A Kate también le lees la cartilla así?

—Con ella es tu padre quien tiene más mano izquierda, pero ella es diferente. En serio hijo, sincérate contigo y con ella, y haz las cosas bien. Mañana te vas para estar un mes fuera, y no puedes hacerlo con estas dudas en tu cabeza, es mucho tiempo.

—Lo sé. —Se incorporó en la hamaca y se levantó para mirar en dirección al agua. Bella seguía en ella, dejándose balancear por las olas. —Te quiero mamá.

—Yo también te quiero hijo. Hablamos.

Después de la charla con su madre se sentía un estúpido. ¿Cómo era posible que ella viera las cosas tan fáciles, y él tan complicadas? Hubo un momento cuando habló con Bella en el cual decidieron ser sinceros, y la cosa parecía que en un principio había ido bien, pero en estos momentos no lo sentía así.

Miró su petate hecho, y la mochila con las cámaras de fotos, estaban en la puerta de la cabaña. A la mañana siguiente, temprano, se iría, y de repente, sintió que estos días los había desperdiciado pensando chorradas sin tener toda la información.

Bajó a la recepción y preguntó por Vasu, casi sin que le contestaran, apareció por el acceso al restaurante. Jacob y él venían hablando y bromeando como siempre.

—¿Te puedes creer que está poniendo en duda  mi elasticidad?

—Deberías venir a las clases Vasu. —Le dijo Jacob desafiándole con la mirada. —Tendrías que verle en la cama, parece un palote. Edward les miraba a punto de reírse.

—No sé si soy la persona indicada para escucharos, es más, creo que esto deberíais hablarlo en privado. — Negó fingiendo escándalo.

—Palote…—Dijo Vasu por lo bajo. —Pues no te quejas tú del palote cuando…

—Eh eh…orden chicos…—Edward levantó las manos. —Esto en la intimidad ¿sí?

—Vas a flipar. —Zanjó Vasu mirando a Jacob de forma ladina.

—Bueno al margen del kamasutra…yo venía buscándote a ti.

—¿También quieres el kamasutra?. —Bromeo Jacob. —Se que hay posiciones para embarazadas que son súper satisfactorias.

—Esto…no, quizá otro día. Me gustaría hablar con Bella y no quisiera interrupciones, he pensado una cena, picnic, en la playa, un poco apartados, y…

—Hecho, nadie os molestará. Le daré el rato libre a la jefa. —Rió Vasu.

—Te lo agradezco.

—No hay de qué, está todo controlado. ¿Me encargo de prepararte el escenario?

—¿Ya tienes el anillo?—Jacob no esperó.

—¿Cómo?—Edward le miró sin entender.

—Le vas a pedir la manito ¿no?—La pareja sonreía abiertamente.

—Estáis equivocados…no es eso…Cada cosa a su tiempo…supongo.

Edward se marchó al despacho de Bella, sabía que después del baño estaba allí. Lo que no le quedaba claro era si trabajando u ocultándose de él, ya que después de cómo se estaba portando la última opción no era para nada descabellada.

Golpeó la puerta con los nudillos y la voz de Bella le permitió pasar.

—Hola. —La imagen de un  Edward sonriente en su puerta, y su voz profunda hicieron que el corazón de Bella se saltara un latido, no lo esperaba.

—Edward. — LA emoción cubrió sus palabras. Casi desde que habían llegado no le había visto sonreír así.

—¿Has terminado?—Se acercó hasta la mesa.

—Debería quedarme un rato más, estoy tratando de contactar con el proveedor de los licores, pero como son fiestas en Unguja, está siendo complicado. —Comenzó  mover las hojas encima de la mesa nerviosa. El sonido del teléfono le sobresaltó.

—¿Bella?—La voz de Vasu atravesó la línea.

—Sí.

—Deja lo que estés haciendo, ahora voy para allá, en cuanto termine en el pabellón. Y vete  con tu noviete, disfruta del último día que os queda.

—¿Cómo?—Levantó la mirada y Edward sonreía con un gesto inocente.

Lo siguiente que Bella escuchó al teléfono fue el tu—tu, señal de  que le habían colgado.

—¿Te apetece bañarte conmigo durante la puesta de sol?— La pregunta le pilló de sorpresa, no sabía si enfadarse con él, o ponerse a llorar. — Vamos, sé que he sido un estúpido estos días.

La confirmación de su conducta de esos días hizo que ella optara por la segunda opción y el mentón comenzó a temblarle.

—Perdona…—Edward dando la vuelta a la mesa y sintiéndose el ser más despreciable sobre la tierra, se arrodilló entre su piernas para abrazarla. —Lo siento Bells, he sido un gilipollas estos días, lo sé.

Bella sintió cómo sus brazos le estrechaban, y sus manos acariciaban la porción de piel que estaba expuesta en su espalda, y según hablaba ella sentía, impotente, que no podía dejar de llorar. No entendía si era por la alegría que le daba tenerlo de vuelta tras sus días ausentes, o porque la tensión le desbordó.

—Entiendo si ahora eres tú la que se cierra en banda, pero me gustaría enmendarlo.

La voz amortiguada de Edward provocaba en Bella más ganas de llorar, al día siguiente no estaría en ningún sitio en el cual ella podría acudir a buscarle, y si esto no estuviera pasando, quizá sería más fácil sobrellevar su ausencia, pero ahora que él parecía pedirle perdón y quería hablar, le iba a echar demasiado de menos. Su mente y sus sentimientos eran como una montaña rusa, tan pronto se sentía feliz como desdichada.

Se apartó de él despacio, hipó un par de veces y se frotó los ojos. Edward le miró y la imagen de Bella en esa actitud infantil le provocó una sensación interna potente, claro que estaba enamorado de ella, y claro que iba a luchar por que todo saliera bien, ahora solo necesitaba saber sinceramente lo que Bella opinaba y quería, sin tapujos. Una enorme sonrisa sincera abarcó su cara, y a Bella le sentó como un pisotón.

—¿Encima te ríes?—Los ojos de Edward se desorbitaron ante su reacción.

—No es de ti…—Susurró.

—Oh Dios mío…—Volvió a llorar. —Lo siento. —Edward volvió a acunarla en sus brazos y se dio cuenta que necesitaban sincerarse y contarse las cosas sin barreras porque la impotencia que invadía su cuerpo en ese momento, por no saber exactamente lo que le pasaba, le estaba provocando dolor de cabeza.

—Shhh ¿Te apetece que nos demos un baño?, el sol está a punto de ponerse. —Volvió a separarse con cautela y ella asintió sorbiendo la nariz.

—Tenía intenciones de hacerlo sola…—Dijo mientras se levantaba de la silla cogida de la mano de Edward. — Pero te dejo que me acompañes.

—¿Y me dejarás abrazarte esta vez?—Bella sonrió acordándose de la única vez que lo habían hecho. — ¿Sin gritarme y echarme en cara las pocas mujeres con cerebro con las que me acuesto?—Edward sonrió con ella y abrazados comenzaron a andar.

—Yo tengo cerebro, y lo utilizo, a menos que andes haciendo travesuras por ahí…—Bella se sonrojó dándose cuenta que desde Nueva York no se habían vuelto a acostar juntos.

—Bien, si a mi mano la consideras una mujer sin cerebro. —Bromeó.

—¡Edward!— Comenzó a carcajearse con la mano tapándose la boca. El sonrió de lado.

—No tenía más opciones. He sido un gilipollas, y no podía acostarme con la mujer que realmente quería. —Ella se conmovió.

—¿En serio has tenido que hacerlo?—Le preguntó sin mirar.

—Dormir pegado a tu trasero y sentir tus movimientos no ayuda, créeme. —Dijo en un tono de disculpa.

Bella sintió que le ardían las orejas de lo que le estaba diciendo, comenzó a pensar en Edward en la ducha o en cualquier otro momento haciéndolo, y se relamió pensando que ella podría haberle interrumpido, ayudarle y haber saciado las ganas locas que tenía de estar con él.

Apartó los pensamientos y comenzó a preguntarse a santo de qué venía ese cambio de humor repentino. La caricia en su costado y que le apretara ligeramente contra su esculpido cuerpo le hicieron volver a la realidad.

—¿Y vamos a hablar?

—Primero nos vamos a relajar en el agua, y luego vamos a cenar en la playa, hablando tranquilamente. —Le besó en la cabeza y ella se derritió ante el dulce gesto.

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