Capítulo 50

31 Marzo

Bella POV

—Y usted caballero, prefiere pollo o pasta. — La azafata miraba a Edward fijamente, como si quisiera transmitirle su número de teléfono por telepatía o algo así.

—Pasta también, gracias. —Edward ignorándola por completo volvió su vista a mi. — Creo recordar que el ramadán fue en Enero, pero no estoy seguro. De todas maneras la oración se debe de escuchar por todos los sitios igual. — Yo empecé a reír, la cara que la azafata había puesto tras la respuesta de Ed y su indiferencia me habían hecho mucha gracia. —¿Es gracioso lo que cuento?. — Me miró sin entender.

—No…cielo, no es…eso…—Acaricié su cara. —Es que…eres ajeno…a lo que despiertas en las mujeres. — Se inclinó hacia mí.

—A lo que despierto en ti no…— Descendió con su mano por mi muslo metiéndola por debajo de mi falda.

—¡Edward!… — reí tratando de quitársela. — No…no digo eso…

—¿A no?, pues no me cortes mi disertación sobre la cultura turca. —Dijo con fingido enfado.

—Bobo. —Me puse sobre él. — Es que te ha dado un repaso la azafata increíble, y tú has pasado del tema, vamos, como si fueras ciego.

—Sé que soy irresistible,—Sonrió de lado pagado de simismo. — pero también inmune a cualquier mujer, excepto a ti preciosa. —Comenzó a besarme despacio, haciendo que me derritiera y perdiera la noción del espacio.

—Eres un engreído. — Le besé y su mano volvió a hacer el recorrido hacia el interior de mi falda—Vamos…para…—Traté de zafarme de su abrazo, íbamos a dar un espectáculo.

—Si es que te he echado de menos. — Besó mi cuello.

—Yo también cielo…ha sido una semana larga. — Había estado con mis padres en Taunton, operaron a Reneé y estuvo toda la semana ingresada.

El carrito de la comida llegó a nuestros asientos, y bajo la reprobatoria mirada de la azafata por demorarnos en bajar las mesitas, me quité de encima de Edward. Claro, que creo que fue más porque le hubiera gustado a ella estar en mi lugar. Me encantaba que Edward despertara esasmiradas, era Mío.

Miré directamente hacia donde la auxiliar de vuelo lo hacía, justo al regazo de mi chico, exactamente me encontré con el motivo de su asombro, Ed tenía un notable bulto entre las piernas.

—Oh, Dios Mío, Ed…—Y dejé caer una revista en su regazo.

—Es que me pones nena, no puedo evitarlo. —Me dijo como si fuera un chaval al oído.

—Estás pirado, en vacaciones te vuelves loco…—Me reí.

La azafata dejó las bandejas en las mesitas, era horrible la comida del avión.

—¿Porqué hemos cogido pasta? Solo está cocida…—Miré el contenido con cara de asco.

—Si quieres pedimos pollo…—Dijo Ed levantando su recipiente.

—Yo creo que si se lo pides sonriendo como tú sabes, esta noche cenamos rape. —Le guiñé un ojo.

—Puedo intentarlo aunque…quizá me pida más que una sonrisa… ¿y si se lo tengo que dar?—Dijo en un tono seductor.

—Prueba, el auxiliar de vuelo, no me quita ojo…Yo conseguiré champan para brindar —Dije alzándome un poco.

—Lo sé, lo sé…dejémoslo estar ¿sí?—Se molestó.

—Te adoro Ed. —Besé su mejilla.

Las luces estaban apagadas, solo las de seguridad de las ventanas, dando un aspecto tenue al avión, alumbraban para tener una mínima visibilidad. Me levanté del sitio, tenía que ir al baño, Edward se despertó.

—Déjame pasar, Ed…—Susurré.

Casi todo el mundo en el avión dormía, los llantos de los niños hacía rato que habían cesado, se respiraba una calma solo rota por el zumbido característico del avión.

Me mojé la cara en el lavabo y me sequé, tenía ganas de llegar, la postura del cuello me estaba matando.

Abrí la puerta y me encontré a Edward, con una sonrisa taimada en su boca, no me dio tiempo a salir.

—¡Edward!—Me abrazó y me metió otra vez dentro, cerró a su espalda y comenzó a besar mi cuello con ansia, de esa manera me catapultaba a la inconsciencia sin remedio, ya me daba igual…

—Nadie nos va a interrumpir cielo…— Su voz ronca me taladraba los oídos. En un movimiento me tenía sobre el pequeño lavabo, me subió la falda y se relamió mientras me miraba. — Esas medias…Bells, si es que no haces más que ponerme a prueba, y yo caigo…— Me empujó hacia el espejo, dejándome abierta para él, descendió con la cara hasta mi sexo, mientras lo tocaba por encima de las bragas— …una y otra vez…me pones a cien gatita…—Yo trataba de reprimir mis gemidos.

Retiró la prenda, haciéndola a un lado y comenzó a lamerme con fruición, pensé que perdería el sentido.

—Edward…¡¡oh!! Edward… —Mis manos viajaron raudas a su cabeza. — Me vas a hacer gritar…—Susurré presa de la excitación. Mientras su lengua trabajaba sobre mi sexo, yo no podía evitar moverme. — Madre mía…iremos presos…nos van a denunciar…—Jadeaba. — Esto está penado Ed…

—¿Quieres que pare?— Me miró de repente, mientras sus dedos entraban y salían de mi a un ritmo lento y delicioso.

—No…—Supliqué.

—Eso me parecía a mí…—Y siguió aplicándose sobre mi excitación.

Con sus caricias yo llegué a un orgasmo que me hizo temblar como si estuviéramos en un área de turbulencias, es más , estaba segura que teníamos repercusión en el avión.

Edward bajo sus pantalones y en seguida se colocó el condón en su preparado miembro.

—Ven aquí preciosa, déjame entrar…

Y sacando mis caderas un poco más del lavabo le di cabida a su masculinidad en mi interior. Me besó con fuerza, a la vez que me cargaba en sus caderas y dándose la vuelta en el estrecho cubículo me apoyó contra la pared, yo con mis pies me apoyé en el lavabo, a pesar de la estrechez del lugar era funcional.

Ambos ahogábamos los gemidos en la boca del otro. Edward estoqueó mi sexo sin tregua, provocándome sacudidas que me llevaban y traían de un paraíso ya conocido. La erótica visión de Edward empujando contra mi cuerpo y mi cara de excitación que me devolvía el espejo medio cubierto de vaho, me catapultó a la locura, y tras un aumento de ritmo desenfrenado, nuestros nudos se deshicieron en un orgasmo profundo, provocándonos sacudidas internas realmente placenteras.

—Que ganas te tenía pequeña…qué ganas. — Limpié la frente de Edward, el sudor perlaba su frente.

Nos compusimos, miré el espejo, ahora casi cubierto por completo de vaho, el que nuestros cuerpos calientes habían provocado, y a mí me atacó la vergüenza en cuanto puse la mano en la manilla para abrir.

—Se nos va a notar…—Le dije, él estaba acalorado y con un rubor que hacía que estuviera más guapo si era posible, y yo estaba convencida que mi imagen rezumaba sexo por todos los lados.

—Morirán de envidia…—Me dijo besando mi nariz.

—Nos van a sancionar, esto está prohibido. —Me entró la risa. —Parecemos adolescentes Ed.

—Nadie nos ha pillado, yo he entrado a ayudarte, estabas vomitando…y tenía que sujetarte la frente.

—¿Eh?—Le miré haciendo un gesto de no entendimiento.

—Eso es lo que ha pasado aquí. —Sonrió de medio lado, levantando las cejas.

—Yo…cara de estar mareada…si tú lo dices. —rodé los ojos y sonreí, imposible no hacerlo, estaba más que satisfecha.

Y riendo bajo abandonamos el pequeño cubículo que nos había dado intimidad después de una semana sin poder haber hecho nada.

Dormimos hasta el desayuno.

—Es…ruidosa, pero me gusta…me encantan los mercadillos. —Estábamos tomando té sentados sobre las alfombras de un café en Ankara.

—Estambul debe de ser todavía más impresionante en ese sentido. — Pararíamos allí a la vuelta, era la parte final del viaje, pero yo estaba ansiosa por ir, me había informado sobre esa ciudad, y lo del zoco, a pesar de que a mí las compras de normal no me gustaban, lo de los mercadillos y las artesanías exóticas me privaban.

—Mmmm…hablé con Emmet hace dos días…—Edward cambió de tema de repente, yo sabía más o menos a donde quería llegar.

—Si…—Soplé mi te, estaba ardiendo. Le sonreí.

—Lo sabes ¿verdad?— Me miró directamente. —Vosotras os contáis todo, está claro que lo sabes. —Miró hacia otro lado.

—¿A qué te refieres?—Pregunté fingiendo desconocimiento.

—Vamos Bells, lo sabes. — Me miró alzando las cejas.

—Eres un chismoso ¿sabes?, te gusta cotillear aunque te metas con nosotras y nuestras conversaciones locas. —Le miré altiva.

—Eso no es un chisme…—Me dijo encogiéndose de hombros.

—De momento mientras solo lo sepamos pocos, es un secreto y hablar de ello lo convierte en chisme.

—¿Ves?, lo sabes. —Me miró con una sonrisa de suficiencia.

—¡Claro que lo sé!, cómo no lo iba a saber, es mi amiga, ya desde la falta estaba puesta en canción. — Sorbí mi te haciendo bastante ruido para que entrara quemando lo menos posible, como Edward decía que había que beberlo.

—Rose está embarazada.

—Yo no lo he dicho…—Reí. —Chismoso.

—Me lo dijo Emmet, no se lo podía aguantar, ¿no es genial?, van a ser papás. —Edward miró hacia un lado, y la cara de soñador se instauró en él.

—Tienes ganas de ser papá ¿verdad?—Me acerqué a él y me acogió en sus cálidos brazos.

—Desde que conocí a Laura, y Alan se dedica a bombardearme el mail de las fotos de mi preciosa sobrina, no dejo de pensar en… hacerte un hijo Bells, sé que es una locura, pero me acuerdo de Laura entre tus brazos…—Una sonrisa bobalicona estiró sus labios.

—A mi me encantaría Edward, tengo treinta y uno, y me siento preparada, además de que deseo tener niños tuyos. Imagínate—Dije soñadora— un niño, de cabello broncíneo ojos verdes, igual que su padre… dormiría la siesta donde quisiera, con una almohadita deambulando por la casa, como tú.

Reímos, el abrazo de Edward me estrechó.

Estuvimos paseando por la ciudad y llegamos a una tienda de motos.

—¿Alquilamos?—Le pregunté. —Así llegaremos antes a los sitios, me apetece repetir como en Cadaqués…—Le puse pucheros.

Edward miró las motos. Eran Scooters.

—Ni una palabra en mi casa, y esta vez lo cumples.

Asentí como niña buena. Me sonrió y, abrazándome por los hombros, nos metimos a la tienda

Flash Back 31 Diciembre Cadaqués.

Estuvimos paseando por el pueblo, era una maravilla, hacía bastante frío, y la humedad calaba los huesos. Pasamos delante de una tienda de alquiler de motos, y mi se me antojó alquilar una, para ir a ver los alrededores. Mi chico era motero, no podía evitarlo, pero nos dieron una scooter y a él pareció no convencerle.

—¿Qué querías, una como la tuya?—Me reí ante su expresión.

—No exactamente, pero…es que esto… la miró con desgana. Llevo tiempo diciéndole a Alan que se compre una en condiciones, pero no me ha hecho caso. —Le sentí molesto. —No lo menciones en casa ¿sí?—Se me acercó y quedó a milímetros de mis labios, quedándome sin aliento, como cada vez que lo hacía.

—Claro…—Susurré. Y me besó dejándome ansiosa de más besos y más…en fin…más Edward.

—Ponte el casco preciosa, aunque este no te va a quedar tan bien como el tuyo. —Y me tendió lo que en realidad era como la mitad de la cascara de un huevo.

—Venga, vámonos. —Le sonreí y me mordí el labio. Llevaba una cazadora de cuero y una bufanda de rayas rodeándole el cuello, hasta con ese ridículo casco estaba guapísimo. — Se nos hará de noche. —Salí de mi ensimismamiento.

—Si me sigues mirando así—Me dio un repaso completo. — Nos vamos a casa. —El tono seductor que empleó me hizo gemir bajo, ya que dio de lleno en mi centro. — Vamos pequeña,— guiñó uno de sus ojos verdes, para desviar la vista y mirar despectivamente a la moto— que con esta no vamos a ir muy deprisa. — Moría de risa con él, de repente se enfurruñaba como un niño, era adorable.

Estuvimos en la casa de Dalí, estaba cerrada, pero el entorno era genial, igual que todo el Cabo de Creus, estaba maravillada con el paisaje, el atardecer de invierno y el mar…era todo mágico.

Entramos en el salón particular del hotel, era privado. Allí Sofía estaba amamantando a la pequeña Laura y Alan las miraba con devoción. La chimenea caldeaba la estancia, y un olor delicioso de la cena de Noche Vieja inundaba la habitación. Edward me retiró el abrigo junto con la bufanda y el gorro, para dejarlo sobre una silla.

—Mmm…Mamá está haciendo pavo…—Dijo Edward mientras se sentaba al lado de un obnubilado Alan.

—Sí, ya sabes, como no celebramos Acción de Gracias, quiere que esta cena sea igual, nos vamos a poner morados.

—Menos mal que vienen mis hermanos y la mujer de Jorge con la niña, sino, no sé qué íbamos a hacer con tanta comida. —Sofía acariciaba el moflete de Laura para animarla a mamar.

—Hermano, se te cae la baba. —Le dijo Edward golpeándole el hombro.

—Ya medirás tú cuando te pase lo mismo, no puedo dejar de mirarlas.

—Desde luego, no existe ninguna distracción para Alan desde que salimos del hospital. —Sofía rió y separando a Laura de su pecho miró a su marido. — ¿La coges?—Este asintió y la puso incorporada sobre su cuerpo para que expulsara los gases.

Verles así, y atisbar en los ojos de Edward esa emoción contenida al contemplara a su sobrina y a su hermano, me hicieron tener unas ganas inmensas de compartir esa experiencia con él.

—¿Qué tal el paseo chicos?—Sofía nos miró mientras guardaba su pecho y se disponía a preparase para dar a Laura del siguiente.

—Este pueblo es increíble, no me extraña que estéis enamorados de esto. —Yo estaba alucinada con la hermosura y el encanto de ese pequeño y recóndito sitio.

—¿Cogisteis la moto?— Alan puso a Laura en los brazos de su madre de nuevo.

Yo asentí y al momento aguanté la respiración mirando a Edward, el cual me miró y cerró los ojos pausadamente. No entendía por qué no podía decir nada, el caso es que se me escapó, fue un acto reflejo ante la naturalidad con la que me desenvolvía en esa casa.

—¿Has estado paseando con un scooter?— El orgulloso papá preguntó con sorna y levantando una ceja.

—Si…—Murmuró Edward.

Laura eructó y Alan tras mirarla con ojos de ternerito se la pasó a su madre.

—Definitivamente Bella eres mi ídolo, ¡¡has conseguido que mi hermanito el yo—no—me—monto—en —esa—zarria—ni—loco, pasee en una moto inferior a 600!!—Empezó a reírse como un demente. —Qué osadía Ed…ese culito sentado en una pequeña…espera—Se puso pensativo con un dedo golpeando la barbilla—…¿cómo las llamaste?…si…carretillas de 48.

La cara de Edward no tenía precio, yo había visto todo lo que había protestado durante el paseo respecto a la moto dichosa, y había reído sin parar en sus diatribas sobre las cilindradas, seguridad y potencia. Pero ahora visto que no era la primea vez de estas historias y escuchando a Alan, no pude evitarlo otra vez. Estallé en carcajadas.

—Está bien…—Edward levantó las manos en un gesto de aceptación. —…deberías de tener una moto decente, por aquí sería útil. —Estaba serio.

—Venga ya Edward, con la que tengo me sobra.

—¿Tienes una moto?—Miré extrañada a Edward.

—¿En qué habéis paseado Ed?—Alan escrutó a su hermano

—Alquilamos…—Dijo en un inaudible susurro.

—¿Perdona?—Alan a punto de ponerse a reír de nuevo puso una de sus manos en la oreja.

—Que alquilaaaamos. —Edward habló en tono cansado.

—No me puedo creer que tu orgullo no te dejara coger mi moto.

—Se le antojó a Bella una vez en el pueblo, no íbamos a volver. —Lo dijo como si fuera obvio.

—Ja…eres un huevón, me juraste cuando me compré la motillo que no montarías en ella por no comprarme una decente, y es por eso por lo que no la has cogido. —Alan se burlaba de Edward.

Yo suspiré y miré a Sofía, nunca entendería esas cosas absurdas de hombres y orgullos intocables. Cuando la cuñada de mi novio terminó de dar el pecho a su hija, me la dejó para que expulsara los gases, no se me daba nada mal eso de los niños, claro, que por un rato era fácil.

Fin flashback.

Capítulo 51

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