Capítulo 23

26 Junio

Edward POV

Estaba emocionado. Llevaba en mi bolsillo dos billetes de avión para Nueva York, y uno tenía los datos de mi Bella.

Estaría una semana, de momento. Con esto Reneé y Charlie habían cedido. Una vez viéramos si estaba bien en casa, lo haríamos de nuevo durante el verano.

Tenía la esperanza de que todo fuera bien, estaba claro que tenía que probarme a mí mismo que todo iba a estar perfecto entre ambos. No hubo más besos entre nosotros, no quería acelerar las cosas, la madurez de Bella tenía que forjarse poco a poco, y desde luego, apresurar nuestra relación con todo el tiempo que teníamos por delante no era lo más acertado. Quería hacer las cosas bien, ella se estaba mostrando como una chica sincera y bastante espontánea, según el tiempo y la situación lo pidiera, actuaría en consecuencia.

Una vez que Charlie y Reneé acordaron que era positivo su visita a Nueva York, tardaron como dos semanas en darse cuenta, hablamos con ella de su semana de vacaciones en mi casa, y se entusiasmó. Vi como sus ojos brillaban de emoción y me miraban con anhelo. Y con esto mi corazón se desbocó de alegría, y para qué negarlo, de cierta ansiedad.

—Hola, pequeña— Abrió la puerta ella, como cada vez que la iba a ver, y se me tiró a los brazos. La estreché, me gustaba sentirla así.

—Hola Ed. —Me brindó una sonrisa radiante. —Ya tengo aquí mi maleta, yo quería llevar una mochila grande que encontré en el armario, pero mamá dijo que la ropa se arrugaría mucho.

Recordé el día que llevaba su mochila en Miami, lo oportuno de ser tan práctica siempre. No pude evitar sonreírme, pero sin pesar, porque ver que en su interior seguía siendo práctica, me demostraba que Bella estaba saliendo a la superficie.

Me cogió la mano, en un gesto habitual, y me llevó al salón. Allí estaba Reneé, haciendo la limpieza habitual de la casa.

—Hola Reneé. —La saludé con un beso en la mejilla, el cual me devolvió. Un atisbo de tristeza asomó a su cara.

—Hola Edward, ¿tienes todo listo, hija?—Miró a Bella.

—Todo. —Dijo tajante. — Tengo tantas ganas de ir…¡Vámonos Ed, vámonos ya!

—¡¡Cuantas ganas de dejarnos solos a papá y a mí!!—Reneé reclamó mimosa.

—No mamá, no es que quiera…dejaros solos…vendré en unos días— su madre le devolvió una mirada vidriosa, su sonrisa no le llegaba a los ojos.

—Es una semana, Reneé. —Le dije con cautela.

—Ya…—me respondió mirándome de soslayo.

Estaba claro que tenía miedo por cómo fuera la semana con Bella, lo que no tenía tan claro es qué sería malo para Reneé, sí que ella quisiera volver a Nueva York o que no quisiera. Estaba seguro que Charlie fue quien intercedió con más peso para que esto se llevara a cabo.

—Estoy nerviosa Edward, no me sueltes la mano…—Bella se abrochó el cinturón tras mirar como lo hacía yo. Le cogí la mano y con mi pulgar hacía formas sobre su dorso. Se la quedó mirando. —Es tan bueno cuando me tocas así…—Sonó tranquila.

Me miró directamente a los ojos, me perdí en ellos, en sus orbes chocolate brillante, en los ojos de Bella.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, solo notamos el movimiento del avión, el cual nos desconcentró de nuestra inmersión. Bella me apretó la mano con fuerza.

—Tranquila Bells, es un momento, en seguida dejarás de notarlo. —Asintió, pero pude ver el pánico asomando en su cara. — ¿Tienes un libro en tu bolso?—Rápidamente lo sacó y me lo tendió, volviendo a coger mi mano, y cerró los ojos.

—Yo no voy a poder leer ahora Edward. —Estaba asustada.

—¿Las Fábulas?—Era el libro que le regalé el primer día que nos volvimos a ver.

—Es mi favorito. —Abrió los ojos y me miró de nuevo, sonriendo, como si hubiera desconectado del momento de despegue en el que nos encontrábamos.

—¿Y eso por qué?—Quería que dejara de pensar en el movimiento del avión, además de que me contara el por qué. Se ruborizó.

—Porque…me lo regalaste tú…el día que me conociste por segunda vez…y desde que descubrí lo que me pusiste…—Bajó la mirada avergonzada, con un dedo en su mentón levanté su cara preciosa, arrebolada. — Cuando lo leo…es como si escuchara tu voz…

—Te he leído otros libros.

—Ya, pero…este es…diferente…aunque no me lo hayas leído…mi cabeza me transmite tu voz cuando lo hago yo…al principio ni siquiera entendía lo que significaban algunas palabras…pero te escuchaba… —Quedó en un susurro. ¿Sería posible que recordara las lecturas del libro cuando estaba en coma?, no podía ser.

—¿Cuál es tu favorita?—Sentí como el avión cogía velocidad.

—La lechera…me gusta la lechera…—y comencé a leer, en un susurro, apoyó su cabeza en mi hombro. Noté el avión inclinarse pero Bella estaba inmersa en mi lectura.

Llevaba en la cabeza

Una Lechera el cántaro al mercado

Con aquella presteza,

Aquel aire sencillo, aquel agrado,

Que va diciendo a todo el que lo advierte

« ¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»

Porque no apetecía…

Hablamos un rato de la fábula cuando terminé de leerla, ella contaba todo aquello que le pasaba por la cabeza cuando la leía, me maravillaba escuchar cómo relacionaba una cosa con otra, y a las conclusiones que llegaba.

De repente desvió la vista a la ventanilla.

—¡Edward! ¡Estamos volando!…¡Mira!—No podía evitar mirarla con devoción…estaba inmensamente feliz de tenerla conmigo de nuevo.

El aterrizaje fue mejor, excepto al tocar suelo, que se quedó un poco paralizada, no hubo problema.

—Tienes una casa tan bonita, tan alta. —Estaba en la puerta, mirándolo todo como por primera vez. — ¿Y esas escaleras?, ¿A dónde da esa puerta?

—Es una sorpresa, ya lo sabrás.

—¡Cuántos libros Edward!, ¿los has leído todos?

—Todos, todos no…—Reí ante su comentario. Vi como se descalzaba y dejaba sus zapatillas al lado de la puerta, algo que solo le había visto hacer en su ático en Taunton y en mi casa.

Paseó despacio, por el piso, como si con los pies fueran palpando el suelo, y entró en la mullida alfombra blanca.

—Oh…que agradable. —Movió los pies queriéndolos hundir. —Ese es el parque ¿verdad?—Estaba mirando a través de la ventana. Se aproximó a ella.

—Si Bella, ese es el parque, Central Park. —Me aproximé, moría de ganas por abrazarla, acunarla en mis brazos, pero quería ir despacio, teníamos todo el tiempo del mundo. Dejaría que fuera ella quien se aproximara a mí.

Me puse a su lado, nuestros brazos se tocaban.

—Es enorme ¿no?— dijo, y pasó su brazo entre el mío, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Más que los de Taunton— Besé su cabeza. —¿Tienes hambre?—Asintió—Si quieres puedes ducharte y acomodarte en tu habitación, mientras prepararé algo de comer. ¿Hay algo que te apetezca?

—Algo que te guste a ti. —Me miró sonriendo. —¿El baño?

—Detrás de la estantería está la habitación, la puerta de la derecha es el baño. — Se soltó, dejándome ansiando su proximidad y calidez. Y desapareció detrás de la estantería.

—¡¡Menuda cama!!—Tan espontánea como siempre.

BELLA POV

Me notaba pegajosa, el calor de Nueva York era distinto al de Taunton. Me habría gustado quedarme con Edward cocinando, quizá él me dejaría hacer algo, me enseñaría a hacerlo.

Me sentía tan bien al lado de Edward, si no resultara una carga para él, pegaría mi cuerpo al suyo con pegamento… ¿con ropa o sin ropa?…me ruboricé de pensar en sin ropa, si lo hiciera con la ropa él se la quitaría y ya no estaríamos pegados…

—Bella, tienes toallas en el armario negro del baño. —Edward asomó la cabeza y me miró extrañado. — ¿Estás bien?—Se acercó…

Oh—oh…no le podía decir lo que estaba pensando.

—Si claro…—Le sonreí consciente de que mis mejillas ardían. Y me metí en el baño acelerando el paso.

Edward y yo éramos amigos, después de aquel beso debajo del árbol no hubo más, era cariñoso conmigo, pero solo tuve un beso en los labios. No me atreví a preguntarle si seguíamos siendo novios. Rose me dijo que estas cosas iban despacio.

En taxi llegamos a una cafetería de Harlem, Edward me dijo que me iba a encantar, a ver el café me gustaba pero si no había bollos con chocolate encantar lo que se dice encantar…

Entramos, y entendí a lo que se refería Edward.

—¡Ed! ¡Tiene libros!—La puerta se cerró tras nosotros con un tintineo. Apenas había dos personas dentro, a pesar del espacio grande que era.

—¡Buenas tardes Doctor Cullen!—Una mujer negra detrás de la barra le saludó con entusiasmo, llevaba el pelo con miles de trenzas. Me encantó. Cogí un mechón de mi pelo marrón y lo miré.

—Buenas tardes Taisha, ¿Cómo está Dajon?—Nos acercamos a la barra.

—Está enorme, no hace más que comer, el Doctor Morgan ya le dijo a su madre que debería frenarle. —La voz de Taisha era como de cantante de ópera, me gustó.

—Hacerle caso al Doctor Morgan, Taisha, para algo estudiamos tantos años. Mira,—Edward puso su mano en mi espalda y me acercó a la barra—ella es Bella.

—Encantada Bella, Doctor, es un chica preciosa— inclinando su enorme pecho sobre la barra me alcanzó para darme sendos besos en las mejillas— tienes una gran sonrisa muchacha, y Doctor Cullen, hoy se le ve estupendo. —Rodó los ojos, y una carcajada brotó de su garganta como si se fuera a arrancar a cantar.

Musité un gracias y miré a Edward.

—Gracias Taisha. —Se sonrojó, y me pareció adorable. Mi cara era una sonrisa constante.

—¡Ale! Tomad sitio, decidme lo que queréis que os sirva y a disfrutar de la lectura.

—Yo quiero un Cappuchino—pedí sonriendo.

—Lo mismo para mi Taisha.

Con un café en la mesa, y sentados en un sillón de dos plazas me dispuse a abrir mi libro.

—¿Te gusta Bella?

—Ya sabías que me iba a encantar, tú me lo dijiste.

—Es cierto, lo sabía. —Me guiñó un ojo, era tan guapo. Era el chico más guapo que había visto nunca, mucho más que los actores del cine.

—Vienes mucho por aquí…si no Taisha no te conocería…—afirmé

—Vengo de vez en cuando, pero de lo que más la conozco es de la Clínica, ha traído a su nieto varias veces, y es un niño tan trasto que es imposible que pase desapercibido para nadie allí. —Volvió la vista a su libro.

—¿Me enseñarás la Clínica?

—¡Claro!, Cuando quieras nos pasamos por allí. Es un sitio muy normal. —Acarició mi mejilla, su tacto me provocaba sensaciones placenteras, siempre. Me gustaba mucho que me tocara.

La tarde fue maravillosa, apenas hablamos, pero estar a su lado leyendo y tomando café, era suficiente. Estábamos pegados el uno al otro, sin pegamento. Notar su calor cerca me desconcentraba por momentos de la lectura, y eso me complacía. No podía evitar sonreír para mí cuando percibía esa sensación tan agradable.

Fuimos caminando hasta casa, estaba lejos. Edward dijo que cuando nos cansáramos cogeríamos un taxi, pero no me cansé. De la mano de Edward no me cansaba.

Llevaba un rato sentada en el sofá. Edward me había pedido que esperara mientras subía por las escaleras de caracol que daban a la puerta alta de la pared.

—¡Sube Bella!—Gritó desde arriba—¿Puedes?, o bajo a por ti.

Subí todo lo rápido que pude y al llegar arriba casi me choqué con él.

—Despacio, pequeña. Déjame que te ponga esto. —Se puso detrás de mí y me tapó los ojos con un pañuelo negro.

—¿Por qué me tapas los ojos?, si ya es una sorpresa…—me quejé.

—Para que sea más sorpresa. —Rió por lo bajo.

—No te rías Ed. —Bufé.

—Siguen sin gustarte mucho las sorpresas ¿verdad?

—Esperar por ellas es lo que no me gusta. —Me relajé.

Noté que estábamos en el exterior, Edward estaba detrás de mí y me guió caminando despacio hacia delante. Llegamos a un tope, era un muro a la altura de la cintura que toqué con las manos.

—Te voy a quitar el pañuelo. —Me susurró al oído haciéndome estremecer.

—¡Oh!—Estábamos en un mirador, se veía el cielo casi oscuro del todo, el vasto parque en toda su extensión, los colosales edificios que lo rodeaban, a la izquierda una inmensa calle iluminada y abarrotada de coches, la señalé. —Es enorme.

—Es la Quinta Avenida. —Seguía detrás de mí, que bueno era sentirlo tan cerca.

—Esto es fantástico Ed, ¡¡tienes un mirador en casa!!

—Bueno…no es un mirador en sí. —Me hizo darme la vuelta, y descubrí una extensa terraza, con sillones blancos, una mesa para ocho personas, una barbacoa, y velas encendidas por doquier.

—¡Esto es mágico!—Exclamé con una mano en la boca ente la sorpresa.

Me sentí un hadita entre las llamas titilantes. Me acomodé en el sillón grande.

—Ven, siéntate conmigo— Admiré la terraza a la tenue luz que las pequeñas velas le daban. —Es tan bonito Ed…

Me acurruqué a su lado, sintiendo el calor de su cercanía.

Tras un rato observándolo todo, miré al cielo.

—Casi no hay estrellas en Nueva York Edward. Debemos de tenerla todas en Taunton.

Rió ligeramente.

—Si las hay Bella. —Se recostó abrazándome. — Lo que pasa es que la ciudad tiene tanta luz que brilla más que las estrellas. —Me incorporé para mirarlo todo otra vez, y observar su perfecta cara a la luz de las velas, un escalofrío me recorrió al darme cuenta de lo guapo y maravilloso que era. Me sonrió y sentí que me fundía por dentro, me azoré por la sensación y me volteé despacio. Apoyé mi espalda contra su pecho, y me rodeo la cintura con un brazo. —Son las mismas estrellas aquí que allí.

—Taunton no brilla como Nueva york, pero permite ver el cielo con claridad. —Dejé caer mi cabeza sobre el hueco de su cuello.

¿Esto era real?, ¿Podría ser cierto que Edward estuviera así conmigo?, deseaba tanto un beso de sus labios…

Besó mi pelo. Y mi interior vibró de nuevo, inspiré profundamente para quedarme con ese efecto que me provocaba durante más tiempo.

Nos quedamos en un cómodo silencio, disfrutando de la brisa que soplaba en la calurosa noche. Y yo, de su tacto, de su energía, de Edward conmigo.

Capítulo 24

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