Capítulo 11

un atardecer asombroso en una de sus playas, en brazos de Edward.

Todo en brazos de Edward resultaba perfecto para mí.

Definitivamente queríamos tener esto, ya que no sabíamos cómo llamarlo, o quizá era sólo que no nos atrevíamos a ponerle nombre a algo tan…perfecto.

Vivíamos a poco más de cuatro horas, aunque su trabajo le ocupaba casi todo el tiempo, dijo que trataría de sacar todo lo posible para verme.

Los chicos volverían a Nueva York en moto, tardaban dos días, lo hacían siempre, era como un ritual todos los años.

Ángela tramitaría el traslado a Nueva York para hacerlo efectivo en el próximo mes.

Me había despertado pronto, estaba en un duermevela cuando sentí a Edward junto a mí, entonces me di cuenta que en unas horas estaríamos alejados, a horas de distancia el uno del otro. Odié esa sensación del paso del tiempo, lo habría congelado para quedarme así con él, envuelta entre sus brazos, sintiendo como su respiración hacía cosquillas contra mi cuello.

Me di la vuelta, lo tenía frente a mi cara, no se había despertado, simplemente acomodó su brazo a mi cuerpo en el cambio de posición. No podía creerme al hombre que tenía enfrente, era especial, había derribado mis barreras sin pretenderlo, había entrado en mi vida conquistándome con cada gesto, con cada palabra, con cada beso…me sentía rendida a él.

Creo que la palabra enamorada era la adecuada, me causaba terror pensarlo, pero es que no había otra forma mejor de definirla.

—Buenos días preciosa…—el susurro de Edward me sacó de mis cavilaciones.

Trataba de abrir los ojos pero no lo conseguía, sus muecas luchando contra el sueño me hicieron reír. Era tan lindo.

—Buenos días, rubio, es temprano, no pelees contra tu sueño.

—Mmm…si…—decía somnoliento— quiero despertar. —Se aproximó a mi cara y comenzó a besarme dulcemente allá donde alcanzaban sus labios. —Quiero…—beso mi nariz—…aprovechar…—besó mi mejilla— …todas…—besó debajo de mi oreja—…las horas…—besó mi barbilla—…que quedan…— besó mis labios—…contigo…

Volvió a atrapar mi boca entre la suya y comenzamos un apasionado beso. Sentí su bajo saludo matutino presionar mi abdomen, y sonreí contra sus labios. Me froté despacio contra él, abrí los ojos justo para ver cómo él hacía lo mismo ante mi movimiento. Cortó el beso.

—Como me gusta que quieras guerra, pequeña. —Su tono ronco consiguió llevarme a su nivel.

Mi mano fue rauda hasta su dureza, sujetándolo con firmeza comencé a acariciarla de arriba abajo.

—¡OH! Beeeella…—le sentí tragar mientras cerraba los ojos ante el placer.

Seguí tocándole, pasando mi pulgar por su punta, haciendo presión. Mordió su labio inferior evitando un jadeo, que se escuchó como un suspiro.

Sentir como su excitación crecía ante mi contacto y verle la cara de gozo me estaba poniendo a tono.

Noté su mano abriéndose paso entre nuestros cuerpos y tras una caricia en mi estómago, que me tensó de anticipación, aprecié su tacto en mi entrepierna. Gemí.

—Edward…—susurré.

—Quiero…que tu también goces pequeña…—jadeó.

Gemí a la vez que separé mis piernas para darle espacio. Edward cubrió mis labios con su boca, introduciendo su lengua a la vez que sus dedos comenzaron a pasearse libremente entre mis pliegues extendiendo mi lubricación de igual manera.

Rompí el beso ante su acción. Sin dejar de tocarle, imprimiendo más ritmo ante la excitación que me estaba provocando.

—¡¡OH!! Tus dedos Edward…—dije tras un jadeo.

—¿Te gustan mis dedos verdad?— Situó uno de ellos en mi entrada, desde luego que sus trabajos manuales eran extraordinarios. Joder, casi convulsionaba.

—Me…— su dedo entró en mi interior dejándolo quieto mientras que con su pulgar comenzó a tocar mi clítoris de forma lenta—…encantan. —Me arqueé contra él.

—Como me pone verte gozar. — Una especie de ronroneo salió de su pecho mientras notaba como él meneaba sus caderas contra mi mano.

Ambos estábamos perdidos en un laberinto de placer, me puse a la altura de sus labios para besarle con toda la lujuria que mi cuerpo desprendía. No me iba a costar nada culminar con su destreza sobre mi centro.

Él metía y sacaba sus dedos en mi interior con un ritmo que me tenía enfebrecida. Edward ahogó un gemido en mi boca. Mientras el aumentaba el ritmo sobre mí yo hice lo mismo con él. Nuestras respiraciones eran erráticas. Yo sentí como mi orgasmo iba a llegar en breve. Edward lo notó.

—Vamos pequeña…córrete…vamos…—apretó los dientes aguantado su propio momento y me fui, los espasmos de placer me recorrían la columna. Apoyé toda mi espalda en la cama, abandonando sin querer mi trabajo con Edward.

—¡¡OH!! Edward…—grité. Sentí que había pasado pero yo seguía temblando, Edward me miraba apoyado en su brazo con cara de satisfacción y deseo. —Entra en mi Edward. —Le rogué mordiéndome el labio. — Entra en mí ya, por favor.

Entonces se dio la vuelta hacia la mesilla y mientras se ponía el preservativo me incorporé temblando por el gran orgasmo que me había provocado.

Cuando se volvió lo empujé ligeramente para que se recostara en la cama.

Le miré fijamente a sus preciosos ojos verdes que me contemplaban con lascivia. Me puse sobre él y con mi mano guié su duro pene a mi entrada, extendiendo con su punta mi jugo y me dejé caer. La fricción provocó un hondo jadeo de ambos. Casi me quedo sin respiración.

Tras unos segundos parados acomodándonos el uno al otro, y una mirada cargada de erotismo por parte de los dos, comencé a cabalgarle, sus manos se pusieron en mis caderas y subían y bajaban acariciando mi cuerpo con deleite.

—Bella, eres una diosa…—decía entre jadeos—…me tienes loco…

Me paré a mirarle por un segundo, para comenzar a hacer movimientos circulares, desde luego que yo también lo estaba gozando.

—¡¡OHHHH!! Nena…. —Escuchar a Edward en ese estado estaba provocándome más de lo que esperaba.

Él se aferraba con fuerza a mi trasero guiándome en la acción.

De nuevo cambié la táctica y comencé una cabalgada aumentando paulatinamente la velocidad, la fricción de nuestros sexos nos estaba llevando al límite y sentí el espasmo de Edward a la vez que yo estaba teniendo otro orgasmo bestial.

Ambos gritamos el nombre del otro, acto seguido me desplomé contra su pecho.

Tratábamos de recomponernos, de respirar sosegadamente, estábamos cubiertos de sudor.

Me dio por reír. Nunca pensé que el sexo podría ser así. Siempre lo había disfrutado pero con Edward era demasiado bueno para ser real.

—¿Qué pasa?— preguntó divertido…—¿me he perdido algo?

—Eres un maestro en la cama…—solté con un suspiro.

Me incorporé con el dentro de mí, lo que hizo que se encogiera sutilmente por el roce. Levanté las cejas pidiendo perdón. Me retiré de él, viendo cómo encogía de nuevo su estómago y soltaba un jadeo poco audible.

Me tumbé a su lado, extasiada

—Que buena combinación, un maestro en la cama, y una diosa del sexo…— Ahora fue él quien comenzó a reírse.

Estábamos en el aeropuerto, y yo no podía evitar que mis lágrimas cayeran sin tregua.

—En dos semanas nos , Bells,—Ed me abrazaba y yo le empapaba la camiseta. Besaba mi pelo.

No solía ser tan llorona pero era inevitable, era como si me tuviera que despertar de repente de un sueño.

—Dos semanas sin ti son mucho, Edward. —tenía la voz tomada por tanto lloro.

—Para mí también lo es, pero las tecnologías nos va a ayudar, no llores más pequeña, me estás partiendo el corazón.

—Lo siento…—me limpié las lágrimas.

—Sonríe, por favor, para mí. —Me besó, y sonreí, imposible no hacerlo.

Fijé mis ojos en los suyos, mi paz.

Megafonía anunció el vuelo, y escuché dos grititos lastimeros, venían de Alice y Rose, las cuales compartían un drama paralelo al nuestro.

Me besó de nuevo, mejor dicho por último. Mis manos en su nuca profundizaron el beso, su olor inundó mi ser y al notar que el beso tenía que terminar sentí como algo dentro de mí se desgarraba. Nuestras frentes quedaron pegadas.

—Te quiero…—Susurré.

Era la primera vez, pero al sentir la distancia antes de partir, mi corazón lo expresó.

Le vi sonreír ampliamente.

—Yo también te quiero, preciosa.

Me hizo reír, y mi corazón botó al sentirse correspondido en su osadía de última hora.

Ángela habló para todas.

—Chicas, ha sido el último aviso, no querréis perder el avión.

Le di a Edward un abrazo, fuerte, sintiendo su cuerpo.

—No me olvides, rubio. —Le susurré al oído, en el fondo, el miedo a que esto no fuera real me martirizaba.

—Imposible peligrosa, eres parte de mi. —Me devolvió en mi oído.

—Vamos Bells,—Alice me tocó la espalda, disolvimos el abrazo, y con dificultad me volví hacia la entrada.

Antes de cruzar los arcos detectores de metales le miré de nuevo, trataba de reprimir las lágrimas pero apenas lo conseguía.

Que duro estaba siendo esto, maldecía el paso del tiempo una y mil veces. Me sentía impotente ante la separación. Podría haberme puesto a patalear sin duda, pero no era plan, era mayorcita para hacerlo.

Una vez entré en el avión traté de calmarme, no me haría bien el regodearme en la situación.

—Somos lo peor niñas…—Comenzó Rose mientras se sonaba la nariz. — ¿Cuánto tiempo va a pasar para que les veamos?

—¿Si no les hemos espantado con nuestros mocos de caracol?—Preguntó Alice. A lo que estallamos todas en una carcajada cargada de lágrimas.

Traté de mantener la calma, me sequé la cara y soné los mocos para dar por finalizado mi llanto.

—Yo creo que en dos semanas. —Respondí.

—¿Tanto?—preguntó Rose. —Yo la semana que viene me planto allí como está mandado, no puedo perder el tiempo y que alguna lagartona neoyorquina le eche el lazo. Esto yo lo tengo que afianzar.

Hizo que volviéramos a reír.

—No creo que te lo vayan a quitar Rose, Emmet está bastante pillado…—Dijo Alice limpiándose las lágrimas.

—Si…yo escuché algo de… ¿medio limón?… —me quedé pensativa—…si…a Edward el día que ibais a ver los caimanes.

—¿Te imaginas?—Rose estaba pletórica ante mi cotilleo exprés. —Emmet pillado en serio por mí…—Se regodeó en la sensación.

—Pues yo creo que Jazz vendrá la semana que viene a casa, así que si tú te piras me lo pones fácil.

—Nada, yo esperaré. —Dije resignada.

—¿Y por qué?—Preguntó Rose saliendo de su burbuja.

—Pues porque como no tenía pensado conocer a Edward estas vacaciones, tengo esos fines de semana planeados desde hace tiempo. —Hice memoria. — Este fin de semana prometí a mi madre llevarla  a Milford a ver a mis tías. Y el siguiente doy una charla a una asociación de granjeros, ya sabéis, estas cosas con las que me gusta complicarme la vida. —Hice un gesto con la mano.

—Pues a tirar de teléfono. —Me dijo Rose poniéndose los cascos.

Yo me recosté sobre la almohada, rememorando cada uno de los intensos días vividos con Edward.

Capítulo 12

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